El arte contemporáneo: entre el mercado y la estética

Cuauhtémoc Medina, investigador y curador, así como Javier Toscano, escritor y artista, aportan sus puntos de vista sobre los vínculos que entre la creación y la economía en la actualidad.

México

La discusión sobre lo que, de manera amplia y muchas veces confusa,  ha sido denominado “arte contemporáneo” ha sido muy intensa, pese a lo cual la polémica tiene aún muchas aristas por definir. Como una forma de contribuir a ese debate, en esta ocasión MILENIO presenta un par de entrevistas con dos conocedores del tema: el investigador  universitario y curador Cuauhtémoc Medina, y el escritor y artista Javier Toscano, quienes dedican buena parte de sus intervenciones a la relación que se han establecido entre el arte contemporáneo y el mercado. He aquí sus opiniones.

Perversidad y pureza

El curador en jefe del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Cuauhtémoc Medina, se da tiempo en su apretada agenda  para conversar con MILENIO acerca de la situación actual del arte contemporáneo en el país y el mundo.

Aunque el investigador no puede decir hacia dónde va el arte contemporáneo en el país, el especialista da algunas luces sobre el compromiso de los artistas al hacer una obra, del mercado, las galerías y de quién define lo que es arte o no.

“No solemos emplear, dentro del arte contemporáneo, algo llamado arte mexicano, por cierta decencia argumentativa. No hablo de manera individual al sugerir que cualquier dictamen sobre el futuro de esta disciplina, en este momento, aparece como una forma de demagogia. Solamente lo llevan a cabo los políticos, que son los agentes de la globalización capitalista, al mentirles a sus sociedades. En el campo de la crítica cultural, lo mismo que de las ciencias sociales, nadie tiene esa particular indecencia”, comenta.

Medina, quien es doctor en Historia y Teoría del Arte por la Universidad de Essex, Gran Bretaña, dice que la definición de arte pasa por un debate complicado, donde puede haber mayor o menor enemistad, y en el que los museos, el mercado de obras de arte y los medios de comunicación tienen poderes desiguales. De ese modo se define lo que importa en las batallas culturales y políticas, y es en el sentido figurado, porque la definición de arte nunca ha sido problemática. Es extraño que ese sea un argumento, siempre ha habido debates académicos serios acerca de qué es o no el arte, explica.

Para Medina, quien de 2002 a 2008 fue el primer Curador Asociado para las colecciones de Arte Latinoamericano de la Tate Modern en Londres, algo similar pasa al hablar de la función del mercado del arte contemporáneo; Medina destaca: “Encuentro un poco rudimentario y revelador tener la vista puesta en el mercado todo el tiempo, porque delata algo peculiar: la idea de que hay una cosa perversa llamada ‘mercado’ y la idea de que pudiera haber alguna especie de pureza afuera de éste. Es preocupante, porque en realidad lo que hay es un proceso de liberalismo que absorbe una enorme cantidad de recursos en una capa muy pequeña de la población, una concentración de la riqueza como nunca en la historia del mundo ha habido”.

Sin embargo, en lugar de percibir y permitir una crítica del estado de división social que produce el capitalismo, hay una enorme pasión sobre el malévolo estado del arte. Así, una parte de esas pasiones desorientadas se dirigen a algo que es extremadamente pequeño: el galerista. “No puede ser que el mercado del arte sea tan importante, no tiene un gran valor. En este momento de concentración de capital, los productos de lujo, como las obras de arte, se han vuelto un campo de enorme especulación económica”, comenta el museógrafo.

Desplazamiento de poderes

Medina, quien logró ganar el premio Walter Hopps de Mérito Curatorial en 2012, destaca que hay diez galerías en el mundo que a veces tienen recursos para llevar a cabo proyectos y exhibiciones que ninguna institución pública podría hacer. También dice conocer colegas curadores que se han ido de museos importantes a trabajar en una galería no solamente por el sueldo, sino porque podrán hacer cosas que no iban a realizar en su anterior trabajo: “Eso es parte de un fenómeno de desplazamiento de poderes sociales al circuito privado. Si esto solo ocurriera en el arte sería maravilloso, pero es una ilustración de lo que está ocurriendo en el mundo real, en el que la manera comprometida en que los Estados han destruido el patrimonio público a favor de empoderar a un grupo muy restringido de individuos dándoles el control sobre todos los recursos sociales es lo que, naturalmente, ha tenido efectos negativos”.

El también investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM comenta: “Una de las funciones del arte contemporáneo, además de generar una reflexión crítica presente, es establecer una relación con la sensibilidad que está emergiendo y una relación de larga distancia con ideas, pensamientos e historias. También plantea una diferencia pública rara, especial y sofisticada que es el contacto con formas de producción cultural que son inciertas”.

Más que un producto

El pequeño volumen Contra el arte contemporáneo (Tumbona ediciones, 2014) es un intento del artista y escritor Javier Toscano de conectarle un uppercut noqueador al fenómeno llamado “arte contemporáneo”, el que, gracias a la magnitud económica y cultural que ha ganado en los últimos años, no es tan relevante como la forma en que obtiene su significado y las redes por las que logra circular.

También en conversación con MILENIO, Javier Toscano afirma que el arte alcanzó un nivel de importancia que solo había tenido durante el muralismo debido a que, a partir de la década de los noventa, su industria comenzó a entablar vínculos con fuerzas económicas, políticas y sociales que hicieron a instituciones privadas adoptar e invertir en cultura por la negativa del Estado a hacerlo.

Toscano, quien es miembro fundador del Laboratorio Curatorial 060 (lc060), comenta que “cuando un privado entra a un museo no está buscando el bien común sino cómo hacer dinero, y eso lo vemos con el Museo Jumex. No es lo mismo defender una marca que argumentar algo de índole social”.

Para el también artista, quien ha desarrollado proyectos como Inferus, una propuesta de arte público autogestivo, y con lc060 el proyecto Frontera. Esbozo para la creación de una sociedad del futuro, asevera que no es importante definir lo que es “arte contemporáneo” porque, al final, son las instituciones las que imponen lo que se toma por “arte” mediante una serie de estamentos y rituales de significación que inician con la construcción de la visibilidad y denunciación del “elegido”. Así, un curador escribe sobre tal artista y éste comienza a tener visibilidad en el medio, empieza a circular la noticia de su obra, pasa por especialistas y “comienza a subir como la espuma”.

“Después, si alguien traspasa cierto nivel, logra a entrar en las galerías, donde lo que hacen los galeros es, básicamente, una operación de relaciones públicas en las que ellos conocen gente, ofrecen comprar ciertas obras y ahí se va construyendo su valor”, agrega.

También, explica el especialista, el valor de un artista se genera mediante su “exclusividad”. Una de las formas más típicas en que un creador artístico se da a conocer es cuando “las revistas nefastas sacan ‘los 10 artistas del año’”, listas para las que, considera, no existen reglas ni criterios estandarizados, sino que son producto de aquellos personajes que rigen el mercado del arte, “que siempre son los mismos, y ellos dicen quien les conviene”.

Javier Toscano agrega: “El problema viene cuando no pueden sustentar por qué ellos son los elegidos, y escriben mucha espuma genérica para justificar sus propios intereses y contactos. Cuando una obra se vende o compra, el artista lo agrega a su currículo, el cual pasó de tener qué has publicado a de qué colección forma parte y quién te reseña. Y eso es parte del ritual de significación”.

El arte como marca

Toscano asegura que no existe la libertad dentro del arte, sino que los artistas, especialmente los jóvenes, para entrar en el circuito comercial hacen una marca de sí mismos, cuestión que ha generado estructuras específicas sobre las cuales se basan el quehacer artístico y cuándo alguien puede ser considerado original.

Según asegura Toscano, quien también ha ganado el premio de ensayo Primer Accésit de la Universidad de Navarra, España, “ahora los artistas están en función de meter y promover una marca resumible en propuestas ‘nuevas’ capaces de ser producidas en masa. No pueden tener un abanico de posibilidades, deben centrarse en un estilo porque si no, no la van a hacer. Esa libertad artística ya no es hacer cualquier berrinche sino es una especie de cinismo que no lleva a nada. Lo único que quiere es llamar la atención”.

El arte ha seccionado la producción cultural de tal forma que lo popular, lo pop y lo kitsch son el eslabón más bajo, mientras que el “arte” es la “crema y nata”. Esto limita quién puede acceder a él, e “ir a ver estas cosas que se exhiben a sí mismas como alta cultura para mí no tiene ningún interés pues ya sabemos que cualquiera lo puede hacer, y ellos le sacan provecho económico. No nos dan un por qué de estar ahí, y simplemente no tienen ningún beneficio social”, según explica el también filósofo.

Para concluir, el autor de Contra el arte contemporáneo expresa: “El arte puede ser una manera de pensar y no solo un producto. Puede ser un lugar donde la creatividad se detone y no necesariamente tienes que terminar haciendo algo para que alguien lo compre. Estamos muy enfocados en el destino final cuando el proceso puede ser muy interesante, pero este se menosprecia por la infección de la lógica economicista de la productividad: un artista tiene que producir tal cantidad de obras para poder ser viable”.