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Jueves , 18.10.2018 / 14:26 Hoy

Arte

Lo que contemplas



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En la entrega pasada hablaba del arte creado por algunos internos de hospitales psiquiátricos, y de la excelencia de algunas de esas obras, presentadas en la exposición Bedlam. Mi convicción no parte del cliché de que “todos los artistas están, en cierta medida, locos”, o de que la obra de arte del loco refleja de alguna manera su locura. Por el contrario, afirmo que esas obras son gran arte porque constituyen el punto de integración y lucidez en que dichos pacientes se conectaban con la experiencia de su vida y le daban expresión.

Hablé del arte como puente para la supervivencia del ser.

Ese puente no está roto en la exposición del Premio Turner en la galería Tate Britain. No está roto porque no existió nunca, como no existen tampoco integración ni lucidez alguna, ni hay nada ahí de la interioridad ni la experiencia humanas que sea vital o necesite sobrevivir.

Los cuatro artistas que compiten por el premio son presentados con textos de un discurso inane y pretencioso, ese fardo explicativo que arrastra todo el excedente que durante décadas ha querido colgarse del prestigio del verdadero arte conceptual. Son textos vacíos para instalaciones vacías, salas que nos arrojan al rostro solo eso: vacuidad, la estupidez inherente a una sensibilidad burda y roma a fuerza de regodearse en la superficialidad: en el terror babeante de enfrentar nuestra humanidad.

Hay fotografías de uñas con diversa manicura pinchando pantallas de teléfonos celulares. Hay un tren de juguete cubierto de grafiti y elementos decorativos dignos de alguna cadena de cafés. Hay columpios hechos con prendas íntimas metálicas, insinuaciones de sexo sado, adornados con florecitas, y salas atiborradas de objetos incapaces de provocar la más mínima respuesta en otro ser humano, pese al texto absurdo que intenta “explicarlos”.

Hay muros cubiertos con un papel tapiz de ladrillos, y un trasero enorme saliendo del muro. No es escultura de un desnudo —ni hablar de belleza, por supuesto—; no es tampoco una pieza hiperrealista capaz de provocar alguna reacción, no es siquiera un trasero que pueda escandalizar a nadie. Es nada más una mole grotesca, cosa de parque de atracciones, algo así como el culo del Dr. Simi.

La artista dice que es un homenaje a un arquitecto que en los años setenta quiso construir un edificio con un trasero como entrada. Se volvió costumbre preguntarle quién era el modelo de su maqueta. La respuesta era: un arquitecto famoso, pero no diré quién. Nuestra artista entonces eligió como modelo para su “homenaje” a un famoso diseñador gráfico, cuyo nombre tampoco nos dirá.

Una mala broma. A esto se ha reducido la radicalidad del arte.

El arte no ha desaparecido. Los artistas dignos de ese nombre no están extintos, pero hay un discurso oficial del arte, el mismo que busca institucionalizar lo radical y que en nada se diferencia de la publicidad, empeñado en destruir el puente de que hablábamos, hasta terminar por volverlo irrelevante.

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