Los arrebatos del divino Dalí

Personaje incómodo por su locuacidad, sus comentarios ácidos, su confusa postura ideológica y sus actitudes hirientes, el artista catalán fue, sin embargo, un genio de la plástica; a 25 años de su ...

Ciudad de México

Cada año, durante tres décadas, el pintor Salvador Dalí pasaba un mes en el hotel Meurice, en París. Se hospedaba en la suite royale, la misma que en su tiempo ocupó el rey español Alfonso XIII, con el objetivo de producir dibujos, y algún óleo, que luego exponía en el mismo hotel.

El Meurice es un hotel con debilidad por los artistas, por ahí han pasado a lo largo de los años cantantes, actores, escritores y directores de cine. Por ejemplo, Woody Allen rodó ahí parte de su película Midnight in Paris, y en sus habitaciones se han hospedado, entre otros muchos, Giorgio de Chirico, Rudyard Kipling, Ginger Rogers y Gabriele D’annunzio.

En una de las estancias de Dalí, llegó hasta el hotel Jordi Pujol, que entonces era el presidente de la Generalitat de Cataluña. Dalí era catalán y el presidente hacía méritos para que su paisano cambiara el agrio concepto que tenía de los políticos nacionalistas y, como muestra de sus intenciones, viajó a París para admirar los cuadros que Dalí había producido durante su estancia en la suite royale. Jordi Pujol se sentó en un sillón del vestíbulo a mirar un cuadro mientras esperaba el momento propicio para saludar al pintor, que hablaba de manera locuaz con un grupo de admiradores. Cuando descubrió que el presidente catalán estaba ahí, admirando uno de sus cuadros, Dalí caminó hacia el sillón, se sentó junto a él y, sin decir palabra, soltó una sonora ventosidad, que dejó al presidente perplejo, y a los asistentes que pudieron oírlo, preguntándose por el significado de tan escatológica performance.

Si usted no está familiarizado con la locura de Salvador Dalí, o quiere revisitarla, le recomiendo que busque en YouTube la entrevista que le hizo el periodista español Joaquín Soler Serrano, o su aparición en el show de Merv Griffin, en 1965, donde se explica a sí mismo en un convincente inglés macarrónico.

Con aquella ruidosa ventosidad que soltó a la vera del presidente, Dalí quería hacer notar que el político compartía apellido con Joseph Pujol, un célebre artista francés, de principios del siglo XX, cuyo nom de guerre era Le pétomane, y su quehacer, muy admirado por el pintor, era ventosear, con gran habilidad y lujo de inventiva, al grado de que con los potentes, y bien domados, gases que soltaba en el centro del escenario, era capaz de reproducir, nota por nota y sin desafinar, La Marsellesa. Le pétomane era un portento y aunque su oficio pueda tomarse a broma, era el artista mejor pagado del cabaret Moulin Rouge, y el que más público convocaba. En YouTube (otra vez) sobrevive un cortito titulado Le pétomane du Moulin Rouge, en donde se le ve, espigado y elegante, vertiendo su arte, o más bien dejándolo escapar, en una especie de bocina de gramófono. Como se trata de un filme mudo, no puede oírse su estruendosa música, pero si pueden verse sus sugerentes movimientos y su oronda actitud. Le pétomane, aunque era hijo de inmigrantes españoles, no era pariente del presidente Pujol, pero Dalí aprovechó la oportunidad para dejar muy claramente establecida su posición frente al coqueteo de los políticos catalanes.

Cuando murió Gala, su mujer, Dalí recorrió en su Cadillac, conducido por un chofer, los 60 kilómetros que hay entre Cadaqués, el pueblo donde vivían, y Púbol, el sitio donde habían construido su mausoleo particular. En el asiento de atrás del Cadillac iba el cadáver de Gala, sostenido con unas almohadas, listo para ser embalsamado en el castillo. El trato era que los dos reposarían en la misma tumba hasta el final de los tiempos y, a modo de aderezo para aquel proyecto metafísico, Dalí diseñó, como guardianes de esa puerta al más allá, dos caballos gigantes de ajedrez, una jirafa y algo así como un conejo. Las dos tumbas estaban separadas por un muro de ladrillo, que tenía un agujero que coincidía con otro que se había practicado en el ataúd de Gala; la idea era que la mano derecha del cadáver de Gala saliera por el agujero y llegara, a través del agujero en el ladrillo, al cuadrángulo que ocuparía, en su momento, el cadáver de Salvador Dalí cuya mano izquierda, gracias al mismo sistema de agujeros, quedaría enlazada para siempre con la de su amada. Pero un buen día, con Gala ya enterrada y con su mano bien dispuesta a recibir la de su marido, Dalí escribió, dentro de su lista de últimas voluntades, que prefería que lo enterraran en Cadaqués, y no en Púbol como había pactado, y el resultado de aquel golpe de timón es que el pobre cadáver de Gala sigue, hasta el día de hoy, con la mano sacada por un agujero del ataúd, crispada y ansiosa, esperando a que su marido, finalmente, cumpla con su palabra.

La figura de Salvador Dalí, 25 años después de su muerte, sigue siendo incómoda para el gobierno de Cataluña, a pesar de que el pintor es, probablemente, el catalán más famoso del mundo, y de que no perdía ocasión de aparecer en público, en París o en Nueva York, vestido de campesino catalán y de que hablara, allá donde estuviera, con un exagerado acento de su tierra. Dalí era profundamente catalán y, sin embargo, no existe en Barcelona, hasta el día de hoy, ni una plaza, ni una calle, con su nombre, ni han pasado por Cataluña sus grandes retrospectivas, como la del año 2004, con motivo del centenario de su nacimiento, que estuvo solo en Venecia y en Filadelfia, o la del año pasado, que estuvo en París y en Madrid y fue vista por más de un millón de personas. El pintor era un personaje incómodo desde juventud, le simpatizaba Hitler y se dejaba querer por el dictador Franco, y encima tenía ínfulas de nobleza, a tal grado que ya de viejo el rey Juan Carlos, para darle gusto, lo convirtió en Marqués.

Cuando era joven, en 1930, dio una famosa conferencia en el Ateneo barcelonés, en la que expresó su repudio por las fiestas folclóricas y por el nacionalismo catalán, y terminó diciendo que Angel Guimerà, un célebre escritor que ya había muerto, y que era venerado por la intelectualidad barcelonesa de entonces, era “un inmenso putrefacto peludo y pederasta”. Como contraparte de aquella conferencia, y de esas frases escandalosas que soltaba de repente en medio de una entrevista (“a veces escupo por placer en el retrato de mi madre”), un día fue arrestado por entrar al puerto de Cadaqués, en actitud patriótica sobre la proa de una lancha, sosteniendo una bandera catalana, que estaba entonces prohibida. Así que Dalí, a pesar de sus desplantes, no era precisamente anticatalán sino que estaba en contra del establishment, y de sus funcionarios que, al final de su vida, trataban de seducirlo para que heredara su obra, y sus propiedades, al pueblo catalán. Lo mismo hacía, por otra parte, el gobierno de España, porque sabía que si no firmaba algo el pintor antes de morir, iba a quedarse sin su obra, como ya le había pasado, años antes, con Picasso.

El presidente Jordi Pujol se entregó a la tarea de convencer al maestro de que legara sus cuadros a su pueblo, y no al gobierno español, en actos significativos como el que conté al principio de estas líneas, y como este otro, que me han contado un pintor y un editor que tenían relación con el divino maestro, y que yo cuento aquí, sin más pretensión que seguir ilustrando el desencuentro. Cuentan que el presidente llegó a ver a Dalí, a su casa en Cadaqués, en una visita rápida, acotada por esa multitud de citas y actividades que suele tener un presidente: tenía un poco más de una hora para convencer al pintor. En cuanto entró a la casa, se encontró a Dalí viendo un western que acababa de comenzar, con una concentración que orilló al presidente a sentarse a su lado, a mirar también la película. Cada vez que quería tocar el tema que lo había llevado hasta ahí, y para el que tenía el tiempo limitado, Dalí lo interrumpía para llamar su atención sobre cierto aspecto de la película, un detalle del personaje principal o un giro inesperado de la trama. Cuando terminó la película Dalí le dijo al presidente que tenía que irse a trabajar, que agradecía mucho su visita y después desapareció rumbo a su estudio.

En otro intento por congraciarse con el pintor el gobierno catalán le impuso en 1981, a pesar de las molestias que producía su desapego por el nacionalismo y por el establishment, la medalla de oro de la Generalitat.

Salvador Dalí murió en Figueras, en 1989, a los 84 años, y dejó un testamento que fue leído algunos días después, y atendido con gran expectación por las autoridades del gobierno catalán. Además del prestigio que Dalí daba a Cataluña alrededor del mundo, estaban los beneficios que dejaba, y que sigue dejando, la exhibición de sus pinturas y de sus casas. El año pasado, por ejemplo, 1.6 millones de personas visitaron los centros dalinianos de Figueras, Púbol y Portlligat, y esta cantidad de visitantes produjo 10 millones de euros, solo de entradas para los museos y, según un estudio de la Universidad de Gerona, el impacto general de estas visitas en la región fue de 181 millones de euros. Es decir, que el gobierno catalán no solo coqueteaba con Dalí por su prestigio, sino también por el dinero que su obra y su leyenda producían. El día que se leyó el testamento de Dalí, los funcionarios catalanes esperaban oír, cuando menos, y tomando en cuenta todo el coqueteo que habían invertido en él, lo que el pintor había dispuesto en un documento en 1980: que dejaba sus bienes, repartidos a la mitad, entre la Generalitat de Cataluña y el Estado español. Pero, para sorpresa de todos, Dalí había redactado posteriormente otro documento en el que decía que su heredero universal era el Estado español y dejó, legalmente, sin nada suyo a sus paisanos catalanes. El escritor Jorge Semprún, que entonces era el ministro de cultura del gobierno de España, para llevar la fiesta en paz, optó por ceder una parte de la obra y del patrimonio de Dalí a la Generalitat de Cataluña. “Nos sentimos engañados, pero no sabemos por quién”, declaró hace 25 años, visiblemente desconcertado, el presidente Pujol.


@jsolerescritor