El árbol frente a mi ventana

Un recuerdo imaginario y una entrañable evocación, ofrecen distintas perspectivas de la vida y obra de Octavio Paz. A ellos se suma una entrevista inédita con la hija del poeta, Helena Paz Garro, ...
En su despacho de la Cancillería, 1957. Fotografía de Ricardo Salazar.
En su despacho de la Cancillería, 1957. Fotografía de Ricardo Salazar. (Tomada de ‘Octavio Paz, entre la imagen y el nombre’, de Rafael Vargas. (Conaculta, 2010))

Ciudad de México

Si yo tuviera 100 años le habría ganado por uno la partida de longevidad a mi madre, y también a la suya —mi abuela— y por menos de una década a mi padre y a casi todos mis parientes cercanos. Pero creo que me sería difícil estar hoy aquí. Aun­que, de estarlo, también es probable que mis pensamientos revolotearan sin necesidad alguna de espolear la imaginación. Suelta como yegua sin freno, ésta iba a forjar otras historias, otras fronteras, otros horizontes que jugarían libremente con las tretas del tiempo sin consideraciones sobre la “suspensión de la incredulidad”. Todo podría caber en mis palabras.

Bueno, hace cien años, cuando Octavio Paz tenía nueve meses y yo siete, Villa y Zapata se sentaron en la silla presidencial y tomaron café y chocolate caliente en Sanborns de la Avenida San Francisco, mientras el país vivía en un estado de caos ya muy prolongado. Mi familia y la de Paz habían tenido, en Mazatlán, enconados pleitos políticos a través de los periódicos hasta culminar con un duelo en la Ciudad de México en 1893. Tomo de una carta de Amado Nervo a mi abuelo:

Mi inolvidable amigo, hace unos cuantos días que le escribí, pero no le envié mi carta porque supe por un telegrama que se iba Ud a batir con los Paz que en oposición con su apellido son gentes muy guerristas (...) juzgando que era U. el que había provocado el duelo, sintiéndose herido por alguna necia alusión de D. Ireneo.

Nuestros parientes seguían en la brega revolucionaria, como tantos, y la población estaba sufriendo por la violencia, la escasez de víveres, la llegada de los “bilimbiques” que un día valían y al siguiente eran solo papel malamente impreso y, además, familias enteras huían buscando posada en domicilios alejados de los tiroteos. Mientras del otro lado del mar, las gentes también decidieron que era bueno matarse unas a otras.

Pero el tiempo siguió corriendo hasta descubrir el placer de los libros, de la lectura y escritura que llevan a traspasar el mundo privado para bordear, asomarse, dejarse tocar por los laberintos profundos de la condición humana, acaso entonces Paz y yo nos podríamos haber encontrado y yo ser la:

entrevista muchacha reclinada

en los balcones verdes de la lluvia,

adolescente rostro innumerable,

he olvidado tu nombre: Melusina,

Laura, Isabel, Perséfona, María.


Y quizá pudimos vislumbrar juntos la:


Plaza del zócalo,

vasta como firmamento:

espacio diáfano,

frontón de ecos.

Allí inventamos,

entre Aliocha K. y Julián S.

sinos de relámpago

cara al siglo y sus camarillas.


Si hoy tuviera yo 100 años tal vez así recordaría nuestra amistad dejando volar mis pensamientos ya muy deshilachados. En realidad, conocí a Paz a su vuelta de la India, forzado por las circunstancias nefastas de nuestro país, y en aquel tiempo él fue muy gentil conmigo como también lo fue al recordar a mi tío que, según me dijo entonces, le consiguió su primer y juvenil trabajo noticioso.

Pero yo, con mis 100 años a cuestas, veo desfilar una multitud de gentes que vienen en tropel, porque, en mi confusión, cada una de las múltiples hojas temblorosas de la fronda del árbol frente a mi ventana es una persona que camina hacia mí. Tal vez sean fantasmas del ejército republicano español cuya lucha yo admiraba como admiraba a mi amigo Federico y, desde las profundidades de mi alma, lloré, lloré mucho en su injusta muerte la que, además, también se estaba gestando de nuevo por valles y montañas, por costas y ciudades de los países que batallaron con saña horrenda a lo largo del continente que se ostentaba como muestra de la civilización occidental.

Y es posible que el día de hoy, al sentirme presa, no solo por mis pensamientos dispersos, sino por la pesadilla creciente de la urbe creciente, vuelvan a mí las palabras visionarias del Nueva York del poeta asesinado en Granada:


Yo denuncio a toda la gente

que ignora la otra mitad,

la mitad irredimible

que levanta sus montes de cemento

donde laten los corazones

de los animalitos que se olvidan

y donde caeremos todos

en la última fiesta de los taladros.


Allá fuera en la calle, el aire cobra algo más de fuerza y mi cabeza alborotada ve en la agitación del follaje los trenes, los barcos, los automóviles, los aviones, las naves espaciales que cambiaron el rostro del siglo XX.

Y claro que pudo haber sucedido que me acercara, en aquel tiempo lejano de mi juventud, a Xavier —once años mayor que yo— y a su grupo exquisito, y habría deplorado junto con él los suicidios de Antonieta y de mi tío, en cuyo entierro el poeta lloró amargamente apenas unos meses antes del suyo. Hoy, desde la bruma que con frecuencia me arropa, vuelve a mis labios balbucientes:


La noche juega con los ruidos

copiándolos en sus espejos

de sonidos.


Como algunos de ellos, admiré y me acerqué por ese entonces a León Trotsky, y quizá hasta haya trabajado en su revista Clave. Porque yo creía firmemente en que el mundo podría encaminarse hacia parajes que se prodigaran en direcciones más justas. Que, como los "espejos de sonidos" del poema de Villaurrutia, se replicaran las voces elevándose con la esperanza de alivio para el género humano que hoy ya no encuentro. Y quizá si no la encuentro se deba a este parpadeo desconcertante que se perfila por mi ventana y que me hace dudar de todo lo que sé y creo. O quizá a que hoy, a mis 100 años, no se perfila por ningún lado una perspectiva más amable para el mundo y sus habitantes.

Pude haber coincidido también en la elaboración de la revista Taller, con otro escritor de altos vuelos que nunca me habría encontrado en casa de Trotsky, pero

 que supo bien que debía luchar contra la injusticia. Era de mi misma edad, de mi mismo año, el de 1914, y cuyos hallazgos poéticos, aquí se refieren a nuestra monstruosa capital, que Efraín Huerta, el "gran Coco­drilo”, ya no alcanzó a ver hoy para condolerse más:


Ciudad que llevas dentro mi corazón, mi pena,

la desgracia verdosa de los hombres del alba, mil voces descompuestas por el frío

el hambre.


Es probable que en sus orígenes me hubiera intere­sado ese mezclarse y confundirse y fundirse de los elementos en el Surrealismo, que precisamente hoy lo estaría evocando como eco de mis pensamientos, de mis recuerdos, de las personas o de los objetos que se me transforman ahora siempre en otra cosa. Siempre en otra cosa esa temblorina que me dicen que son las hojas del árbol, pero yo no les creo. Y me sorprende y altera como antes me sorprendieron el azul imposible de los cielos de Magritte o los relojes informes de Dalí o las mujeres extrañas en extraños carruajes de Remedios Varo, imágenes similares a las que hoy me revolotean y zumban por la cabeza. Y que ya no entiendo bien.

Si tuviera 100 años envidiaría el talento de los her­manos Revueltas y pensaría que José y yo nacimos también el mismo año, que ambos amamos el acto inefable de escribir. Y ahora, de permitirlo la fatiga de mis ojos, me gustaría hojear de nuevo El apando de Pepe, y preguntarme si su lucha terca, valiente, si su denuncia de los abusos del poder acaso han cam­biado significativamente las cosas en mi país, donde los habitantes de aquella cárcel de Lecumberri “si la humanidad impiadosamente ya no quisiera ocuparse de su asunto (...) no sabían ni querían enterarse (...) o no sabían ni querían, presos en cualquier sentido que se les mirara dentro del cajón de altas rejas”, ¿pero hoy cómo es?

Y es que han sucedido tantas cosas desde que mis padres me llevaban en tranvía al cinematógrafo a ver las vistas. Ya he olvidado las vistas, pero entre los nu­barrones que a veces me oscurecen los pensamientos, me deslizo en canoa con mi cabeza apoyada en el hombro de Lorenzo Rafael bajo el celaje magnífico de Gabriel Figueroa. Y recuerdo cómo eran mis deseos y recuerdo cómo era sentirse enamorada.

Detrás del vidrio, por entre la copa del árbol, el follaje susurra y se transforma en un rasgueo de guitarras que me estremece: “Yo sé que nunca besaré tu boca, tu boca de púrpura encendida”. Creo recordar que Guty —algo mayor que yo— fue novio de una conocida mía, segura como todas sus novias, de ser la musa de la canción. Y yo deseo, desde mi sillón frente a la ventana, viajar a su Ciudad Blanca para llenarme de la paz y alegría que siempre me han esperado ahí. L

Mérida, marzo, 2014