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Arbey Rivera y el callado lenguaje de la piedra

"Tiramos siempre a matar para contribuir con el sustento. Ellos, dueños de la ternura y del canto, caían sin aliento, mientras algunas plumas quedaban meciéndose en el aire y se perdían en la niebla".


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El hombre deshilvana palabras en tanto se permite escoger de la verdura chiapaneca, los colores más exuberantes para sus lienzos y su poesía llena de imágenes.

Mira hacia el pasado. Así, en un momento el colibrí es sentenciado a muerte y su recuerdo flota en el aire, espacio donde por un tiempo se agitó su ala invisible.

Arbey Rivera (Chiapas 1976) lanzó una piedra hacia el agua y el eco de su peso fue contundente.[OBJECT]

El pasado 7 de octubre le fue informado que con el seudónimo de Elá Belac, ganó el premio Estatal de poesía "Enoch Cancino Casahonda 2016".

"Siempre es alentador saber que el trabajo que hacemos, es valorado por un jurado importante, que poetas muy reconocidos fueron los que eligieron el libro. Es bueno porque te permite serenarte", indicó en entrevista telefónica.

Tras establecer que los premios no son ninguna garantía sobre el trabajo que se hace, pero sí un aliciente, pues se acompañan de un apoyo económico que para los creadores independientes resulta importante, destacó que lo más valioso es la confianza que genera para seguir escribiendo.

Este poeta, artista plástico y promotor cultural, concursó con el libro El callado lenguaje de la piedra.

Su aproximación al tema surgió luego de realizar una residencia artística en la ciudad de Barcelona en el año 2014.

"Parto de una experiencia muy espiritual, muy importante que tuve al acercarme a una piedra que tenía pinturas rupestres".

"Se da la necesidad de acercarme, no a esas grandes piedras que son parte importante de los museos, sino yo creo que en este libro traté de encontrarme con las piedras pequeñas".

"Con las piedras grises que están por los caminos o en las montañas, en el recuerdo tal vez de mi infancia que fue en el campo".

Explicó que el punto de partida fue la necesidad misma de tocar el corazón del hombre, tan amplio como el intentar tocar el alma de una roca, pues nos encontramos la voz común que afirma que las piedras no sienten y no tienen vida aunque son testigas mudas de la historia.

"Son seres vivientes que están desde hace miles de años en el planeta y son testigos mudos, seres sabios. Si nos atrevemos a mirarlas y a sentirlas, a tocar el corazón de una roca donde podemos encontrar algún mensaje por ahí, algo nos dicen ellas, pues, sobre todo para éstos tiempos absurdos del hombre, del ser humano que se ha perdido quizá en una maraña de movimientos, confusiones, de violencia".

La intención se vuelve entonces prioritaria. Como el detenerse a escuchar la gota que cae como un eco sobre el mineral y lo perfora.

Arbey Rivera establece que la poesía en su libro le permitió detenerse para replantear el camino y poder mirar otros ojos y dentro de sí mismo, dar una pauta para no caer en la vorágine que ahora gobierna y circunda a los habitantes de esta nación.

[OBJECT]En la residencia que realizó trabajó un mural con el maestro Antú Ktojtom, proyecto independiente coordinado por Fausto Espejel García en el Museo del Cogul, en Lérida.

"En el país nos identificamos con esta violencia. En mi trabajo poético y pictórico he tratado de tocar éstos temas pero no reflejando la misma violencia que hay sino viendo eso que tal vez hemos ido olvidando en nosotros que es la ternura, la fe en la cosas buenas de la vida, que también existen".

Arbey Rivera apuntó que existen rocas oscuras que se esconden en el interior de los hombres. Y cierto que todos hemos interiorizado la violencia, la anidamos en nosotros. Pero también dentro de esa roca oscura se oculta una gema que podría ser recuperada si se tuviera el valor.

JFR

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