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Jueves , 13.12.2018 / 20:13 Hoy

Aquella mujer vestida de negro

Elizabeth Bishop estuvo en México, de abril de 1942 a septiembre de 1943, alojada en una casa que presuntamente era propiedad de David Alfaro Siqueiros

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Amable y reservada, obediente al discreto estilo bostoniano y a la reticencia que es central en su obra, la mujer vestida de negro hablaba con voz suave, casi imperceptible, y se acompañaba de gestos mínimos, de una sonrisa apenas esbozada y una mirada casi huidiza. Así recuerdo a Elizabeth Bishop. El encuentro con ella sucedió a mediados de 1975, en una habitación del hotel (¿cómo se llamaba?) ahora desaparecido que ocupaba un ángulo del cruce de Insurgentes y Reforma, a unas pocas cuadras del número 7 de la calle París. Si traigo a cuento esta última dirección es porque allí Elizabeth residió por casi un año, de abril de 1942 a setiembre de 1943, en una casa que, al parecer, era propiedad de David Alfaro Siqueiros. No, no se siente capaz de investigar sobre el lugar, de salir a reconocer el rumbo: “Esta ciudad me da miedo. Dígame, ¿cuántos habitantes tiene?” Más o menos 11 millones. “Inimaginable. Yo vivo en Boston, en el muelle que se conoce como Lewis Wharf, en un edificio que fue construido en 1883. Es una estructura robusta y severa que alguna vez sirvió de bodega. Veo, a lo largo del día, pasar los buques y los cargueros que transportan petróleo”. Entonces, de pronto, como halada por la imaginación, la amplia ventana del cuarto y la ruidosa avenida Insurgentes parecen —tal es el poder evocador con el que se reviste la afirmación anterior— transmutarse en otra amplia ventana y hasta en el mar, allá en las costas del Atlántico Norte.

“¿Sabe? En aquellos años México era un país encrespado. Conocí a Pablo Neruda y a su esposa, que me llevaron a Yucatán y a Chichén Itzá, tomé clases de español con un exiliado (leíamos, claro, a los clásicos y a García Lorca) y me sentí impresionada por la personalidad de Victor Serge, que era un perseguido antiestalinista”. 1942–43 a 1975: más de tres décadas en las que el corazón de la Ciudad de México cambió con mayor rapidez que el corazón de sus habitantes y más de tres décadas en las que Elizabeth llevó una vida rica y pergeñó una obra —lenta, escasa, compacta— que acabaría por conquistar a los lectores norteamericanos al devolverlos, subliminalmente, a sus raíces trascendentalistas emersonianas más enterradas. Su consagración oficial llegó en 1954, cuando la distinguió el National Institute of Art and Letters. Sin embargo, en 1975, en el diálogo que mantuvimos en su habitación, ella se empeña en señalar que “estoy segura de que lo que escribo está pasado de moda. Eso es, si se piensa, algo normal. No podemos mantenernos en la vanguardia o estar permanentemente al día”. No se trataba, no, de una confesión surgida de una vanidad malentendida. Más bien ese reconocimiento atestiguaba a favor de una persona que perseveró en escribir sin concesiones, centrada en lo que realmente le importaba y ajena a las imposiciones de las coyunturas. “No me interesa —agregaba— lo que puedan decir los críticos. Cuando apareció mi primer libro, alguien observó que yo estaba bajo la influencia de Marianne Moore —y tenía razón. Pero eso fue cierto en un momento determinado y en apenas tres o cuatro poemas. La cuestión es que desde entonces y hasta hoy quienes hablan de mi obra no dejan de recurrir al lugar común —porque en eso se transformó— del influjo en ella de Marianne”. Con dos excepciones a tal regla, que de inmediato refiere; una excepción es la de Ernest Hemingway, que en fecha temprana le dijo que él sabía “de lo que hablas en tu poesía”, y la otra fue la de un crítico amigo que apuntó que ella escribía “como un pintor”.

En efecto, desde que en París, a principios de los cuarenta del siglo pasado, conviviera con artistas y pintores, Elizabeth se sintió atraída por crear un hálito de mágico realismo formal, por responder a un disparador de luz capaz de volverse materialidad y por apostar por una voluntad radical de sorprender —palabra clave en estos contextos— similar a la que instiga un cuadro ante la primera mirada de su observador. Me arriesgo, entonces, a razonar que en ella algo como una metafísica interior porfía en transmutar los objetos para inventar con ellos un nuevo mundo, un mundo en el que se privilegian las imágenes y por ello es de naturaleza visual, sin que allí las ideas y menos las teorías ocupen un lugar central —éstas quedan, digamos, como sustancias de un precipitado químico. “Tengo algunas ideas —se defiende—. El poeta no tiene por qué ser consistente. El poeta nunca sabe realmente por qué escribe ni qué es lo que desea decir. Más: el poeta casi nunca está capacitado para hablar de lo que escribe. No es su inteligencia la que trabaja: es la inteligencia. ¿Quién es capaz de explicar, por ejemplo, por qué determinada poesía parece estar en movimiento y otra en reposo?” Y, al cabo de un instante, confiesa: “Escribo desde mis ocho años. No he logrado descubrir por qué lo hago. A menudo pienso que, en todo ese tiempo, he escrito un único libro”.

Es fama que Elizabeth vivió más de una década en Brasil y es fama que esa estadía fue fecunda y emocionalmente intensa. “En 1951 llegué a Río de Janeiro, poco antes de la Navidad. Una amiga que quería que yo probara las frutas del país me convidó con castañas de caxú, el fruto del anacardo. Al otro día amanecí con una alergia atroz, completamente hinchada. La recuperación tardó casi un mes y, al cabo, el Brasil me había conquistado. Y algo se sumó a ese encantamiento: en Nueva York estaban demoliendo el edificio en el que quedaba mi apartamento. No quería asistir a ese derrumbe”. Veinte años después del encuentro con Elizabeth, en 1995, visito la fazenda que compartió con su amiga Lota de Macedo Soares, una mujer que pertenecía a una familia acomodada de diplomáticos, y muy comprometida ideológicamente con Carlos Lacerda, periodista que se convertiría en polémico gobernador del desaparecido estado de Guanabara. La fazenda está en Petrópolis, lugar de veraneo de la familia real en tiempos del Imperio, queda a ciento veinte kilómetros de Río de Janeiro y para llegar hay que ascender por los caminos abruptos de los cerros, rodeados por una vegetación exuberante que se alimenta de las humedades perennes. La finca se llama Samambaia y la construcción principal es una casona que, a pesar de su empaque moderno, preserva ciertas trazas de la arquitectura portuguesa. Los espacios son hondos, los techos muy altos, los ventanales invaden casi la totalidad de los muros y desde un balcón de la fachada delantera se ofrece a la vista un jardín con un estanque —un conjunto que dibuja líneas sinuosas, diseñado por nadie menos que Burle Marx, un paisajista famoso capaz de incentivar, como en este caso, climas a la vez recoletos y resonantes. Recorro las cocinas de la planta baja y los cuartos traseros, subo por las escaleras a las habitaciones del piso alto, piso casi en puntas de pie en un dormitorio con muebles de maderas marrones oscuras, me detengo ante una cama generosa con un respaldo adosado a la pared y cubierta con colchas blancas con pespuntes de encaje, entro en un baño con un ojo de buey de forma ovalada que atrae hacia adentro el paisaje exterior. Arropada por una atmósfera umbrosa, propia de esta región de neblinas, la experiencia algo se parece a la de un feligrés que ingresa al culto sin palabras de una religión privada: Brasil, Lota, Elizabeth.

Traigo a cuento lo que Elizabeth me dijo en México, en 1975: “Dejé el Brasil porque mis amigos murieron, porque la vida se hizo difícil y a veces desagradable”. Fascinación y rechazo fueron las constantes de la estadía: “Solo el humor de los brasileños logra, a veces, dulcificar esa repugnante mezcla de codicia y corrupción que los caracteriza” —sentenciará, observadora perspicaz como era, en una carta a Elvin Stevenson, fechada en 1963, y escrita precisamente en Samambaia—. Elizabeth haría dos contribuciones valiosas al país. Una es Uma antologia da poesia brasileira (hecha con la colaboración de Emanuel Brasil), que recoge ejemplos de la poesía llamada moderna del siglo XX, y otra es Brazil, una historia sucinta del país que hizo a solicitud de la Life World Library, que ella repudió cuando fue publicada por los numerosos cortes que se le hicieron y que en 2011 se recuperó en su versión original en Prose, el libro editado por Farrar, Straus and Giroux. Al recordar estos títulos, acaso motivado por una asociación fortuita, le pregunto su opinión sobre el movimiento conocido como “poesía concreta”, que surgió en Sao Paulo en las fechas en que ella residía en Brasil. “No me explico por qué ese grupo de poetas tuvo tanto éxito. La poesía que propusieron no es la clase de poesía que uno recuerda cuando se va a dormir. Mire usted: lo que más llama la atención en el Brasil es el reconocimiento popular a los poetas; son figuras públicas y lo que opinan —en los periódicos, en las entrevistas en la radio o en la televisión: están en todos lados— es recibido con interés. Pareciera que sus voces son la de un ancestro nacional. ¿Por cierto, no decía el viejo Ezra [Pound] algo similar sobre el papel del poeta en una sociedad? El caso más notorio de todos es el de Vinicius de Moraes, que escribe poesía y además canta. Hasta Carlos Drummond de Andrade y Joao Cabral de Melo Neto, que son literariamente hablando más modernos (más refinados, si así lo prefiere), gozan o gozaron de ese respeto tan difundido. Y algunos de estos poetas —los dos que acabo de nombrar, sin ir más lejos— han ocupado cargos en el servicio exterior, lo que tengo entendido que es una tradición en América Latina. Se trata de un fenómeno cultural que no se da en los Estados Unidos”.

Elizabeth recuerda que en 1950 pasó fugazmente por México. Pero el verdadero reencuentro con México y con los mexicanos ocurrió en 1971, en Boston. Allí conoció a Marie José y Octavio Paz, cuando éste llegó a la Universidad de Harvard para dictar las conferencias de la cátedra Charles Eliot Norton. “Más allá o más acá de su poesía, de la que traduje algunos poemas con su propia colaboración, Octavio me impresionó como ejemplo de lo que me gusta llamar ‘A Mind in Action’: una inteligencia relampagueante, idéntica en su curiosidad sin fin y en su rigor crítico a la de los ensayistas del XVII. Ahora estoy aquí, con usted, en esta habitación y en esta ciudad que tanto ha cambiado, porque él me invitó a acompañarlo en un programa de televisión en el que también estuvieron Joseph Brodsky y Vasko Popa, junto a Álvaro Mutis. No me atrae participar en esta clase de cosas organizadas por la radio o la televisión, pero quería volver a México y, como no tengo posibilidades de hacerlo por mí misma, resolví aprovechar esta oportunidad. Por favor, evite usted preguntarme por el resultado del programa: estuve nerviosa”.

En tardes alargadas por las mutuas nostalgias, Marie José Paz me ha referido lo grato que fue la comunicación prolongada y el afecto creciente de los años norteamericanos pasados en la cercanía con Elizabeth. “Era una poeta notable y una mujer compleja, sin duda marcada por las numerosas pérdidas que padeció en su vida. Daba gusto conversar con ella —y ella decía que me quería por mi sentido del humor, por trasmitirle una gracia vital que la alejaba de su carácter apocado, “intelectual”—. Me acuerdo que compartimos una noche de Pascuas —y aquí es inevitable que me aparezca una sonrisa al recordar que nosotras, en la cocina, nos pusimos a hacer dibujos en los huevos de pascua—. Era una dibujante muy dotada, adoraba la pintura y admiraba a Paul Klee y Max Ernst, como yo”. Hay otro episodio de esos tiempos, un episodio triste. Elizabeth abusaba de la bebida. “Ella —habla Marie Jo, en tono casi apagado, imponiendo un acento confidencial y pudoroso— había desparecido por dos días. Fui hasta su apartamento, toqué y al rato la voz de Elizabeth me preguntó si yo estaba sola —quería decir si Octavio me acompañaba o no—. Le respondí que estaba sola. Abrió, me dejó entrar y tuve que ponerme a recoger las botellas vacías que estaban en el piso”. Ningún estudio sobre Elizabeth deja de detenerse en esta aduana dolorosa. ¿Cabe agregar que nunca se debe olvidar que, en el mundo a menudo abismal del arte (y más si del arte de la poesía se trata), la posibilidad de la autodestrucción es una de las puertas que siempre está abierta? En el caso de Elizabeth, que la ironía domine a sus piezas no niega sino que confirma que están atravesadas por el dolor. Una prueba de ese ejercicio dialéctico: el poema “One Art” comienza proponiendo, en su primera línea, que “The art of losing isn’t hard to master” y, al cabo de seis tercetos, termina diciendo “the art of losing’s not too hard to master/ though it may look like (Write it!) like disaster”.

Vuelvo, por última vez, al encuentro con ella en el México de 1975, a aquella mujer vestida de negro, de voz susurrante y mirada perdida, a aquella mujer diminuta y casi inasible que alternadamente se abre y se oculta. Ya se sabe que una de las formas que tiene el poeta de soportar sus visiones y subversiones (una de las formas de resistir los embates de la potentia que impele a lo que la propia Elizabeth denominó —basándose en un familiar que tenía un ojo de vidrio—“la visión inexorable del glass–eye”) es ahogándolas en los vapores espirituosos del alcohol. Se trata, de hecho, de una de las puertas abiertas más frecuentada… En una de sus cartas a Elvin Stevenson, Elizabeth arguye que “escribir poesía es un acto antinatural; el difícil trabajo del poeta consiste en volverla natural, en concentrar su energía en lograr combinar lo real con lo deliberadamente no real, en hacer creer al lector que eso que lee es en verdad inevitable” He ahí el solo camino para dar una forma a lo que de otro modo se disolvería, se consumiría en su propia ignición. He ahí lo que procuró trasmutar en su obra la mujer que se refugiaba en una habitación de un hotel que ya no existe en la Ciudad de México.

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