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Martes , 25.09.2018 / 14:55 Hoy

Aquel hombre sigue hablando

A fuego lento


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La Editorial RM y la Fundación Juan Rulfo han publicado, en un solo paquete, las versiones definitivas de El Llano en llamas, Pedro Páramo y El gallo de oro (acompañado por una carta dirigida a Clara Aparicio en 1947 y por doce relatos aparecidos en revistas y suplementos entre 1945 y 1984). Los tres libros se ofrecen pues como canónicos, en un formato de una sobria elegancia. Cuesta trabajo constatar que tres días de lectura condensan, digamos, tres décadas de escritura.

Qué obtenemos ahora de esa lectura, es decir, qué podemos reconocer en Rulfo que hayamos reconocido anteriormente y siga hablando con autoridad. Tiene, por principio de cuentas, muchas cosas qué decir aún sobre la muerte, que en los últimos diez años ha hecho de México uno de sus criados más solícitos. El muerto —a quien se refiere ese otro muerto, “sitiado por la tierra”, que protagoniza “Después de la muerte”— que fue enterrado en vida y se negó a desprenderse de su alma, única condición para liberarse del sufrimiento, bien podría ser uno de esos miles de “desaparecidos” por bandas de narcotraficantes, el ejército o la rabia anónima. Mal haríamos en juzgar como “poética” a la concepción rulfiana de la muerte. Es, de la misma manera que exhibe nuestra realidad, “una cosa espesa y pegajosa”, no el tibio estado de la materia.

Obtenemos asimismo la certeza de que su “México rural” continúa siendo un pretexto literario. Junto al predominio de una narrativa con vocación urbana, y en contra del casi unánime prejuicio, prosperan iniciativas enclavadas en el campo, el pueblo fantasmal o el caserío miserable. Sustituyamos al cacique por el jefe de plaza y obtendremos un panorama semejante al que impera en Pedro Páramo: el poder capaz de convertir la tierra fértil en un cementerio, el odio como signo de la voluntad del amo, la degradación moral de poblaciones enteras por amor a la rapiña y a la difusión del miedo. Creo suficiente mencionar dos novelas de reciente irrupción para dar cuenta de esa afortunada prosperidad: Lobo, de Bibiana Camacho, y Temporada de huracanes de Fernanda Melchor.

Si la quema de la biblioteca de Alonso Quijano señaló el fin del espíritu caballeresco, Pedro Páramo remachó la desaparición de los límites entre el reino de lo maravilloso y el reino de las experiencias verosímiles. Desde que los muertos hablaron en susurros de una tumba a la otra para contarse sus penas, dejamos aún más de recelar de las mujeres que abandonan este mundo alzando el vuelo o del fraile aquel que oyó la revelación que habría de cambiar el destino de la Nueva España de boca de un murciélago. Volvemos a leer a Rulfo y volvemos a creer en la consistencia espectral de su mundo.

Estoy seguro, sin embargo, que Rulfo significa permanencia y no descendencia, a pesar de la tentación a tomarlo como modelo. Permanencia porque sus cuentos y su novela no han dejado de sumar un misterio a otro y porque el lenguaje del que están hechos bulle, vibra, sigue imponiéndose a la jerga de la burocracia letrada. Descendencia no tiene, nunca la ha tenido… y es una fortuna. Quién habría querido, o querrá ver, a una corte de rulfitos, haciendo los mismos desfiguros que hicieron, y aún hacen, los garcíamarquesitos.

Hay que leer a Rulfo y en cada ocasión, una vez cerrado el libro, como Gombrowicz recomendaba a sus alumnos sobre Borges, matarlo como el héroe mata al dragón. No conozco otra manera de preservar su influjo.

El Llano en llamas, Pedro Páramo, El gallo de oro
Juan Rulfo,
Editorial RM/ Fundación Juan Rulfo
México, 2017

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