• Regístrate
Estás leyendo: Apología de un árbol
Comparte esta noticia
Sábado , 26.05.2018 / 15:20 Hoy

Apología de un árbol

El hombre-puente que fue Ramón Xirau, quien murió el 27 de julio, concibió el ensayo como un cruce entre la confesión y el divagar del pensamiento

Publicidad
Publicidad

Mariana Hernández

Podría decir que conocí a Ramón Xirau leyendo su Historia de la filosofía. Memorable el pasaje sobre la muerte del Minotauro que anuncia la llegada de la filosofía: la razón frente al enigma del laberinto. Lo cierto es que en ese primer encuentro su voz me conmovió porque se confundía con las estancias de su estudio: la ventana, los árboles en el esplendor de sus verdes, los libreros ordenados en un desorden propio, y creo que ello sucedió así porque él sostenía un libro en las manos y no había hablado, y yo solo logré mirar con fijeza el árbol.

Tal suceso refiere la presencia del árbol, pero poco dice sobre la apología que habré de hacer sobre mi memoria. ¿Qué habría de defender? ¿Lo que se recuerda? ¿De verdad es lo único que puede quedar de lo que se vive? Y bajo la desesperación de quien no tropieza con respuesta alguna, la vida me mandó hallar a Xirau en sus palabras intermitentes y silencios sobrecogedores. Desde entonces fue mi Maestro, y compartimos, gracias a su generosidad, muchas palabras y momentos. Los encuentros fueron entrañables, me mostraron una dimensión más amplia de lo que es educar en la comprensión y en la dulzura, y constaté que la amistad es un camino indudable.

Uno de los testimonios más queridos sobre su labor docente se lo debemos a Luis Ignacio Helguera. Es famosa la dicción oscura con la que Ramón Xirau decía cosas luminosas. Las palabras más socorridas entre sus alumnos eran “¿perdón?”, “¿cómo?”, “¿qué dijo?” Su método, pues, era también mayéutico, solo que invertido: los alumnos tenían que alumbrar las palabras en el maestro. Una tarde, en que el coro de cómos y qués se había multiplicado más de lo normal, Xirau exclamó de pronto, con nitidez meridiana: “¡Y no crean que no puedo hablar claro!”, volviendo en seguida a su tono crepuscular: “Lo que pasa es que no quiero”.

Xirau fue sin duda un pensador excepcional. Su labor como maestro se abrió a la de editor, traductor, crítico, ensayista y poeta, e integraba diversas herencias culturales, lo cual llevó a Paz a señalarlo como hombre–puente. De modo natural, mientras reflexionaba sobre la simplicidad de la luz de la tarde o evocaba con nostalgia el mar y las playas singulares del Mediterráneo, confluían Platón, San Agustín, Kierkegaard, Vico, Mallarmé, Heráclito… No fue solo un gran observador del mundo, sino un gran conversador. Detrás de sus ojos intensos y su sonrisa había un escucha atento acechando con una pregunta sutil que al proferirse echaba a andar la maquinaria de la reflexión. Si bien ello agrandaba la anchura del cuestionamiento, no dejaba por ello de brindar consuelo, aunque despertase el mecanismo de la sospecha. Sospechar y consolar fueron entendidos como una actividad propia de la filosofía, ejercicio que se diseminó en el aire de los pasillos, en la cita precisa, en la escritura poética o en la esgrima del ensayo.

Quisiera detenerme en la forma del ensayo porque en Xirau fue una “extensión del aula”, un modo de dialogar, de ejercer el pensamiento, y un método entendido como un abrir camino. Tal concepción le permitió escribir entre la fugacidad y la duración, entre la mutabilidad y la presencia; además de explorar las relaciones entre el tiempo y el estar. También fue un medio a través del cual contempló el mundo, una herramienta para seccionarlo y analizarlo, un escenario donde la tensión entre razón y corazón parecía sosegarse en la divagación, pues en este descubrir–describir–escribir reproducía el momento especialísimo del diálogo del alma consigo misma. Diálogo bipolar cuyo tender siempre era llamada al otro porque para él “la filosofía auténtica es la que alcanza no tanto un saber esquematizado, sino una forma de sabiduría”.

En Xirau la argumentación podía comenzar con el atisbo de la intuición o con el repasar de alguna frase; el punto de arranque se validaba en la progresión de la idea a explorar. La importancia de problematizar radicaba en si lograba o no ensanchar el marco de comprensión. En este sentido el pensar rozaba el matiz excepcional de la confesión reflejando el estudio sobre la obra de San Agustín. Diría que la escritura como confesión del tiempo vivido se devela en ese tono de intimidad observado en sus textos a través de las diversas llamadas que hace: comentarios y epígrafes, notas a pie, sugerencias, dudas, zonas de confidencia donde el tránsito del discernir se dice en voz de altísima complicidad.

En este ámbito escritural, Xirau prosigue su labor docente. Las ideas plasmadas flexionan una esgrima mental que se arquea o se aletarga, siguiendo un impulso que dibuja un movimiento reflejo que implica al lector, en el acto de leer, dentro de un aventurar exploratorio, que trata a su vez de inducir la experiencia que da cuenta de la realidad.

El ensayo adquiere el carácter de boceto inacabado que entrelaza un sentido de juego, donde lo importante es jugar para experimentar/experienciar, es decir, se trata de una batida donde la ganancia son fragmentos imprecisos, espontáneos, de terrible luminosidad, que constatan lo nimio como cala vital, pues la unidad posible de esta forma de escritura está dada por la confesión que lleva a bordear el aire sutil de la transparencia. Hablar, pensar, escribir son actos que otorgan duración, presencia, prolongación de vida, y que llevan a habitar el mundo, gravitarlo, para morar un lenguaje que mucho ha de callar para decir.

¿Sería aventurado decir que la vocación de Xirau haya sido mostrar cómo los caminos hacia la luz solo son válidos si se recorren en compañía? Poco he dicho sobre la emoción de lo vivido con él, pero sus palabras me han resguardado; cómo su presencia ha sido alegría en mis días. Quizá haya malogrado esta apología de mi memoria, pero el fracaso me arroja una imagen que persiste en mi tiempo interior: el Maestro al pie de las escaleras con un ventanal hacia sus espaldas, la luz que se enrama entre los árboles y su cuerpo, todo ello indicio de la certeza de que estaba a punto de cruzar un dintel, y entonces él me preguntaba: “¿Qué hay niña?” y, aunque no sé lo que él miraba dentro de mí, la fascinación de su voz era guía. ¿Hacia dónde? No importaba. Quede la cifra del Misterio sin desocultar, o como él decía: “Quede la pregunta en pregunta”. Inevitable recordar estos versos suyos (Gradas):


Todo es Memoria.

Un caballo, un puente, una gaviota,

Un pozo de luz perforador de cielos,

Pasan, pasan, barcas del aire barcas,

Una cascada, un vaso, la Venus en el alga.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.