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Domingo , 09.12.2018 / 15:27 Hoy

Apariencias

Artes visuales

Al contemplar la obra de Roni Horn (Nueva York, 1955) entendemos que “no todo es lo que parece”. Desde las esculturas y los dos autorretratos que abren su exposición en la Galería Kurimanzutto, el juego se extiende a los conceptos de identidad y tran
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Al contemplar la obra de Roni Horn (Nueva York, 1955) entendemos que “no todo es lo que parece”. Desde las esculturas y los dos autorretratos que abren su exposición en la Galería Kurimanzutto (la primera individual en México), el juego se extiende a los conceptos de identidad y transformación. ¿Quién es ella o él? ¿Es agua o cristal? Las piezas nos obligan a mirar con detenimiento e invitan a reflexionar sobre la ambigüedad. 

Entramos a un universo blanco, a un ambiente prístino en el que sus conceptos brillan. Envueltas por la luz natural —que caracteriza a esta galería— y de la que se refracta en los muros altos, las obras expuestas podrían lucir —para algunos— frías; sin embargo, se convierten en frases breves: oraciones visuales minimalistas, en las que la fotografía, el dibujo y la escultura se acomodan como sujeto, verbo y complemento, construyendo —y no solo provocando— emociones. En el trabajo de Roni Horn está presente el paisaje islandés, con la soledad de la isla y la luz del norte (esa misma e intensa que asombra en la pintura del grupo danés Skagensmalerne), que usa para hilvanar el ciclo de la naturaleza en su relación con el ser humano. Su hacer es íntimo y silencioso.

Exposición de pocas piezas (no se trata de más ni de menos, sino de contundencia), éstas dominan el espacio y captan la atención del visitante, quien queda cautivo tratando de entender, a través de la mirada, las cualidades de los materiales explorados como el cristal y el plástico. Horn transforma los materiales en medios para unir naturaleza y poesía, como se observa en sus largos prismas rectangulares, de aluminio y plástico, recargados en la pared, donde se translucen frases de la poeta Emily Dickinson; las letras atraviesan la escultura para convertirse en imágenes. 

La inclusión de la literatura en su propuesta es recurrente; sin embargo, no se trata de hacer poesía visual, sino de usar la escritura como una estrategia plástica. Le atraen el lenguaje y la estructura lingüística, elementos que se integran a sus piezas como juegos conceptuales sobre opuestos, como se ve en sus dibujos y en sus esculturas de vidrio que contienen una imagen volumétrica que engaña a la vista: ¿lo que se ve es sólido o líquido? Esta interrogante lleva al espectador a observar la vulnerabilidad de la percepción, concepto explorado también en sus fotografías autobiográficas. ¿Son iguales o simplemente se repiten? ¿Lo igual se percibe como tal? Esta duda envuelve y guía: ¿la identidad es una o son muchas?

Roni Horn hace de la ambigüedad una paradoja.


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