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Anuncia su agonía la burla del arte contemporáneo

“Vende tu Orozco porque en dos años no valdrá nada”, parece decir esta crónica de la feria Armory Show de Nueva York, donde esta disciplina se mofa del dinero y cobra una fortuna por hacerlo

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Este marzo se llevó a cabo el Armory Show, la feria de arte más grande y relevante de la Gran Manzana, que en un espacio de 23 mil metros cuadrados reunió obras de 210 galerías y 30 países de los cinco continentes.

El Armory es una empresa comercial. Sin embargo, al concentrar en un solo espacio de la metrópoli, que por lo pronto sigue siendo el cenit del arte, a un gran número de galerías reconocidas, condensa a un tamaño manejable las tendencias actuales del extenso mundo del arte visual permitiendo inferir algunas conclusiones.

Lo que más llamó la atención fue que aún sigue estando en boga la predilección de los artistas contemporáneos y de sus galeristas de burlarse de los compradores. Y más asombroso fue que en respuesta, los compradores continúan celebrándoles la farsa.

Entre los ejemplos más indignos estuvieron aquellos que, con explicaciones crípticas de artistas y galeristas, le tomaron el pelo al público. Un ejemplo fue la instalación Choose (Elegir), del tapatío Gabriel Rico Jiménez, representado por la Galería OMR de la Ciudad de México. La instalación consistió en un chivo disecado frente a cuatro tinas metálicas colocadas boca abajo. De la primera tina salía un hueso. En la segunda tina iba recargado un foco de luz neón. La tercera tina llevaba encima una naranja de plástico y la cuarta una botella de Coca-Cola vacía.

Rico Jiménez ha declarado que se considera un ontólogo que utiliza la metodología heurística usando, a veces, herramientas tecnológicas y modelos científicos como metáforas de la memoria colectiva. Ha dicho que utiliza la deconstrucción y la recontextualización como métodos para asegurar la representación y el desarrollo en áreas como la materialización del conocimiento, la fragilidad del espacio, la exploración de los términos audiovisuales y el origen de la información. Y ha subrayado que todo su trabajo se relaciona con la condición humana y la erosión de los objetos que se usan en la vida cotidiana. Sobre las instalaciones en las que específicamente combina objetos hallados y taxidermia, un galerista escribió que cargadas de un espíritu místico estas cuestionan la relación de los seres humanos con la naturaleza.

Bla bla bla bla

A la autora de esta nota los únicos sentimientos que Choose le provocó fueron la vergüenza y la pena. Vergüenza de que ésta fuera una de las obras que representara al arte mexicano contemporáneo, y pena por el bobo que la compró. Porque eso sí, la obra se vendió. Y es que la falta de esfuerzo del “creador”, que ni siquiera pudo ponerle un título inspirador a su intervención, aunada a la palabrería que la justifica explotando los conceptos del ready-made y del arte conceptual, están muy desgastados y ya no alborotan a nadie.

Por lo menos, el ready-made con el título La conciencia de la incertidumbre, del diseñador chileno Sebastián Errázuriz (patrocinado por la Galería Cristina Grajales de Nueva York) fue emocionante y tuvo gracia. Con apenas unas cuantas cuerdas de mecate, Errázuriz, suspendió del techo un piano vertical. La pieza estaba colocada en un salón asignado como bar para que los asistentes de la feria tomaran una pausa de la exposición para beber champaña. Para los que se dieron cuenta de la presencia del instrumento pesado, que parecía estar insuficientemente asegurado sobre los menos observadores que se habían sentado a beber bajo éste, la broma funcionó.

La broma, que no el arte

El sarcasmo llegó a su limité en el pabellón de la Galería Axel Vervoordt de Amberes y Hong Kong. Ahí, el artista Sadaharu Horio se burló abiertamente del carácter mercantil del arte actual. Su Art Vending Machine consistió de un cubo de madera y materiales desechados que llevaba un anuncio hecho burda y rápidamente informando de la venta de una obra de arte por un dólar con 10 opciones de tema. Como una máquina de Coca-Cola, la caja tenía dos ranuras: una para recibir dinero y otra para entregar a cambio la mercancía que, en este caso, era “la obra”. Al momento de recibir el dólar y la elección de tema de algún visitante, Horio, escondido dentro de la “máquina expendedora”, pintaba un dibujo. Pasado un minuto, lo expulsaba por la otra ranura de la caja. Otra broma, pero con la utilidad de calificar a todo el movimiento de arte contemporáneo.

Para ser partícipe de la ganga se formaron colas y colas. Y es que resulta que Horio es uno de los integrantes del grupo de arte japonés experimental Gutai y es considerado por algunos críticos como uno de los artistas más importantes del arte experimental del siglo XX, así que no importa que produzca basura, si la basura va firmada por él, vale.

Lo cierto es que gran parte de las tonterías del Armory tuvieron que ver con el pequeño mundo que habitan los artistas y los vendedores y compradores de arte. Solo unas pocas respondieron a inquietudes fuera de ese pequeño mundo. Dentro de éstas, un grupo aún más pequeño era de carácter sociopolítico, y abordó los verdaderos temas de nuestro tiempo, como la inmigración, los refugiados, el maltrato al distinto y la desigualdad.

Entre estas, sobresalió la de los congoleses Djong Bismar y Jérémie Mabiala, comisionada por el artista holandés Renzo Martens y presentada en el pabellón de la Galería KOW de Berlín. Esta obra, titulada The art collectors, como en las creaciones hasta aquí citadas, amonesta el mercantilismo del arte, pero al mismo tiempo, condena la desigualdad. Y no solamente la condena, también, de manera concreta, ayuda a corregirla.

Se trata de dos esculturas de chocolate, casi idénticas, representando a dos hombres calvos, con gafas y de traje, sentados en pedestales, y cuyas cabezas se asemejan a las cabezas de las víboras que rodean sus cuerpos. Una vez que Bismar y Mabiala elaboraron las figuras en arcilla, las enviaron a Ámsterdam, donde Martens, con ayuda de una impresora 3D, las reprodujo en chocolate congolés.

El carácter explotador del mercado del arte al que aluden las figuras se explica con hechos. Las esculturas estuvieron inspiradas en los hermanos Lever y sus inversionistas. A principios del siglo XX, explotando vilmente a los agricultores del Congo, los Lever lograron monopolizar la producción de aceite de palma. Con el tiempo, su compañía se diversificó y globalizó amasando enormes riquezas para ellos y para sus inversionistas. Varios de ellos son reconocidos coleccionistas de arte y benefactores de museos tan importantes como el Tate Modern y el Abbemuseum.

Y cabe agregar dos datos interesantes. Bismar y Mabiala son descendientes de los empleados explotados de los Lever. Y resulta que los dos son campesinos que se dedican a cultivar cacao y que, hasta hace poco, estaban tan amolados como sus abuelos.

Gracias a su colaboración con Martens, que empezó hace tres años, ahora son además “artistas”. Pero para ellos, más importante aún que ocupar un lugar en el mundo del arte, es que hasta la fecha sus esculturas han generado decenas de miles de dólares, cantidades absurdas al compararlas con el salario de 20 a 30 dólares mensuales que estaban recibiendo en la plantación de la que eran empleados. Y todavía más importante es que el ingreso que han percibido de sus obras lo han invertido para comprar tierras y materiales de cultivo en beneficio de la cooperativa que fundaron.

The art collectors evoca así el origen abusivo de las riquezas que han hecho del arte gran negocio. Señala también su naturaleza frívola. Y su escapismo. Porque este arte existe, sobre todo, para impedir la mirada sobre los asuntos serios de la vida colectiva.

Finalmente, unas cuantas obras, que pudieron contarse con los dedos de una mano, conmovieron profundamente por su belleza. Para cerrar este texto, un ejemplo de este pequeñísimo conjunto. Se trata de una asombrosa hazaña titulada Drifter (Errante) del Studio Drift, dúo holandés formado por Ralph Nauta y Lonneke Gordijn, presentado por la Galería Pace de Nueva York. La obra consistió de un solo objeto: un bloque enorme de concreto de unos 30 metros cúbicos que, como por arte de magia, levitaba en el aire girando lentamente sobre su propio eje. El temor que provocaba acercarse a la obra y que ésta se cayera, se desvanecía en admiración.

El dúo aseveró que el trabajo combina materiales cotidianos con tecnologías innovadoras a través de su colaboración con científicos, programadores e ingenieros. Sobre Drifter, los artistas explicaron que utilizaron robótica. Sin embargo, y sin duda para mantener su misterio, se negaron a revelar exactamente cómo lograron que el prisma rectangular de material pesado flotara en el aire.

La obra es un ejemplar maravilloso del uso de la tecnología en el arte. Lo burdo, familiar y ordinario del material del prisma contrasta con la complejidad oculta del mecanismo de la pieza y con la elegancia de la resultante ilusión óptica. El efecto de desafío a la gravedad hace que el espectador dude de su propio instinto provocando en él tensión, sorpresa, perplejidad, y finalmente, una exquisita sensación de armonía.

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