“Aquí hemos estado 70 años... y seguiremos”

Las melodías de los clásicos fara-fara siguen presentes en las calles del primer cuadro de la ciudad.
Las agrupaciones esperan en la calle una tocada para trabajar.
Las agrupaciones esperan en la calle una tocada para trabajar. (Gustavo Mendoza)

Monterrey

En la calle de Reforma, pasando de Cuauhtémoc a Pino Suárez, todo es música.

Desde las afueras de la cantina Royal se escucha el grave tesitura del tololoche y la aguada melodía del acordeón, y a unos metros de su cruce con Pino Suárez, un grupo de diez músicos, que conforman los tradicionales fara-fara, espera por una tocada.

Siempre han estado ahí, desde hace 70 años, y si acaso se han movido algunos metros.

“Antes estaban abajo del Arco de Pino Suárez, ahí iba yo de nueve años a bolearles las botas”, describe Juan Castillo Silva, quien ahora tiene 67 años.

Don Castillo es parte de esa tradicional postal que forman los grupos fara-fara en el centro de Monterrey, quienes se dividen por grupos para estar todo el día y toda la noche en espera de ir a tocar.

Un grupo se ubica sobre Cuauhtémoc y otro en Pino Suárez, ambos pertenecen al Sindicato de Músicos Regionales del Arco 249, ligados a la CTM.  Los primeros no gustan hablar – “necesitas pedir permiso al secretario”, dijeron– mientras que los segundos ofrecen un lugar en su banca.

“A ver, ¿qué quiere saber?”, pregunta abiertamente don Juan Castillo, de cabello y bigote café claro y complexión robusta, quien viste de camisa sencilla blanca, pantalón y botas oscuras.

Oriundo de Zacatecas, llegó de un año a Monterrey. A los nueve trabajó de bolero bajo el Arco de la Independencia –“cuando tenía rotonda”– y como su padre y unos compadres tenían un grupo, se decidió por la música.

“Primero inicié con el saxofón, ahí acompañaba a mi papá que tocaba el acordeón. También estaba un compañero al que le decíamos El Piporro porque se parecía mucho, tocaba el bajo y así formamos el grupo que se llamaba Los Tigres de la Frontera y que formamos en Aguascalientes”.

Mientras habla, el tráfico no cesa sobre la vía de Suárez en plena salida laboral. Pero por más fuerte que suenen los camiones y el claxon de los carros, las notas emanadas de dos acordeones se sobreponen.

El resto de los músicos está de pie sobre la banqueta exhibiendo sus bajosextos, el tololoche o el acordeón a los transeúntes. Unos más están sentados a la espera de un servicio.

La necesidad, aclara Juan Castillo, lo hizo ir aprendiendo el resto de los instrumentos. También toca la guitarra, el bajosexto y el acordeón. En sus andanzas por Aguascalientes, Lagos de Moreno y Monterrey, hasta con un mariachi ha tocado.

Tras unos minutos de plática y otros cuantos de fotografías, una vieja Suburban de color gris se detiene sobre la acera. Un hombre maduro baja y pregunta por un fara-fara y de inmediato se acerca “el abogado”.

De inmediato se hace el grupo y se alistan para ir a tocar a la mencionada fiesta.

-¿Entonces sí hay trabajo, maestro?

-Aquí tenemos 70 años, haya o no haya no nos vamos a ir.