Más animales hay en política que en el circo

Todo aquel que enseñe a un perro a dar la patita o a correr tras un frisbee tendría que pagar multas o de plano ir a la cárcel.
Cuando los animales políticos hagan esto...
Cuando los animales políticos hagan esto... (Especial)

Ando los pasos de Carlos Marín y Ariel González, preocupado por la reforma aprobada por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en la que se establece la prohibición del uso de animales en los espectáculos circenses. La preocupación humanista del Partido Verde (sin duda, uno de los negocios más ingeniosos de las últimas décadas; me refiero al partido) en este caso me parece parcial, discriminatoria y un muy poco meditado golpe de teatro (ya que nos roban a la gente de la escena todos nuestros términos). Todo aquel que enseñe a un perro a dar la patita o a correr tras un frisbee tendría que pagar multas o de plano ir a la cárcel.

La historia del circo y de la utilización de animales se remonta a siglos de convivencia extraordinaria y amorosa. Es muy difícil cerrar los ojos y saborear la mágica palabra “circo” sin que se nos vengan a la memoria las imágenes de elefantes majestuosos, tigres fieros que saltan aros o jinetes haciendo acrobacias a todo galope sobre hermosos caballos. En todo caso deberíamos hablar de maltrato animal, de su vigilancia y castigo, no de la prohibición al circo que a toda costa pretenden aprobar y que contradice las leyes federales.

En un artículo muy contundente, Federico Serrano, cronista del Circo Atayde (que cumple 125 años), escribe: “Cada vez con mayor frecuencia, reconocidos analistas de nuestra vida pública hacen referencias al circo, comparándolo con la clase y la actividad política nacional. Muy probablemente sea más bien por ignorancia que por tontería o mala fe, pero lo cierto es que ese tipo de comentarios han contribuido a degradar entre el público la percepción de lo que es el circo verdaderamente: un deslumbrante arte escénico, ancestral y vivo, esencialmente democrático, parte del patrimonio cultural de la humanidad y que además tiene en nuestro país raíces milenarias.

“El circo funciona como un mecanismo de relojería: un trapecista no puede cambiar la ruta de su vuelo, ni un malabarista alterar caprichosamente su rutina, ni un entrenador de tigres improvisar su acto. Detrás de cada acto circense hay todo lo que no hay en la política en este país: concentración, rigor, disciplina, valoración del esfuerzo individual y colectivo, confianza en uno mismo y en los compañeros, elegancia, precisión y belleza. Es el arte del asombro”.

Dato contradictorio: el Partido Verde postuló en 2012 al priísta Mauricio Trejo, hoy presidente municipal de San Miguel de Allende, consumado cazador. Más animales hay en política y no se les maltrata, lo cual sí es una desgracia.