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Viernes , 21.09.2018 / 16:22 Hoy

Amparo Dávila. La magia que perdura

La escritora nacida en Pinos, Zacatecas (21 de febrero de 1928) cumple 90 años. En esta charla, viaja al país de su infancia, a sus primeros años en la capital y a los miedos que siguen asaltándola

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“¿A qué le tiene miedo Amparo Dávila?” Le hago esta pregunta mientras la miro y observo sus manos fuertes que mantiene sobre sus piernas. Es lunes, 12 de febrero de 2018. Hemos hablado alrededor de media hora. Amparo Dávila está por cumplir 90 años, se ve lúcida, sana y animada. Hace pocos días estuvo en el hospital, pero parece que los problemas de salud quedaron atrás, como cuando era niña, aunque ella dice que los ha tenido siempre. Trato de explorar el enigma de su mirada que a veces se levanta para mirarme fijamente y sonreír, pero sus ojos son demasiado misteriosos. Quizá el secreto para una larga vida sea un verdadero temor a la muerte, pienso. Pero ella dice que no le tiene miedo a la muerte, solo incógnitas. “Qué será el más allá”, me dice.

Acudo a la hora acordada: 13:30. Al llegar a su casa lo veo de nuevo. Su apellido está escrito con plumón negro arriba y abajo del timbre. Así, dos veces, la letra inclinada: Dávila; y más difuminado, como si fuera una visión: Dávila. Toco, nervioso, como la primera vez, sabiendo que del otro lado está ella, en esa casa grande donde varios perros ladran y la puerta de entrada está justo a un lado del jardín y el estacionamiento.

Su hija me recibe y una mujer muy amable que siempre las acompaña. Por las ventanas se filtra la luz que ilumina una escalera. Hay cuadros en las paredes y una enorme sala del lado derecho. Ella no está ahí. Amparo Dávila espera puntual en un pequeño estudio ubicado del otro lado. “Pasa”, me dice Jaina, su hija, y yo entro silencioso. La veo sentada y me acerco. “Hola, Jonathan”, me dice con la voz temblorosa. Tomo su mano delicada, la saludo, le doy un beso en la mejilla y me siento a su lado para conversar.

La primera vez que la vi en persona no pude decir nada. Siempre me pasa lo mismo con la gente que admiro. Descendió de una camioneta y caminó con pasos cortos. Una mujer menuda, misteriosa, pequeña, y sonriente; con los ojos brillosos que miran preguntándose algo pero nunca se sabrá qué. Llegó al túnel del Palacio de Bellas Artes, que lleva directo a la Sala Adamo Boari, para asistir a una conferencia de prensa. Yo solo la recibiría, la encaminaría al escenario y la ayudaría a sentarse en una silla; nada más. Sin embargo, para mí fue más que eso. No pude decir mucho entonces pero sin saberlo así comenzó una afortunada cercanía donde el silencio es permitido.

El 19 de agosto de 1965 Amparo Dávila asistió al mismo recinto en el que nos conoceríamos muchos años después. En la Sala Manuel M. Ponce habló sobre su vida y su obra (en ese momento formada por sus libros de poesía y dos libros de cuentos: Tiempo destrozado y Música concreta) dentro del ciclo “Los narradores ante el público” organizado por Antonio Acevedo, jefe del Departamento de Literatura en el Instituto Nacional de Bellas Artes que dirigía por entonces José Luis Martínez. En aquella ocasión, Amparo Dávila se refirió a su infancia y a los detalles que la llevaron a narrar bajo cierto tipo de atmósfera que ahora nos hipnotiza. Con pocas palabras siempre cuidadas, acotadas, habló sobre el lugar donde nació en 1928, Pinos, en Zacatecas, y al que se refirió como el pueblo “de las mujeres enlutadas de Agustín Yáñez […] donde solo se oye el viento de la mañana a la noche, desde que uno nace hasta que muere”. Ahí vivió hasta los siete años. Pasó su primera infancia en aquella casa grande de su memoria, con habitaciones oscuras, iluminadas en las noches con lámparas de gasolina, donde lloró el frío y la oscuridad, y donde aprendió a ver pasar la muerte. “No había cementerios en varios ranchos cercanos”, dijo en aquella ocasión, “y a Pinos iban a enterrar a los muertos. Yo los veía tirados en el piso de una carreta, atravesados sobre el lomo de una mula y a veces con una rústica caja”.

Hoy Amparo Dávila aguarda paciente a que comencemos a charlar. Le llama a su hija para que se siente a su lado, como siempre, y espera. “Varias épocas de mi vida”, dice de pronto, antes de que le pueda preguntar algo. Se refiere a una serie de fotografías que adornan los libreros y sonríe. “Esa soy yo”, señala una imagen donde una niña con vestido blanco mira fijamente a la cámara. “Tengo una violeta de un lado, la modestia, y del otro, un oso. Iba a ser una niña muy modesta”.

“Lo es”, le digo, y nos reímos juntos.

Y en efecto, es la misma niña. La imagino sentada en la biblioteca de su padre donde leyó su primer libro, la Divina Comedia, que la impactó no por los infiernos de Dante, sino por los grabados de Doré que nutrieron las pesadillas de su infancia.

“Me horrorizaban de niña”, me dice ahora Amparo Dávila al recordar su niñez, “porque eran los demonios con tridentes”. Y me habla también, como lo ha hecho otras veces, de aquellas leyendas que se contaban entre la neblina de ese pueblo “rodeado siempre de nubes” y esas visiones que ya no sabe si fueron reales o imaginarias, pero que no puede olvidar porque la acompañaron en largas noches oscuras y frías. Lo contó también en 1965, en Bellas Artes; lo ha dicho otras veces, y me lo repite ahora, así.

—En la casa donde viví mis primeros años vivió un señor feudal que perdió una pierna y le pusieron una de palo. En las noches yo podía oírlo, “taconeando”. Este hombre, como era muy rico, se casó varias veces y se le morían las esposas misteriosamente. Y fíjese usted que la última de ellas, todavía con su traje blanco, por las noches deambulaba por la casa. Ella con una vela encendida y él, con su pata de palo. Eso me causaba terror, pero un terror grandísimo. Lo único que lo mitigaba eran mis perros y mis gatos. Ellos me dieron calor en los primeros momentos de mi vida: los gatos. Así que para siempre quedaron conmigo.

Amparo Dávila queda en silencio pero continúa moviendo sus labios como si palabras invisibles se le escaparan de la boca, como si recordara algo, como si viera algo.

Su primera afición fue la alquimia. Así se lo recuerdo y ella vuelve en el tiempo. “Yo soñaba con sacar perfumes de las flores, y de las piedras, oro”. Cuando no hacía tanto frío subía a la montaña de Pinos con sus perros para recolectar flores y cualquier piedra misteriosa. Sin embargo, nunca obtuvo lo que buscaba.

—¿Pero no es acaso ahora una alquimista de la realidad? —le pregunto.

—Sí, en cierto modo sí —responde.

De Pinos, Zacatecas, salió a los siete años en 1935. Se fue a San Luis Potosí donde fue educada religiosamente y ahí encontró una verdadera influencia literaria. “En ese convento conocí a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León, Cervantes, Quevedo y Sor Juana Inés”, ha dicho antes. Ahora lo recuerda de este modo:

—Lo que más ha influido mi obra es cuando fui a la escuela a San Luis Potosí. Ahí nos empezaron a dar catecismo, historia de la iglesia, y yo no sabía nada de nada. Yo nada más sabía de los muertos que transitaban en la noche, de las apariciones y de los grabados de Doré. No sabía nada de religión. Entonces conocí las traducciones de Fray Luis de León del Cantar de los Cantares de Salomón y me enamoré perdidamente para siempre. Lo primero que escribí fue Salmos bajo la luna, que no son precisamente religiosos; nada más tienen el paralelismo hebreo. Son profanos, se puede decir.

Su salud, siempre frágil, la condenó al encierro por largas temporadas durante su infancia y su juventud. Sin embargo, eso le permitió conocer a autores que la han marcado como Prados, Cernuda, Aleixandre, Hesse, Kafka y Lawrence. En 1950, publicó Salmos bajo la luna y en 1954 Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades. En 1954 se instaló en la Ciudad de México donde trabajaría, por año y medio, como secretaria de Alfonso Reyes, quien la motivaría a acercarse a la narrativa y publicar sus primeros cuentos. Pocas veces habla de eso, pero hoy lo hace.

—Yo no pensaba que publicar fuera una obligación; yo pensaba que si uno escribía era una necesidad para uno mismo. Pero me hicieron entender, varias personas como Alfonso Reyes y monseñor Antonio Peñalosa (que fue el primero que publicó algo de mis salmos), que si lo que una hacía tenía cierto valor había que compartirlo con los demás.

Amparo Dávila sonríe, como si contara una travesura, y continúa recordando su relación con Alfonso Reyes, a quien conoció a principios de los años cincuenta, en San Luis Potosí.

—Fue una relación muy linda. Él fue a San Luis Potosí a unos cursos de invierno donde iban grandes personalidades. Ahí nos lo presentaron a todos los jovencitos que prometían algo, entre ellos yo. Nos conocimos, lo escuchamos, y algún tiempo después fui a Guanajuato a los entremeses cervantinos que en esa época daba el maestro Ruelas. En uno de los descansos andaba yo caminando por la plaza y de pronto me pareció ver a don Alfonso. Me acerqué y sí, era él, esperando a Manuelita su esposa, que había ido a recoger libros que siempre andaba comprando en todos lados. Entonces lo saludé. Me preguntó que quién era y le dije: “Soy de los jóvenes que conoció en San Luis”. “Siéntate a platicar conmigo”, dijo. Le hablé entonces sobre mi idea de venir a México a vivir y él me preguntó ¿para qué? “Porque quiero estar cerca de los escritores que admiro, como usted”. Entonces me distraje viendo unos como crespones que ondulan con el viento, y como era una hora en que el sol cae, todavía se veían dorados. Me recordaron a El principito de Saint-Exupéry cuando la zorra le dice al niño: “ya no voy a tener nostalgia de tus cabellos, porque cuando vea estos crespones dorados voy a recordar tus rizos”. Entonces don Alfonso dijo: “No es posible que me estés citando a Saint-Exupéry, que es de mis escritores favoritos”. Me abrazó, me hizo cariños, me presentó a Manuelita y entonces quedé comprometida a que cuando viniera a México los iría a buscar a su Capilla. Así sucedió. Vine, los busqué, y platicando me dijo que si no conocía a alguien que escribiera a máquina, sin errores. “Sí, conozco”, le dije. “Pero que no cobre mucho”, respondió, “porque yo no tengo dinero”. “Sí”. “¿Y cuándo me la traes?” “No necesito traerla porque aquí está. Yo soy”.

Publicó su primer cuento, “El huésped”, en la Revista Mexicana de Literatura en 1956. En 1958 se casó con Pedro Coronel y nació su hija Jaina, quien desde entonces está junto a ella. Su hija Lorenza nació en 1959 y en ese mismo año publicó su primer libro de cuentos, Tiempo destrozado, en el Fondo de Cultura Económica. Cinco años después publicó Música concreta y se divorció. En 1977 ganó el Premio Xavier Villaurrutia por Árboles petrificados, lo cual representó un reconocimiento definitivo no solo a una escritora cuya obra se había construido desde sus primeros cuentos de manera sólida y contundente, fuera del establishment literario, sino también a un género relegado —aun ahora— como lo es el cuento, y sobre todo a una temática que aborda el lado más oscuro del imaginario. Respecto a esto, a su temática, en 1965 Amparo Dávila se refirió a ella como algo limitado que se reduce a sus preocupaciones fundamentales frente a la vida: amor, locura y muerte. “Yo sencillamente hablo del clima que me tocó habitar y observar”, dijo entonces, “de la atmósfera en que he vivido y padecido siempre. Quiero y puedo confesar que nunca he conocido el equilibrio ni la cordura; nací y he vivido en el clima del absurdo y del desencantamiento, por eso mis personajes van o vienen de ahí”. En sus historias, Amparo Dávila demuestra que lo insólito es un acontecimiento que explota en la realidad, que los demonios se manifiestan en lo cotidiano y que la mente es quizá el peor de nuestros enemigos.

—¿El amor, la locura y la muerte son lo mismo, maestra?

Amparo Dávila responde de inmediato:

—Son tres cosas misteriosísimas. El amor que llega y se va, cuando uno menos lo espera. La locura que trastorna a la persona como un hilo que se rompe. Y la muerte, que llega un día y siempre nos acompaña.

En el cuento “Patio cuadrado”, incluido en Árboles petrificados, que escribió gracias a la beca del Centro Mexicano de Escritores, y que refleja la forma de aquellas casas de su infancia, Amparo Dávila dice: “no hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos; el caos de adentro se proyecta siempre hacia afuera; la evasión es un camino hacia ninguna parte..., pero no hay que sufrir ni atormentarse, iniciemos el juego; el ambiente es propicio, solo la magia perdura, el pensamiento mágico, el sortilegio inasible de la palabra”. De ahí que me surja una pregunta inevitable. ¿Cuál es la magia que perdura en la obra de Amparo Dávila? ¿Qué es eso “misterioso e inasible” a lo que se refiere cuando le pregunto esto? ¿Quizá esa presencia sin forma que se alimenta de nuestros miedos, como en “Alta cocina”, “El huésped” o en “Moisés y Gaspar”? ¿Qué es ese misterio que jamás se revela y que ni ella misma sabe lo que es y le encarga al lector? ¿Es quizá la muerte, a la que se ha referido como una presencia constante y que le sigue pareciendo “una incógnita inexplicable, angustiante y terrible que no logro entender”?

—¿A qué le tiene miedo Amparo Dávila? —le pregunto entonces y miro sus manos esperando la respuesta.

—Me dan miedo muchas cosas —responde riendo de nuevo—. Me da miedo la oscuridad como cuando era niña y me da miedo, a veces, la soledad.

Antes de terminar la entrevista le pregunto si continúa escribiendo.

—Quiero publicar poemas, de ayer y hoy. Y tengo las semblanzas, que son varias. Una sobre Pinos y una sobre mi muerte.

Pide entonces que le acerquen una hoja que está sobre una mesa donde hay varios libros, entre ellos uno de Francisco Tario. La toma con sus manos fuertes, acostumbradas al frío, y se ayuda con una lupa para poder leer. Me acerco para escucharla y la grabo mientras su hija le ayuda iluminando con una lámpara de su teléfono celular. Comienza, con la voz trémula: “Que no muera/ un día nublado y frío/ de invierno/ y me vaya tiritando/ de frío y de miedo”.

En el patio los perros ladran, no se ven pero ladran. Me despido varias veces sin querer irme pero todas las puertas nos ven partir alguna vez. Antes de alejarme de su casa miro de nuevo el timbre: “Dávila”, leo y me voy sintiendo una presencia, escuchando, detrás de mí, un “taconeo”. No me atrevo a voltear.

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