De amores suicidas

Ante la conciencia de la inevitable extinción futura, el presente aparece un tanto fantasmal, carente de propósito, y el suicidio se presenta como la única alternativa coherente.
Goethe.
Goethe. (Especial)

México

En su prólogo a La persuasión y la retórica, de Carlo Michelstaedter, Miguel Morey retoma una idea expresada por Dostoievski en sus diarios: la del “suicidio lógico”, consecuencia de los razonamientos de aquellas mentes con una lucidez trágica, para quienes las formas y convenciones que estructuran la vida para la mayoría de las personas no tienen ningún sentido. Por lo tanto, ante la conciencia de la inevitable extinción futura, el presente aparece un tanto fantasmal, carente de propósito, y el suicidio se presenta como la única alternativa coherente. Bajo este razonamiento, los suicidas lógicos no están enfermos (como podría considerarlos la psiquiatría) sino casi lo contrario: están dotados de una lucidez tan implacable que les impide continuar con vida. En términos literarios, una de las encarnaciones más terribles y hermosas de esta idea la constituye el joven Werther, creado por Goethe, uno de los enamorados no correspondidos más célebres de la literatura.

Y es que entre las muchas lecturas que ofrece Las penas del joven Werther, una de ellas es el paulatino desdoblamiento del alma de Werther sobre sí misma, pues cuando el amor imposible por Lotte lo consume hasta convertir su vida en un tormento, no le queda más opción que ser consecuente con los razonamientos que dirige hacia otras personas en la primera parte del libro, cuando aún no ha sido atravesado por la flecha envenenada del amor que lo conducirá a suicidarse: “Es inútil que el sensato y mentalmente sano comprenda el estado del infeliz, como es inútil cualquier cosa que pueda decirle. Es como estar sano junto a la cama de un enfermo al que no puedes insuflarle ni un ápice de tus propias fuerzas”.

Para complicar su situación, la sociedad del estatus, los logros y los reconocimientos tampoco le ofrece a Werther una causa a la cual entregar su vida (“…el aburrimiento que reina entre esta gente asquerosa que se ve obligada a convivir aquí, ese afán por medrar que los mantiene a todos en tensión…”). De ese modo, su alma va resistiendo mediante la descomposición el dolor proveniente de varios frentes, hasta que, atrapada en un callejón sin salida posible, toma la única determinación lógica para su particular constitución. En cambio, su amada Lotte está protegida por una coraza de buenas costumbres y convenciones, que en cierta manera le confieren a su belleza un carácter más cruel, pues la protegen de su propio deseo y la vuelven inalcanzable para Werther, pues aunque en la climática escena donde la besa queda claro que ella siente una pasión correspondiente por él, de inmediato cierra la rendija horrorizada y sale corriendo de la habitación, pues la flama del amor es demasiado intensa para una vida orientada a servir al decoro y a la apariencia.

Pero el final es relativamente feliz, en el sentido dostoievskiano del término: “Todo está tan silencioso a mi alrededor, y mi alma tan llena de paz… Te doy las gracias, Dios mío, por que en estos últimos momentos hayas querido regalarme este calor, esta fuerza”.