Inesperado amor crepuscular en La Álamos

Dentro de Griselda, los recuerdos paternos no tienen relevancia: ni duelen ni pesan; en su corazón flotan muertos.
Dentro de Griselda, los recuerdos paternos no tienen relevancia: ni duelen ni pesan; en su corazón flotan muertos.
Dentro de Griselda, los recuerdos paternos no tienen relevancia: ni duelen ni pesan; en su corazón flotan muertos. (Ilustración: Alfredo San Juan)

México

Griselda siempre fue la hija sosa, la chica, la inútil, la fea. De su infancia recuerda que su madre, doña Leticia, se olvidó de felicitarla en su cumpleaños nueve. Y rememora las variaciones en la voz de su madre: alegre y meliflua hacia Cecilia —su hermana simpática, grande y brillante—, pero seca, hostil y resentida hacia ella, hacia la tonta y lenta Griselda. El primer sonido le provocaba envidia; el segundo, tristeza.

Dentro de Griselda, los recuerdos paternos no tienen relevancia: ni duelen ni pesan; en su corazón flotan muertos. Es una mujer abrumada por la figura maldita de su madre. Y el destino le brindó la posibilidad de vengarse.

Cecilia murió a los 40, sin hijos, en medio de un matrimonio turbulento. Doña Leticia enterró a su hija favorita y tres semanas después a su marido. Envejeció amarga y dura. Perdió el control sobre sus esfínteres y sobre sus piernas. Quedó —inválida, senil y viuda— a merced de Griselda, quien se mudó con ella a la casa de su infancia, en la colonia Álamos, para poder cuidarla.

Entonces, a la vida íntima de la solterona Griselda regresaron las formas que la atormentaban cuando era niña: crueldad, humillaciones y sarcasmo. La sensación de ser —a los 55 años, gracias a su madre anciana que no le perdonó tener que depender de ella— imbécil, repulsiva y pequeñita.

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Imanol, a los 52 años, dejó de rentar en la Narvarte su departamento de soltero y se mudó a la casa de la Álamos, en la que creció para cuidar a su padre, un viudo acumulador octogenario que sintió como una invasión el regreso de su único hijo y se dedicó a imponerse a través de los objetos. Si Imanol compraba un refri nuevo, el padre prohibía llevarse el antiguo y adquiría uno más grande, de tal manera que la cocina quedaba saturada con tres refrigeradores. Y así con la cafetera, los libreros, las sillas, los colchones y las lámparas…

El problema con los acumuladores es que no pueden deshacerse de sus cosas. Cuando su padre murió —en febrero de 2015—, Imanol tampoco pudo librarse de ellas: no se sentía libre para tomar decisiones en la casa de su infancia; lo acechaban demasiados fantasmas…

Abrió un grupo virtual para encontrar a los compañeros con los que estudió la primaria en el Colegio Álamos hacia 1970. Encontró a dos. Entre los tres decidieron recorrer el barrio y tocar en las casas que recordaban. Tuvieron éxito en una: Griselda era la única que seguía viviendo en la misma vivienda en la que fue niña. Imanol se enamoró de ella.

La invitó a cenar, fueron juntos a un concierto de música clásica (Bach y Bernal Jiménez) y en una pastelería de la Roma le regaló un abanico prusiano del siglo XVII. En la cuarta cita, Imanol la llevó a su casa. “¿Me ayudarías, Griselda, a deshacerme de todas estas cosas, y tal vez podrías vivir conmigo cuando la casa esté limpia?” Y Griselda, entre asustada y enternecida, comenzó a sacar los objetos más grandes: cinco libreros vacíos, tres camas y una pianola en ruinas.

A la siguiente semana, Griselda lo llevó a su casa y le presentó a su madre. Los tres comieron atún, vino y espárragos. Doña Leticia fue hosca y monosilábica; la única frase completa que pronunció, ya en el café, fue: “No creas, Imanol que Griselda es la gran cosa… siempre fue mi hija fea”.