Amor a los animales

Cariño, reconocimiento, aceptación, valoración y defensa, en especial hacia los perros, sin duda los animales “de más alma, de más intuición, de más lealtad, de más constancia, de más habilidad ...
Carlos Droguett, "Patas de perro", Malpaso, Barcelona, 2017, 304 pp.
Carlos Droguett, "Patas de perro", Malpaso, Barcelona, 2017, 304 pp. (Especial)

México

Uno termina de leer Patas de perro, una novela más bien olvidada del chileno Carlos Droguett (1912-1996), y no puede sino refrescar el amor a los animales, lamentablemente corrompido en los vértigos de la humanizada vida diaria.

Cariño, reconocimiento, aceptación, valoración y defensa, en especial hacia los perros, sin duda los animales “de más alma, de más intuición, de más lealtad, de más constancia, de más habilidad que existe sobre la tierra”, como nos recuerda la historia de Bobi, personaje central, mitad niño, mitad perro.

Novela que durante años se leyó “en secreto culto”, según cuenta la prologuista Lina Meruane, Patas de perro sobrellevó durante años el olvido y el reconocimiento, en buena parte originado por el arribo de la dictadura militar pinochetista al país del escritor, autor de otras cinco novelas.

El grado de persecución y terror impuesto entonces, bien puede medirse a partir de la suerte de Patas de perro. Leída en fotocopias, aun cuando el autor había sido reconocido con el Premio Nacional de Literatura en 1970. Obra y desempeño le impusieron a Droguett el exilio, como a miles de chilenos más, del cual ya no se recuperaría (murió en la  ciudad de Berna).

¿Qué pudo haber irritado tanto al régimen pinochetista?

Sin duda lo que a todo sistema totalitario, independiente de sus perfiles y alcances.

Esa efectividad (estilo literario de subrayada originalidad, con todo y su cargada adjetivación) para exhibir la negación del otro, el diferente, cuando se tiene más que claro el tipo de persona que sostiene, al margen de la fuerza, el estado de cosas.

Bobi, “¡un perfecto monstruo!”, es también un maravilloso ser producto de su autoconocimiento. Una criatura de apenas trece años capaz de evidenciar a la “gente que esconde ideas lúgubres en la mente, palabras abyectas, intenciones torcidas, mentiras entre medias verdades, hipocresías, trapacerías, testimonios, delaciones”.

Rescatado por un escritor que tampoco las tiene todas consigo, Bobi entenderá no sólo la especificidad de su condición sino su mismo origen: la miseria. Puesto “que no hay nada más obsceno que la miseria, nada más impúdico, nadie más elocuente para herir hasta lo último, hasta la desesperanza, que la muda miseria”.

La sociedad, casi entera, se opondrá al “contrahecho”.

Con sus únicos aliados, un ciego, un doctor, un sacerdote, los comunistas, “positivamente buenos”, Bobi escapará al manicomio y la cárcel.

Ya cerca del desenlace, el autor incorpora a la novela una historia de tradición oral, la del medio pollo, extendida en distintas tradiciones, y un nuevo elogio del perro, “no sólo por su sentimiento de solidaridad sino por la frondosidad de la idea artística”.

Ahí nos encontraremos con Goya, De Chirico, Fedin, Maeterlinck, Tolstoi, London, Mann… Con el drama de Bobi, “lo peligroso es ser distinto”, que más que “monstruo de museo y de manicomio” terminará siendo “un poco leyenda”.

O Bobi, nada más, “tú solo y nadie más, tú, el único, como los santos, como los genios, ellos no se repiten nunca, si lo hicieran su historia sería una broma y una vulgaridad”.