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Martes , 20.11.2018 / 10:11 Hoy

Amor de 30 años entre poeta mexicano y artista rusa

Su esposa Nadia nació en Rusia; se casaron hace casi 30 años y tuvieron un hijo y dos hijas.
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Su esposa Nadia nació en Rusia; se casaron hace casi 30 años y tuvieron un hijo y dos hijas. “Yo sabía que como artista (es guitarrista) era activa, pero no sabía qué tan activa iba a ser”, comenta en entrevista Víctor Toledo, poeta, traductor, editor, organizador desde hace dos décadas del Congreso Internacional de Poética y Poesía, y profesor investigador de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP).

Nadia, su esposa, hoy nacionalizada mexicana, profesora investigadora de la Facultad de Artes, ofrece conciertos en diversas partes del mundo a lo largo del año; es políglota, pues además del ruso, habla español y estudió otros tres idiomas en la UAP. Gusta de andar en bicicleta (cada 12 de diciembre va en ella a la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México), juega balompié y fabrica mermelada con frutas naturales.

Esa es toda la actividad que Toledo, afirma, no esperaba, por lo que asumió la responsabilidad de atender a sus tres hijos, prepararlos para llevarlos a la escuela, cuidar su alimentación, entre otras actividades: “Ahí fue donde fallé un poco, pero nunca los dejé sin comer; yo venía de una familia donde mi mamá era una excelente cocinera que ni siquiera me dejaba entrar a la cocina, así que experiencia no tenía”.

Para Toledo fue un duro aprendizaje que le dejó muchas enseñanzas: “Creo que no se valora lo suficiente lo que hace el padre en la casa, por la familia, y cuando uno trabaja y atiende a su familia, es decir, tiene un doble trabajo, no es frecuente que se reconozca. En mi caso, mi esposa y yo lo hicimos juntos, porque nuestro amor de novios a esposos, y después a esposos de muchos años, fue creciendo, y eso nos permitió mantener a nuestra familia en todos los aspectos, incluida la educación, el sustento, pero sobre todo el amor”.

En su propia tinta

Víctor Toledo se encuentra en Italia con su hija menor, Yaroslava, violinista (la mayor, Daninisa es pianista), en una serie de conciertos. “Yo soy una especia de ‘poeta del hogar’. Para mí, una poética es una cosmovisión, y la que me guía es también la de la trascendencia paternal y familiar. Siempre he pensado que primero son la familia, los hijos, la esposa, y después el arte. Éste tiene que ver con el trabajo, y el trabajo, por supuesto, con la responsabilidad hacia la familia. Para mí, a diferencia de muchos otros colegas, primero los hijos”.

Ha tratado con sus hijos durante más de dos décadas de paternidad: “Como padre, inculcarles que el mayor sentido de la vida es el de la creación para ayudar al mundo, de que debe ser lo mejor que puedan como creadores y, por supuesto, como seres humanos para contribuir a la mejoría del mundo, para transformarlo con su arte; la madre da la parte de las cuestiones pragmáticas del hogar”.

Asegura: “Siempre he procurado ser el pilar de la economía. Aunque, afortunadamente, nunca he tenido problemas con mi esposa, siempre se atiende la parte material y la parte amorosa, y ya después puede uno volar con mejores alas hacia el ideal del arte”.

Reconoce: “En un matrimonio se tienen altibajos, pero siempre pensando en ese orden axiológico. Fundamentalmente, para mí el sentido de la vida es el de la trascendencia completa, tanto genética como en la creación. Por eso siempre he buscado, antes que nada ser un padre responsable que cumpla con lo necesario; un buen padre en la medida de lo posible, con la mayor conciencia posible, para darles a los hijos lo suficiente para que puedan desarrollarse, todas las condiciones elementales”.

Al contrario de otros poetas, no pone su obra escrita por delante: “Ese es para mí el mayor sentido de la poesía, porque para mí no tendría caso escribirla si no tiene el sentido más profundo del amor, de la sobrevivencia, de la felicidad, y el de prodigar toda esta luz que es, justamente el amor hacia los demás. A partir de ahí mi poesía va girándose y desarrollándose”.

El padre, como yo lo hice, da un apoyo permanente a la autoridad y a la acción de la madre, porque las mujeres se hacen fuertes con un esposo-padre que las apoye en todo. La figura del padre es muy importante y es la que da la autoridad moral, seriedad y profundidad a los hijos: cómo comportarse en todas las circunstancias de la vida, con carácter, con seriedad y profundidad, asegura.

Revela: “Como padre, una de mis labores principales ha sido la introducción del amor a los libros, el amor a la cultura, la cual hay que hacer muchas veces de forma callada, ingeniosamente, dándoles los libros más atractivos, para que no sientan que los obliga uno, mostrándoles cómo ama uno a la literatura, a la poesía y a los libros”.

Actividad matrimonial

Con casi tres décadas de casado, Víctor Toledo revela: “A mí me educaron en la idea de que el hombre es el más activo en el matrimonio, pero en el mío resultó al revés, porque mi esposa, físicamente, en su movilidad, es súper activa. Yo esperaba que fuera activa como concertista, pero no sabía qué tanto, realmente; es una mujer que no es de este mundo y, por lo tanto, he tenido que suplirla muchas veces como padre-madre, siempre apoyándola, en todo lo que puedo. Y siempre defendiendo mi lugar, mi trabajo, mi creatividad, porque si yo me dejara tragar por la ‘súpermegactividad’ de mi esposa, no sería un padre, ni un trabajador responsable”.

Acepta: “A veces es difícil mantener ese equilibrio; por ejemplo, cuando se iba de gira al extranjero, a veces durante 15 días o un mes, y yo me quedaba con los hijos chiquitos. Entonces, tuve que aprender todo el oficio completo de la madre, no solamente el del padre, para que los nuestros fueran hijos sobrevivientes, que estuvieran vivos y bien cuando ella regresara”.

Agrega: “Así, el mío ha sido un doble trabajo: el académico, que tiene temporadas muy pesadas, como la burocrática, o las defensas de tesis, o inauguraciones de clases en posgrado; por el otro lado, el compromiso con la poesía; y el editorial, incluso, a veces periodístico. Y al sustituir a la madre, quedarte muchas veces solo y, con el paso del tiempo, sufrir el síndrome del nido vacío: acabas de construir una casa grande, con jardín y te vas quedando solo”.

Detalla su trabajo como jardinero: “El jardín me ha servido para sentirme libre porque, generalmente, a mí me gusta estar más en la casa; como soy de Córdoba, estoy acostumbrado a grandes espacios llenos de floresta, lo cual me ha servido bastante, incluso cuando estoy solo. Pero últimamente viene otra parte del padre, o del padre-madre: el síndrome del nido vacío porque el hijo mayor ya se fue; la hija mayor de las dos, de 20 años, igualmente casada tuvo ya a su primer hijo, y la chica, violinista, anda todo el tiempo de gira con la mamá”.

Asegura: “Muchas veces el trabajo del padre, que hace al asumir sus responsabilidades, no se le reconoce, no se le aprecia muchas veces porque es silencioso y callado; por ejemplo, el trabajo del vigilante, el que vela por la seguridad, el que todas las noches, ya cuando todos están durmiendo, vigila que la casa esté segura, que no haya peligros. Es quien, en cuanto puede va a reforzar los portones, las puertas, cuidar ante todos los peligros que pueda haber en un hogar, desde una fuga de gas hasta la presencia de animales ponzoñosos”.

Detalla: “Y sobre todo ahora, que vivimos en un estado de guerra y hay que hacer de la casa una fortaleza. El padre tiene que estar pendiente de todos los hijos; trabajos que llegan a ser agobiantes cuando se presentan circunstancias de cierto riesgo. Es un trabajo que puede ser infinito; por ejemplo, ver que el portón eléctrico funcione bien, porque la esposa llega de México, con los hijos en la madrugada”.

Agrega: “También es trabajo del padre la construcción: cuando construí la casa donde habitamos, que me llevó varios años, hice un trabajo como de arquitecto residente, viendo los mejores materiales y los mejores precios, un trabajo que se llevaba horas al día y no se aprecia, pero sí deviene muchas veces en críticas familiares: ‘Aquí no te quedó bien esto, aquí falla esto’ sin querer comprender la complejidad de una construcción; o que se va haciendo poco a poco todo”.

Explica: “El trabajo de jardinería casi no lo ve la familia, pues anda siempre acelerada, apurada o distraída; sin embargo, es un premio enorme cuando alguien de la familia dice: ‘Qué bella flor…’ o ‘¡Qué bella entrada llena de enredaderas!’, aunque sea una vez al año o una vez cada tres años”.

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