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Sábado , 20.10.2018 / 04:38 Hoy

Amistad, homicida del amor

Con autorización expresa de Ediciones Siruela, presentamos un adelanto de 'Fragmentos', obra que en breve comenzará a circular en librerías. 

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Con Fragmentos, el pensador francés hace un recorrido por sus obsesiones intelectuales, respondiendo a la multitud de dudas sobre la cultura, la vocación, la fe y la apostasía, las emociones y los derroteros de la condición humana. Con autorización expresa de Ediciones Siruela, presentamos un adelanto de esta obra que en breve comenzará a circular en librerías. Ofrecemos además una lectura de este breviario y un acercamiento a Un largo sábado (Un long samedi, Flammarion, 2014), libro de entrevistas aún inédito en español

Conocemos el valor y el papel trascendentes de la amistad, philia, en la sensibilidad clásica. La amistad es la compensación de la existencia humana, su inmerecida recompensa. Aun donde es manifiesta, la distensión homoerótica —culturalmente sancionada— es solo un complemento. El asombroso prodigio yace a mucha mayor profundidad. Nada supera “ser un amigo para un amigo” (la jubilosa frase de Schiller). La muerte es casi un privilegio cuando salva a un camarada. En cambio, la pérdida de un amigo es irreparable (uno puede volver a contraer matrimonio, adoptar un hijo…). Tres lamentos sobre el amigo perdido determinan el idioma de la desolación en la literatura y el sentimiento occidentales: Gilgamesh llorando a Enkidu, Aquiles sollozando por Patroclo, David doliéndose por Jonatán.

La fuente de la amistad es insondable. Puede surgir de un peligro momentáneo que se apropia de nuestra conciencia, como el viento de una tormenta o como una melodía. “Porque él es él, porque yo soy yo” (Montaigne). Ya sea que se trate de encanto físico, compatibilidad social, alianza pragmática, pasiones u odios compartidos, las circunstancias reales, los atributos existenciales, son prácticamente irrelevantes y no negociables. Es bien sabido que E.M. Forster nos invita a traicionar nuestro país pero no a un amigo. Donde se forja la amistad puede anularse la incongruencia. El hombre o la mujer inmune a la amistad, que no tiene amigos, ya sea por accidente o por designio, es un exiliado, un caminante de la noche. Él o ella no pueden contar con una bienvenida segura. La amistad nos autoriza a decir: “Yo soy porque tú eres”. Al mismo tiempo no hay dolor más persistente, ninguna cicatriz más irremediable que la de la amistad traicionada. Ya sea que se haya conspirado contra un amigo o que él o ella nos haya sido desleal. La causa puede ser una palabra expresada con descuido, un gesto intrascendente. Quienes han sufrido tortura para revelar un nombre cuentan que la voz silente de la amistad puede más que la agonía. Quienes no logran soportar y enviaron a un amigo a la muerte, viven el resto de su vida en un intermedio. Así lo afirma René Char, poeta y miembro de la Resistencia, en Les Feuillets d’Hypnos.

En la infancia pueden darse incontenibles amistades de la más grande efusión. La fidelidad inquebrantable marca la adolescencia. Se intercambian claves, se inventan idiomas secretos, se establecen rituales de confianza. Las intimidades contra mundum se vuelven más vitales que cualquier rutina familiar. La pubertad es el mayo y el junio de la amistad. Como se decía antes, el corazón, la mente y la sexualidad que aflora se “estrujan” con una necesidad mutua; con recíprocas lealtades, intimidades simbióticas de tal intensidad que pueden llevar al suicidio. El caleidoscopio de la amistad adulta es diverso. Pasa por encima de ideologías, barreras étnicas, largas separaciones. Homero y Virgilio sabían que la philia es indispensable para la sinrazón sacrificial del combate; para la solidaridad entre hombres armados que se enfrentan a la muerte. Hay algo de acre verdad en el escarnio de La Rochefoucauld cuando declara que el infortunio de un amigo no nos causa absoluta infelicidad, sino una pizca apenas de regocijo. El amigo verdadero se vanagloria por los laureles del otro. La mistad de los viejos tiene su propio encanto distintivo. Acepta las generosidades del recuerdo, las ironías que hacen tolerables las debilidades. Los viejos amigos se sientan en un banco del parque a olfatear el aire para captar el aroma a muerte y compartir las pavorosas presiones del vacío. Para que el diálogo no acabe, el que sobrevive continúa hablando solo. Las salas de geriatría o las escenas nocturnas en las casas con ancianos están repletas de esos murmullos, como la “última cinta” de Beckett. Incluso al final, la amistad es el enigma de la gracia que le es permitida al hombre (caído).

Entonces, ¿cómo es que la amistad “asesina al amor” (eros)?

Las teologías, las filosofías que derivan de ellas, las canciones que tarareamos, que nos han hecho bailar desde la Creación, afirman que el amor es la cúspide, la corona, el regalo supremo de la herencia humana. Es, según Dante, el motor del cosmos. La herramienta summa summarum que une cuerpo y alma. Las distintas creencias imponen amar a Dios: aspirar a su amor y confiar en Él. En cambio, la idea de tener a Dios como amigo resulta incómoda. El amor carnal —Afrodita todo lo vence— engendra la totalidad de la vida orgánica. El amor espiritual nos permite ese atisbo que podemos llegar a tener de lo imperecedero. Ningún mandamiento de cordura, temor, abstención admonitoria, impedimento material ni social —el embravecido Helesponto de noche, el calabozo al que debe descender Fidelio— es más apremiante que el amor. Ninguna lógica, ninguna asimetría razonada enciende al amor. La pordiosera coja tiene un amante joven y hermoso. El amor extático puede centrar su atención en el cuerpo de los muertos, en los animales. Las inhibiciones del incesto son tan frágiles como los tabúes que deberían hacer de los niños seres intocables. El amor puede contenerse y no consumarse; hay visiones platónicas y castidades ardientes tan incontroladamente apasionadas como cualquier coito. El género es casi irrelevante a un grado trivial: el amor une a mujer con mujer, a hombre con hombre. La edad puede no tener importancia: mujeres jóvenes han sentido adoración por hombres mayores. En cambio, las mujeres maduras recolectan a sus amantes entre los jóvenes. Los celos que Eros engendra pueden conducir a la locura. Donde el amor mengua, el desánimo es como ningún otro y el gas de los pantanos cala nuestro ser. El orgasmo concorde (probablemente raro) es lo más cercano que hay en la experiencia humana a la abolición del yo, a sumergirnos en otro; es una traducción simultánea en el sentido más profundo. Además, no existe límite para los instrumentos de lo erótico: el dolor extremo —voluntario o impuesto— puede atender al amor, como también puede hacerlo el excremento. Al estar dentro del alcance de lo insaciable, el amor tiene intimidad con la muerte. En los códigos poéticos, “morir” puede ser sinónimo de satisfacción sexual. Eros y Tanatos son indivisibles, afirma el psicoanalista, y al hacerlo retoma miles de años de música y poesía. El Liebestod es tan antiguo como Safo. Solo en el amor nos miramos en el espejo y hallamos una imagen que no es la nuestra, que es más que la nuestra.

De nuevo nos preguntamos: ¿cómo puede ser que la amistad “asesine” al amor? En esta parte el pergamino está intacto.

La amistad puede interpretarse como una crítica del amor. Puede hacer caso omiso de los anárquicos imperativos de la sensualidad, de las demandas y las desazones del sexo. Puede ser que su fuente sea oscura pero su dinámica y sus recompensas son las de la razón. La amistad está enraizada en la libertad: libertad de la posesión demoniaca, la histeria, el ardor. Pero libertad también en un sentido positivo y altamente filosófico. Donde hay amistad hay una amplitud selectiva de criterio. Nos entregamos a la amistad sin necesidad de beneficios ni de las gratificaciones implícitas en lo erótico. La amistad puede definirse como el acto gratuito, pero profundamente significativo, de quienes están “en libertad”. Aun en su punto más pasional, el comercio sexual conlleva una dura veta de desconfianza (el éxtasis puede fingirse o comprarse). La amistad, además, puede ser poderosamente productiva: de acciones sociales y políticas, de descubrimientos científicos, de argumentaciones filosóficas. Mucho del progreso político, del debate intelectual, de la innovación estética se da en colaboración; se origina y extrae su energía de estelares cúmulos de talento individual que colisionan, conspiran, rivalizan en la amistad. Las cartas de amor tienden a ser monótonas, incluso infantiles. Las que se intercambian en la amistad pueden ser auténtica fuente y taller de genialidad (Spinoza a Boxel, Goethe a Schiller, Coleridge a Wordsworth). El sexo no aspira a la igualdad. La simetría del aprecio, de colaboración en el valor, la diferenciación creativa, la promoción política del amigo, forman parte integral de la relación. En resumen —y resulta difícil enunciar esto de manera convincente—, la amistad es aquello que apasiona dentro de la razón, dentro de la bondad desinteresada que hace generoso al pensamiento e inteligente al corazón.

En el matrimonio, en cualquier experiencia erótica prolongada, la amistad puede resultar fatal. Los amantes no son amigos. Tres inmortales palabras lo dicen todo: odi et amo. El calendario del amor se ve interrumpido por brotes de repugnancia, por acres discusiones, por un aburrimiento y una indiferencia a veces inexplicables y abruptos (las intermittences de Proust). La mayoría de los matrimonios, la mayoría de las relaciones amorosas, logra perdurar gracias a un rosario de reconciliaciones, no siempre veraces. No es solo tristeza, tristia, lo que le sigue al coitum. Es desaliño e incluso mal gusto. La libido que se extingue deja un sabor amargo. Pero también existe un mecanismo sutil y más ambiguo. En el matrimonio, en vidas compartidas que surgen de un amor auténtico, el tiempo puede asentarse para transformarlo en maravillas de madurez y desprendimiento propios de la amistad, con su humor, su paciencia, su recíproca adhesión a la creatividad y la percepción. Esposas y esposos, en ocasiones enmarañados por el deseo, se asientan en la energizada serenidad de la camaradería. En su primer otoño las necesidades carnales, el hambre física, las charadas y los melodramas de la sexualidad se vuelven irreales, infantiles (como los aniñados balbuceos del que está en trance). Percibidos sin pasión, las acrobacias del sexo, sus olores, los escabrosos jadeos que desencadena llegan a ser risibles, si no repugnantes. Esas posturas, esos gemidos de satisfacción (¡pregunten a las mujeres!)… La amistad no requiere de sobornos ni de juguetes sexuales; de unos previos elocuentes ni de vaselina. Freud creía que, pasados los cuarenta y cinco años, el sexo es un poco degradante.

Con esta destrucción del eros a manos de la amistad, esta metamorfosis al interior del matrimonio requiere tanto de madurez como de buena suerte. Quizá por eso la amistad entre hombres y mujeres es una condición privilegiada, poco común, sobre todo durante los años de juventud. Puedo estar equivocado, pero esta modulación de eros en philia, el retroceso concomitante del amor, es un tema mayúsculo, ignorado por la ficción clásica y moderna. No tenemos una gran novela que muestre cómo dos amantes se vuelven amigos (aunque George Eliot habría tenido la maestría necesaria para hacerla). Bajo esta perspectiva, la amistad ciertamente puede ser la “asesina” del amor. Los ríos turbulentos mueren en la calma del mar.

Traducción de Laura Emilia Pacheco

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