La amplitud del amor

El Santo Oficio.
El Santo Oficio
El Santo Oficio (Especial)

Ciudad de México

El cartujo retorna a la humedad y la penumbra de su pequeña celda, a la bendita soledad. No quiere saber nada del mundo, de sus tristezas y disputas. Recuerda una insensata fiesta en medio de muertos ilustres y el lamentable espectáculo de la mayoría de los legisladores mexicanos, con la cerviz doblada y la lengua suelta, y se siente feliz de guarecerse en un sitio tan apartado de la congoja pero también de la venalidad, el ruido, y las malditas quinielas —ante la posibilidad de echarle la sal, no quiere ni pensar en su simpatía por la selección alemana en la final del Campeonato Mundial de Futbol.

Sobre la gastada mesa de madera cruda, encuentra un libro; al leerlo resbala por la suave pendiente de la melancolía. Se trata de amaramara, el poemario póstumo de Juan Gelman en diálogo con obras creadas ex profeso por Arturo Rivera, un artista de trazos impecables e imágenes contundentes.

En una breve nota, Arturo informa: “Juan quería ver este libro, pero la muerte lo alcanzó”. Gelman apresuraba a Rivera y al editor y poeta José Ángel Leyva para terminarlo, el tiempo se le agotaba: le habían dado tres meses de vida después de diagnosticarle cáncer terminal. Murió, aproximadamente, 20 días después del veredicto, la tarde del martes 14 de enero.

El domingo 26 —fecha de su inesperada muerte— José Emilio Pacheco le dedicó su último Inventario, un merecido elogio al amigo y colega. “Gelman escribió hasta el último día —dijo el poeta de Ciudad de la memoria—. Hay dos libros a punto de aparecer. Uno de ellos, amaramara, es un gran homenaje a su esposa”. El otro libro es Hoy, publicado por Ediciones Era y dedicado también a Mara Lamadrid.

En el poema inicial de amaramara (editorial La Otra), Gelman le dice a su mujer: “Siempre te amo por primera vez/ siempre te amo la primera vez”. En los demás reitera la pasión por ella, elogia su belleza, reclama su compañía. El libro es una celebración y una despedida. Juan deseaba entregárselo a Mara como regalo en sus bodas de plata, ya no pudo hacerlo. En él aventura un discurso por momentos febril, a veces sosegado, siempre urgido de expresarle la necesidad de estar junto a ella en un mundo convulso. Por eso le dice: “Tu cuello es una rama erguida,/ un corto exilio de la maldad”.

Cuando desnudar los sentimientos ha sido proscrito por tantos poetas tan inteligentes como herméticos y hablar del amor provoca anatemas siniestros, es bueno volver a un maestro como Gelman y leer versos como éstos: “En la amplitud del amor cabe/ la insistencia en ser otro, eso/ que despliega sus alas en la/ repetición flotante de aguas mínimas”. O estos otros con los cuales se alebresta el corazón: “No sé por qué te amo./ Sé que por eso te amo./ Cae mi lengua, como la de Catulo/ en su doble noche de deseo./ Nadie vuelve de vos/ a lo que fue”.

Queridos cinco lectores, con la música de Ray Charles, los poemas de Gelman y los cuadros de Arturo Rivera como única compañía, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.