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Domingo , 21.10.2018 / 08:13 Hoy

Amar o temer

Bichos y parientes

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Tres lecturas acerca de uno de los dilemas más antiguos: si es mejor para el gobernante ser amado o ser temido. El origen formal es el segundo libro del De Officiis (traducido como De oficios o Tratado de los deberes) de Cicerón: “La mejor manera de conservar nuestro poder es haciéndonos amar, y la peor, haciéndonos temer”. Luego recuerda que César se hizo odiar y el resultado, como el de muchos tiranos, fue su asesinato. Razonamiento que parece sencillo y claro del libro de prosa latina más copiado y leído durante la Edad Media y el Renacimiento.

Pero algo suena ingenuo, y Maquiavelo dio con otra salida en El príncipe (XVII): “Surge la duda de si es mejor ser amado que temido o viceversa. La respuesta es que convendría ser lo uno y lo otro; pero como es difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado cuando se haya de prescindir de una de las dos. Porque de los hombres, en general, se puede decir esto: que son ingratos, volubles, hipócritas, falsos, temerosos del peligro y ávidos de ganancias; y mientras les favoreces, son todo tuyos, te ofrecen su sangre, sus bienes, la vida e incluso los hijos mientras no los necesitas; pero, cuando llega el momento, te dan la espalda”. Además, el amor es facultad de otros y no se puede controlar; en cambio, el gobernante puede disponer del miedo como de su herramienta.

Maquiavelo podrá ser moralmente detestable, pero tiene razón y, en las sociedades políticas, cuando existe una ciudadanía, no es necesario recurrir a la esperanza de que el rey salga bueno: las cosas pueden cambiar. Thomas Hobbes, que detestaba al Parlamento, supo hacerse cargo de la racionalidad maquiavélica y, por primera vez en la filosofía política, la razón dejó de ser un don divino para surgir como recurso de supervivencia ante el miedo, la pasión más primaria de los humanos y la causa principal de la cesión que hacen los ciudadanos: que uno solo tenga el poder y el monopolio de la violencia.

Pero la historia ya cambió; giró sobre sí en una pirueta de la que todavía no nos adueñamos del todo. Ya no tenemos ni amor ni miedo a los gobernantes. Hoy, el ciudadano medio se considera a sí mismo como superior a su gobernante, tanto en sentido moral como intelectual. Es fenómeno nuevo de las sociedades civiles. O qué, ¿de verdad alguien admira la inteligencia o la virtud de Trump, de Peña Nieto o de Theresa May? Las sociedades actuales desprecian a sus gobernantes. Porque todavía no se dan cuenta de que podrían tener servidores, en vez de caudillos ni mesías.

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