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Jueves , 18.10.2018 / 04:41 Hoy

Álvaro Matute Aguirre: cómo acercarse al pasado

En la obra del historiador (19 de abril de 1943-12 de septiembre de 2017) destacan la generosidad del maestro y guía y el rigor en el quehacer historiográfico 


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Con todo mi cariño para Evelia

Despertar con la noticia de que partió del espacio de nuestra existencia una de las personas que mayor influencia han tenido en tu vida produce, sin duda, sentimientos encontrados. Por un lado, se presenta la aflicción de saber que han finalizado los momentos para el intercambio de ideas, de pareceres, de experiencias. Y por otro, se agolpan en la mente los recuerdos de los tiempos compartidos y la nostalgia se convierte en un paliativo para enfrentar el dolor de la despedida.

Bajo tal consideración recurro a la memoria y evoco al maestro que dejó un bagaje de lecciones —a mí y a muchos—, que no se originó solamente en el transitar por las aulas universitarias, donde tuvimos el privilegio de escucharlo, sino que trascienden como ejemplos de vida.

Para comenzar, debo decir que no pude inscribirme durante mis épocas de licenciatura en las materias a cargo del doctor Matute en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sin embargo, mi primer acercamiento a su figura, aunque fuera tangencial, se dio a través de los ojos de su inseparable compañera, la doctora Evelia Trejo, con quien cursé ese segmento del programa de mi carrera y, al lograr la meta, se convirtió en parte del concilio final de mi trabajo de titulación.

Así, hacía finales de los años noventa, mientras trabajaba y estudiaba, una de mis lecturas como historiador en ciernes fue México en el siglo XIX. Antología de fuentes e interpretaciones históricas, donde el nieto del general e ingeniero Amado Aguirre y Santiago (1863-1949), a cuya memoria está dedicada la recopilación, ofrece un “Apéndice”, breve y conciso, que se titula “La técnica de investigación”. En cuatro páginas, con un lenguaje sencillo, sin rebuscamientos, Matute sintetizó, bajo cinco incisos, los pasos a seguir para concretar el abordaje hacia los sucesos del pasado.

Hacia los mismos días realizaba una investigación en la publicación que recoge dos veces por semana el paso cotidiano de los universitarios, la Gaceta UNAM, recabando los acontecimientos del Museo Universitario del Chopo, que pronto cumpliría 25 años como espacio de cultura y arte de vanguardia. De repente, la imagen gráfica de una actividad acontecida en ese recinto llamó mi atención. Percibí algo conocido en el funcionario que inauguraba, ofreciendo las palabras durante el acto. Se trataba del todavía maestro Álvaro Matute, quien me sorprendía por la faceta en que lo localizaba. Sin que me conociera todavía en persona, se incrementaba mi admiración. Verlo en otras ocupaciones en la institución formativa que tanto procura a los mexicanos reafirmó mi apreciación en torno a su solidaridad y entrega con la UNAM, desde cualquier trinchera.

Esta imagen del universitario total me inclinó a consultar a mi directora de tesis, la también finada maestra Beatriz Ruiz Gaytán, sobre la posibilidad de que le solicitáramos al doctor Matute formar parte de los lectores terminales. Después de su aprobación, me planté una mañana en el salón donde el doctor impartía la sesión matutina. Tras presentarme, le platiqué de mi trabajo —que versaba en torno a los testimonios escritos de los visitantes angloparlantes en los albores del México independiente— y, con mucha caballerosidad, se negó pues, en ese momento, estaba leyendo cuatro disertaciones y no podría dedicarme el tiempo suficiente. Desconcertado, me despedí.

Una vez superado el trance del examen profesional, la perspectiva de continuar con los estudios de posgrado se hizo presente. Finalizados los trámites de ingreso, por supuesto que parte de la selección de asignaturas se centró en el Seminario del doctor Matute, que se ofrecía en el Instituto de Investigaciones Históricas.

Ahí, al lado de su esposa, congregaba a un nutrido grupo de historiadores y seminaristas de otras áreas, para profundizar en los hitos de la disciplina. La temática no era nada sencilla: el mundo de la filosofía hermenéutica y sus complejas aristas. Husserl, Foucault, Riçoeur, entre otros, eran las lecturas comentadas y el punto fino se trazaba con las participaciones de los encargados del curso. Ahora en vivo y en directo, se me revelaba nuevamente la sencillez de aquel texto que me impuso los fundamentos de la labor que compartíamos y se proyectaba en la serenidad de un maestro verdadero.

Frente a la disyuntiva de continuar mi especialidad analizando el lapso decimonónico, se presentaba un cambio en mi vida laboral, que me aproximaba al periodo revolucionario del siglo pasado. Decidí indagar en la trayectoria de un miembro del Ateneo de la Juventud: Martín Luis Guzmán. Esta selección me acercó a los intereses del doctor Matute, quien dedicó gran parte de su reflexión histórica a los protagonistas de esa revuelta cultural.

Ahora sí, después del intercambio de pareceres en el aula, de la coyuntura que significaba dedicar mi trabajo a un personaje que le llamaba igualmente la atención, la respuesta positiva para formar parte del sínodo me llenó de júbilo. Bajo la imagen de su abuelo, el general revolucionario, y de otro mílite e intelectual, rodeado de sus discípulos, Vicente Riva Palacio, que igualmente lo fascinaba, me contó cuando, en una reunión académica a la que asistía junto a su maestro Edmundo O’Gorman, conoció al autor de La sombra del caudillo: “que hablaba como escribía, con una gramática perfecta”. Pero más allá de la anécdota, la capacidad de discernimiento con la que encaminaba mis percepciones sobre el personaje y el entramado teórico relacionado con el proceso de escribir una biografía histórica consolidaron la sensación de sabiduría que tenía de él. Siempre estaba abierto al diálogo, herramienta que le permitió aprender y enseñar.

Y en público la ejercía con entera prestancia. Recuerdo la ocasión en que me honraron presentar a su lado un libro, que constaba de tres extensos tomos sobre el movimiento revolucionario mexicano del siglo XX, donde puso de manifiesto su sentido crítico. Con la misma soltura con la que otorgaba reconocimientos, el público que llenaba el Aula Magna de nuestra Facultad lo escuchó rememorando los trabajos históricos de largo aliento que le marcaron, como los de Vicente Riva Palacio y Daniel Cosío Villegas, frente a los resultados académicos de la actualidad, que se concentran en la investigación detallada y permanecen alejados del conocimiento de la gente común, relegando la enseñanza del saber pretérito a un ámbito estrecho. Incitando al trabajo de divulgación de nuestra materia, analizó ante la audiencia el panorama del quehacer historiográfico de estos días y propuso elementos de gran valía relacionados con la difusión de esos saberes, para evitar su ensimismamiento.

Tras su inesperada y fatal ausencia, una avalancha de rememoraciones se aprestó en el ánimo de la desventura compartida. La presencia que permanece tras su ejemplo de enseñanza se replica en todos los que contamos con el privilegio de haber convivido con él. La Historia, para ser magistral, necesita de mentores generosos. Álvaro Matute Aguirre fue uno de ellos.

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