El alivio del odio

Frente a una realidad violenta, sádica, escalofriante, las respuestas para comenzar a asimilarla no se buscan en las estructuras complejas.
Fumadero de opio en Londres hacia 1870.
Fumadero de opio en Londres hacia 1870. (Gustav Doré)

México

Un rasgo manifiesto del año que termina es el asentamiento de la narrativa que contrapone al bien contra el mal como principales categorías de análisis político. Es decir que, frente a una realidad violenta, sádica, escalofriante, las respuestas para comenzar a asimilarla no se buscan en las estructuras complejas, producto de rezagos e injusticias históricas, producto de un sistema político marcado por los cacicazgos y el culto a la personalidad del líder, y varios rasgos más donde podríamos asomarnos para buscar comprender el estado actual de cosas (por ejemplo, la letal combinación proveniente de Estados Unidos: una descomunal demanda por drogas y una igualmente descomunal oferta de armas de alto calibre). En vez de ello, y obedeciendo sobre todo a necesidades psicológicas, concentramos el peso de nuestro malestar en el odio a figuras malévolas que, pareciera, no operan bajo ninguna lógica más que la de asentar en la tierra su reino de perfidia. De ese modo, los narcos, los políticos, los narcopolíticos —y demás miembros de su estirpe— se convierten en el blanco de nuestros eslóganes, de nuestros gritos de desesperación ante la materialización cotidiana de la más cruda de nuestras pesadillas. Como todo mecanismo de defensa, se trata de una reacción más que comprensible, pues al menos el depositar la culpa en ese Gran Otro maligno nos confiere el alivio de pensar que nosotros no contribuimos a producir esa realidad que tanto abominamos.

Sin sugerir ni por un instante que los blancos de odio no sean merecedores del mismo, haríamos bien en ampliar un poco el espectro del análisis y de la reflexión. Y es que, como bien ha señalado John Gray, la persecución del otro (sea una minoría indefensa, o sea un otro poderoso y en efecto maligno) cumple un importante papel, como “…receptáculo para el sentimiento de fracaso y autodesprecio que muchos seres humanos albergan dentro de sí. En lugar de pasar sus días en una tediosa miseria, aquellos que practican la persecución se ven a sí mismos como actores en una dramática lucha entre el bien y el mal”. ¿Qué papel desempeña cada uno de nosotros para reproducir las estructuras de pensamiento, de desigualdad, de racismo, de clasismo, de esnobismo, de adoración del poder y de la fama, de abyección ante el dinero y de una larga lista de etcéteras que contribuyen más de lo que pensamos a que la realidad sea la que es? Quizá si en los descansos del odio dedicáramos algo de tiempo a meditar sobre estas cuestiones, podríamos renunciar a reproducir la parte que aportamos a este infierno comunal del que todos anhelamos salir.