De alienígenas y propaganda

Crítica de cine
Richard Foreman
Richard Foreman (Summit Entertainment)

Ciudad de México

Cualquiera que haya disfrutado de La guerra de las galaxias cuando era niño, sentirá nostalgia al mirar a Harrison Ford haciendo hoy del Obi Wan Kenobi en el nuevo éxito de la “ciencia ficción” hollywoodense, El juego de Ender. No es solo que a Ford lo vimos triunfar tantos kilos atrás, es sobre todo que como héroe cínico era más creíble que como sabio galán.

El juego de Ender es una película que está hecha para el niño que llevamos dentro, siempre y cuando el niño que llevamos dentro sufra de patrioterismo gringo (en México hay más de uno), bullying (lo mismo) y sobre todo de una violencia contenida a causa de su familia disfuncional. La película comienza presentando a un joven que ha de salvar al mundo de un ataque alienígena. Más o menos en el mismo tenor se mantiene todo el tiempo. Los tópicos se trenzan: el entrenamiento, la lucha contra sí mismo, la propaganda de guerra.

El libro original goza de una serie de virtudes que no se han trasladado a la pantalla: el narrador en primera persona, un niño al inicio de la pubertad, justificaba cierta inocencia en la apreciación del mundo; candidez que en la subjetividad de una cámara de blockbuster hollywoodense viene sosa. El niño que hablaba dentro de nosotros en el libro es ahora un adulto que juega a ser Harry Potter en el espacio.

Pero más allá de los valores estéticos, El juego de Ender es una película interesante por motivos políticos. Orson Scott Card, el escritor es activista de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones) y se ha dedicado a promover el destino manifiesto de Estados Unidos como controlador del mundo. No olvidemos que los mormones sostienen que Estados Unidos es La Tierra Prometida y que, llegado el tiempo, allá nacerá la Nueva Jerusalén.

Desde esta perspectiva, un film que gira en torno a un niño blanco, flaco, de ojos azules y cuyo único sentido en la vida consiste en volverse soldado para evitar la destrucción de la Tierra a causa de una invasión alienígena, más que emocionar, distrae recordándonos tiempos mejores. Como cuando los alienígenas eran amables, por ejemplo. Los tiempos del E.T. y de Alf han quedado atrás. Lo distinto en el cine del siglo XXI es peligroso, lo extranjero, amenazante.

Los mormones son la religión estadunidense por excelencia y El juego de Ender es la exaltación de sus valores más derechistas. Hay patriotas buenísimos, pero uno que otro considera efectivamente que Estados Unidos nació para mandar al mundo. El libro en este sentido era más sutil, tanto que ganó por ello los premios más importantes de la ciencia ficción en la literatura: los Hugo y los Nebula Awards. Puede que uno haya envejecido un poco, puede que uno se niegue a ver a Harrison Ford en el papel de un abuelito, puede que uno sea incapaz de identificarse con un niño de ojos tan resentidos. Puede ser también que efectivamente haya tanta ideología metida en Los juegos de Ender que resulte difícil entretenerse con esta vieja historia del bien contra el mal. D


El juego de Ender (Ender’s Game). Dirección: Gavin Hood. Guión: G. Hood y Orson Scott Card. Música: Steve Jablonsky. Fotografía: Donald McAlpine. Con Asa Butterfield, Harrison Ford y Ben Kingsley. Estados Unidos, 2013.


@fernandovzamora