• Regístrate
Estás leyendo: Alejandro Gómez de Tuddo: “Hay una necesidad de materializar la muerte”
Comparte esta noticia
Martes , 18.09.2018 / 08:49 Hoy

Alejandro Gómez de Tuddo: “Hay una necesidad de materializar la muerte”

Las tres series que el fotógrafo exhibe en el Centro Nacional de las Artes capturan la naturaleza igualmente tangible e incorpórea de los cementerios   


Publicidad
Publicidad

Alejandro Gómez de Tuddo es un viajero que fotografía la ciudad de los muertos. Durante cuatro años ha documentado cementerios alrededor del mundo, un proyecto inusitado que tiene como protagonista la muerte, aunque dialoga permanentemente con la vida y el espacio.

Entre las actividades del Festival FotoMéxico, se exhibe en el Centro Nacional de las Artes la triple propuesta artística de Gómez de Tuddo: la instalación Columbarium, un mosaico de retratos funéreos, rostros que el tiempo ha ido borrando; la serie Pantonecrópolis, imágenes panorámicas sobre la relación de las ciudades y sus cementerios; y KIII (Koimeterion III), fotografías del microcosmos que puede encontrarse donde yace el sueño eterno.

¿Por qué decidiste enfocar gran parte de tu trabajo en retratar cementerios?

Busco fotografiar la mimesis que existe entre el cementerio y la ciudad, esa línea divisora que es muy fina, a veces virtual, que une ambos espacios. Es una especie de diario de explorador, de docufiction que fui construyendo en el camino. He visitado más de 400 cementerios, documentado más de 4 mil retratos funerarios. Pero hay una fecha de caducidad. Me faltan los cementerios de Asia, de los países del Norte de Europa y de la ex Unión Soviética. De ninguna manera pretende ser un proyecto exhaustivo; su ciclo cerrará este año.

¿Qué función tienen los retratos funerarios en el proceso de duelo?

El retrato funerario empieza en El Fayum, Egipto. Se quería evocar una imagen realista del difunto: se pintaba en tablas de madera y se situaba sobre el rostro del fallecido. Paradójicamente, era una elección que no tenía que ver con el muerto, sino con los vivos que deseaban recordarlo. El retrato se convierte en una reflexión de la ausencia. Es una especie de amuleto en contra de lo inevitable, una metáfora de que en la vida nos hace falta una imagen de nuestra propia muerte.

¿Cuál es la importancia de enfocar la mirada hacia los pequeños objetos que habitan en los cementerios?

Los cementerios siguen siendo espacios con mucho qué descubrir, son lugares donde todo puede suceder. KIII es una mirada intima al cementerio a través de los detalles, las sombras, los pequeños objetos. Cada cementerio tiene su propia vida, sus propios rituales. Lo que más me llama la atención son los nombres. Repito los que encuentro en las lapidas y voy recreando una historia: cómo eran, qué hicieron. Esta serie es mi historia íntima de ese recorrido y su encuentro con lo insólito.


¿Qué camino sigues para materializar esas historias?

Me he dado cuenta que, inconscientemente, sigo una ruta periférica porque hay cementerios de una amplitud tan grande que es casi imposible recorrerlos en una visita, como el Père-Lachaise, en París. No tengo un plan preestablecido, me dejo guiar por las recomendaciones de los habitantes. Fotografío un panteón en dos horas o durante toda una noche, porque en algunos lugares me han dejado encerrado. Pierdo la noción de tiempo, como si tomara una especie de alucinógeno y me olvidara de todo lo demás.

¿Un cementerio es el reflejo de su ciudad y de sus habitantes?

Definitivamente. Estos espacios tienen la virtud de estar suspendidos dentro de una ciudad; son como islas. Cada cultura se relaciona de manera diferente con la muerte, con la pérdida. Hay cementerios muy concurridos, que parecen ciudades, como el de Catania, donde transitan autobuses: se vuelve un mercado, se transforma en una metrópolis. Hay camposantos aislados en las montañas, perdidos y olvidados. Cada uno de ellos tiene su propia resonancia y son espacios a los que la gente se aproxima conforme sus propias costumbres. En Irlanda, por ejemplo, la gente acude a los cementerios a tener relaciones sexuales. Las capillas resultan muy cómodas; además, el humor y el ánimo del irlandés permiten que se den esos encuentros. Hay sitios de una gran solemnidad. Los cementerios alemanes dedicados a los caídos en la guerra están envueltos en dolor. Son sombríos, repletos de lápidas negras. En Michoacán o en Jalisco tenemos a quienes cantan a los muertos. Es muy interesante y conmovedor cómo los vivos se relacionan con los muertos, de acuerdo a la cultura a la que pertenecen.

¿La serie 'Pantonecrópolís' muestra cómo ya no hay fronteras entre las necrópolis y las ciudades?

Trato de mantener ese hilo, esa delgada frontera que a veces es una barda o es invisible. Es interesante que en Pachuca el cementerio sube hasta el cerro y en Río de Janeiro se mezclan con las favelas: la línea desaparece del todo, se incorpora, se revierte. Hay un diálogo intuitivo entre la manera en que crece una ciudad y cómo se desarrolla un panteón.

Uno de los privilegios de este proyecto es documentar cómo los cementerios reflejan el paso del tiempo, las épocas y estilos de una ciudad. El Cementerio General en Santiago de Chile es un espacio donde te das cuenta del imaginario y la riqueza que hubo en 1900: al lado de una tumba de estilo egipcio hay un mausoleo de estilo mudéjar. Eso no lo ves en la ciudad pero sí en el cementerio. Es fascinante ver cómo en la arquitectura funeraria se dan ciertas libertades que la vida cotidiana no se atreve a realizar.

En esta necrocartografía que has documentado, ¿hay algún patrón entre los cementerios de tantas ciudades?

Hay una necesidad de determinar un espacio privado. Están acompañados de ofrendas como evocación a la memoria. Hasta en los panteones orientales, aunque sean con unas piedritas, o en los musulmanes donde existe una austeridad absoluta, se encuentra una flor, algún objeto que quiere seguir ofrendando el vivo para no romper el vínculo con la persona que ya no existe. En muchos se busca personalizar el espacio, de acuerdo a cómo la familia o la comunidad recordaba al difunto. Aunque a veces sucede lo contrario: en Irlanda, las tumbas dedicadas a los travelers o gitanos, los que no tuvieron domicilio fijo, resultan ser grandes monumentos, una especie de mansiones de mármol. Es increíble ver cómo los que renunciaron en vida a tener una raíz, un anclaje geográfico, tienen tumbas que son edificaciones impresionantes. Existe una necesidad subyacente de permanencia, de dejar huella, seguir en contacto, de materializar la muerte.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.