“El buen periodismo narrativo es literatura”

Alberto Salcedo Ramos
Alberto Salcedo Ramos
Alberto Salcedo Ramos (Octavio Hoyos)

Si hubiera un equipo de futbol integrado por cronistas, Alberto Salcedo Ramos sería un rematador nato, contundente. El periodista, nacido en Colombia en 1963, escribe en su crónica El último gol de Darío Silva: “La vida, repite, es como una pelota. Da vueltas, va y viene, trae sorpresas, llega adonde debe llegar. Para demostrármelo, me cuenta cómo fue que el futbol vino hacia él en un momento en que él no estaba yendo hacia el futbol”.

En el caso de Salcedo Ramos, la crónica vino hacia él en un momento en que él no estaba yendo hacia la crónica. De joven quería ser novelista, pero decidió estudiar periodismo mientras “volaba hacía la literatura de ficción”. Poco después descubrió que en el periodismo también podía contar historias y nunca más ha querido escribir ficción.

“Me he dedicado a esto porque es lo mío: amo narrar”, le dijo a Fernando García Mongay, en mayo de 2013, tras ganar el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en 2013.

Salcedo Ramos es autor de títulos como De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas (1999) El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (2005) y La eterna parranda. Crónicas 1997-2011 (2011). Ha ganado el Premio Internacional de Periodismo Rey de España y el Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), entre otras distinciones.

Recientemente la editorial Almadía publicó Los Ángeles de Lupe Pintor (2015), una selección de sus crónicas, de las que habla en entrevista.

En Los ángeles de Lupe Pintor, utilizas la primera y la segunda persona, ¿de qué depende, para ti, la elección de la voz narrativa?

No solo la primera y la segunda. También la más usada de todas, la tercera. Siempre he creído que eso debe estar determinado por la propia historia. Cuando la primera persona chilla es porque resulta innecesaria. Cuando se siente natural es porque la historia la está pidiendo. Cuando a uno, como cronista, le sucede algo que contribuye a revelar mejor la realidad, debe usarlo, sobre todo si de esa forma el hecho tiene más verosimilitud. Ahora hay mucha gente que utiliza una primera persona vanidosa para contarnos cosas insustanciales que no le añaden información de valor a las crónicas. Mi amigo Juan Manuel Roca, gran poeta, tiene una frase lapidaria para referirse a esos autores. Dice que si fueran Juan Ramón Jiménez, escribirían “Yo y Platero”.

¿Podrías hablarnos de cómo es tu proceso creativo, del paso de la idea al texto?

Sí, yo siempre hago una escaleta. Es como una brújula. Cuando voy a escribir una crónica es como si fuera a emprender un viaje. Necesito orientarme, saber hacia dónde me dirijo. Adolfo Bioy Casares aconsejaba que cada narrador aprendiera a contarse la historia a sí mismo. Antes de narrarla para los demás, uno tiene que habérsela contado. Yo suelo pensar mucho en la historia, por ejemplo en el baño o cuando pongo la cabeza sobre la almohada. De pronto se me van ocurriendo alternativas para enriquecer la forma. Después de tener esa escaleta, y tras releer y subrayar mis apuntes, me lanzo a escribir. Me gusta hacerlo desde por la mañana, cuando el cerebro está descansado.

¿Qué tanta reescritura hay en tus textos?

El yo que corrige es el mejor amigo del yo que escribe. No creo mucho en las primeras versiones. Creo en el autor que es capaz de dinamitar su propio texto. Héctor Abad dice que todos los que escribimos estamos habitados por un mal escritor. Hay que mantenerse vigilante para que no sea ese mal escritor quien termine escribiendo nuestros textos. Y la mejor manera de controlar a ese mal escritor es reescribiendo”.

La afirmación de que el periodismo es literatura a algunos les parece una aseveración cuestionable.

A mí me desconcierta que a estas alturas haya tanta gente que no entiende que literatura no es sinónimo de ficción. Cuando tú escribes “Pedro Páramo” haces literatura de ficción, y cuando escribes “Hiroshima” la haces de no ficción. En el primer caso creas la trama; en el segundo la encuentras al investigar como reportero. El buen periodismo narrativo tiene belleza estética y muestra la condición humana. Por eso es literatura. 

¿Con qué cronistas o autores te sientes en deuda?

Gay Talese, Joan Didion, Truman Capote, García Márquez, Martín Caparrós, Osvaldo Soriano, Leila Guerriero, Juan Villoro, Jon Lee Anderson, Alma Guillermoprieto, Julio Villanueva Chang. Lo malo de ponerse a hacer estas listas es que a menudo la gente se fija más en los nombres que dejas de mencionar.

En tus crónicas el box es recurrente, ¿qué tiene de atractivo y fascinante para ti?

Joyce Carol Oates dice que el boxeo es el único deporte en el que no se usa el verbo ‘jugar’. Tú juegas baloncesto o futbol, pero no juegas boxeo. El boxeo es una actividad tribal, una metáfora de la lucha del hombre primitivo por la supervivencia. Eso lo hace bello y terrible. Ninguna soledad es más triste que la del boxeador que acaba de ser derrotado.

¿Hace falta una apuesta mayor por la crónica en los diarios y revistas de Latinoamérica?

Martín Caparrós habló un día de cómo los malos editores de prensa hicieron el invento más absurdo de la historia del periodismo: la del “lector que no lee”. Y por andar haciendo periódicos para lectores que no leen, lo que han conseguido es ahuyentar a los que sí leen. La crónica es una forma de periodismo tan respetable como otras. Creo en un periodismo plural, donde haya muchas voces, muchas ideas contrapuestas. Esa pluralidad también incluye los géneros.

¿Qué recomendarías a los aspirantes a cronista?

Que viajen, que procuren sentir curiosidad genuina por la gente, que caminen mucho, que sean descaradamente fisgones, que agucen el oído para oír las conversaciones en los parques, que se ensucien los zapatos de barro, que lean a los grandes maestros del oficio, que no se pongan a hacer pompitas de jabón para impresionar a la galería, que traten de entender su tiempo y de conocer su contexto.