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Miércoles , 18.07.2018 / 23:49 Hoy

Alan Knight: “El uso y abuso de la historia con fines políticos, una constante”

El académico de la Universidad de Oxford encontró en México su objeto de estudio. Ha dedicado años y disciplina al análisis de la primera mitad del siglo XX en nuestro país.

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Víctor González

Alan Knight (1946) prefiere hablar de procesos antes que de personajes. Quizá por eso, al hacer un balance sobre los éxitos o fracasos de los movimientos sociales, se decanta por las particularidades y no por la generalización. Su libro La Revolución Mexicana es referencia obligada para conocer uno de los periodos más convulsos de la historia nacional. Ahora publica La revolución cósmica. Utopías, regiones y resultados, México 1910-1940 (Fondo de Cultura Económica), volumen que reúne ensayos alusivos a una interpretación fragmentaria de la revolución y al contraste con periodos similares en países como Rusia, China o Cuba.

Llegó a México por primera vez en 1970 y no ha dejado de investigar nuestra historia, en especial la Revolución. ¿Le sigue despertando la misma curiosidad?

México es muy diferente. Ha habido muchos cambios: sociales, económicos, políticos. Hay una apertura económica y un sistema político más competitivo y abierto. Cuando visité su país por primera vez las elecciones presidenciales eran al estilo del ‘destape’. Hoy día, con sus muchas imperfecciones, la democracia mexicana es más o menos democrática.

En su nuevo libro vuelve a la Revolución Mexicana, ¿qué balance hace? ¿Aún hay lagunas sobre aquellos años?

Como historiador veo la Revolución como una coyuntura histórica de unos 30 años. En 1910 se dio el conflicto violento serio y las dos décadas posteriores fueron de reconstrucción económica y social, nació un nuevo Estado. Durante la década de los 40, la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un factor importante porque México entró en una etapa diferente. Las décadas de los 50 y 60 fueron las del “milagro económico”. En lo personal, no considero ese periodo como particularmente revolucionario. Suelo decirles a mis alumnos que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue más institucional que revolucionario, incluso en la época de Lázaro Cárdenas.

¿No es un contrasentido que una revolución se institucionalice?

Todas las revoluciones se institucionalizan. Trotsky solía hablar de la revolución permanente, pero es muy difícil. Mao Tse-tung trató de dar el gran salto a la revolución cultural. Después de un periodo de trastorno, renovación o innovación, viene otro proceso de institucionalización. Sucedió en Francia con Napoleón y en Rusia con Stalin.

¿En qué momento se convierte la Revolución Mexicana en un mito?

Un primer esfuerzo fue al principio de los años 20, cuando hay un estado revolucionario todavía frágil. Se vio con la política cultural, los libros de texto y los monumentos. Hay que reconocer que no ha sido un mito que cohesione al ciento por ciento de los mexicanos. Los cristeros y sinarquistas estuvieron en contra, por ejemplo.

Sin embargo, su cultura cubrió prácticamente todo: el muralismo se impuso en artes plásticas mientras en cine y literatura surgieron subgéneros dedicados a ese periodo histórico.

El mejor escritor sobre la Revolución fue Mariano Azuela, pese a que lo criticaron por ser antirrevolucionario. Recordemos que en Los de abajo da una imagen caótica del movimiento. Construir un mito oficial y nacional no es fácil porque siempre hay discrepancias. Sobre este periodo hay varios mitos: el zapatista o agrarista; el mito sobre si Madero se quedó al margen, la situación del movimiento obrero, etcétera. La Revolución Mexicana, como muchas otras, tenía diferentes corrientes de pensamiento y cada quien escoge la más afín a sus intereses.

¿Son necesarios los mitos para los pueblos?

No sé si son necesarios, pero me parecen comunes. Existen mitos nacionales, religiosos o políticos. No creo que los gobiernos y las élites puedan crear un mito e imponerlo así como así, es necesario algo de realidad. Aunque se puede criticar el mito de la Revolución por ser retórico, hay un meollo de realidad en donde la gente podía identificarse. Lo interesante es que a partir de los 60 la oposición la atrajo como inspiración, gracias a gente como Rubén Jaramillo, Lucio Cabañas, los movimientos obreros, sindicales e insurgentes, asi como los estudiantes en 1968.

¿Debemos hablar de la revolución mexicana o de las revoluciones mexicanas?

En términos históricos se enfoca a la revolución entre 1910 y 1920. No obstante, había muchas revoluciones en términos ideológicos y regionales. Quizá la mayor aportación historiográfica en los últimos años ha sido el enfoque regional para entender el proceso.

Sus estudios se centradn en la sociedad, más que en individuos o caudillos. ¿Por qué?

Ese es un debate en la historia. Siempre nos preguntamos cuál debería de ser el motor de la historia: los grandes líderes o lo que Tolstoi llama “las grandes fuerzas impersonales”. Yo me inclino por lo segundo. La revolución fue un movimiento masivo, de gente diversa, con quejas sociales y económicas muy fuertes. Por otro lado, los individuos son importantes porque los movimientos sociales necesitan cierto liderazgo.

En México cada presidente o gobierno ha apostado por su caudillo favorito. ¿Cuál es el riesgo de politizar la historia?

Eso pasa en todos los países. El uso y el abuso de la historia para fines políticos es una constante. Si planteamos la discusión sobre lo que se llama “la función de la historia”, no creo que sirva para prever el futuro, pero al menos sí para desenmascarar el uso de la historia por parte de los políticos. Durante muchos años la historia en México fue algo importante. Hubo gobiernos del PRI que invocaron el pasado revolucionario. Hoy es otra cosa. Si revisamos los discursos políticos de la pasada elección presidencial, veremos que ya no es así. El PRI de hoy me parece más tecnocrático.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas de despegarse de ese discurso histórico?

Más que ventajas habría que revisar la eficacia política. La historia conquista apoyo, votos. El problema es cuando los políticos inventan sus propias ficciones históricas, como sucede en México o en Estados Unidos.

Por décadas la política educativa enalteció a ciertos personajes. Después, durante el panismo de principios del siglo XXI, se recuperó a otros. Con el regreso del PRI algunos historiadores hablan ahora de una tendencia a reforzar el porfiriato.

En los 90, cuando Carlos Salinas de Gortari era presidente, se intentó cambiar los libros de texto para desaparecer a las figuras revolucionarias, salvo Cárdenas y Zapata. El objetivo era impulsar el liberalismo social. La protesta fue tal que tuvieron que almacenar los libros y producir otros nuevos. Esta reivindicación del porfiriato, por un lado no es negativa, porque fomenta una nueva forma de evaluar y cuestiona los mitos heredados.

¿Qué nos dejó el porfiriato?

Muchos justifican su éxito en 35 años de estabilidad. Si bien había represión, no se desató ninguna guerra civil extensa y a cambio hubo crecimiento económico. No obstante, los revisionistas olvidan que durante aquel periodo hubo un proceso de pérdida de tierras para los campesinos. A partir de 1890 cayeron dramáticamente los ingresos, la altura de los mexicanos disminuyó en términos biométricos, se deterioró el estándar de vida. En su última etapa hubo improvisación social y política. En este sentido, el Porfiriato fracasó, pues colapsó en medio de una revolución social.

¿Aún leemos la Revolución en términos de buenos y malos?

En la historiografía siempre debe predominar la noción de balance. Hay quienes sostienen que hubo demasiada violencia sin ningún logro sociopolítico; otros aseguran que fue una revolución social progresiva. La verdad se encuentra en medio. Un aspecto importante es el factor geográfico. Los logros o fracasos dependen de la región. Por ejemplo, podríamos pensar que los liberales maderistas fracasaron, pues de su lema “Sufragio efectivo, no reelección”, consiguieron lo segundo, nada más, incluso con el PRI. Un logro, sin duda, es que aportó una visión nacional y centralizada que se cumplió con Calles, Cárdenas y el PRI mismo.

En su nuevo libro dedica espacio al cardenismo, ¿qué balance hace de este periodo?

El periodo de Cárdenas fue la última etapa de la Revolución. Promovió una reforma agraria radical, la expropiación petrolera, la formación de sindicatos como la CTM, etcétera.

Cárdenas todavía es un personaje intocable de la historia mexicana…

Había mucha crítica en su tiempo. El panista Almazán tuvo mucho apoyo en la elección de los 40. Hay quienes aseguran que el gobierno cardenista era represor. En su momento, sus críticos argumentaron que era un gobierno provinciano, torpe. Si bien Cárdenas no fue un gran intelectual, podía navegar en la política de entonces. Supo armar una coalición con caciques regionales, caudillos, sindicatos, líderes campesinos, fue un proyecto político bastante exitoso. Con la Segunda Guerra comenzó su fractura, pero en su momento implementó reformas estructurales muy importantes. Creo que fue un estadista honesto y leal a sus principios. Los líderes que surgieron con la revolución: Obregón, Calles y Cárdenas fueron políticos de bastante altura y capacidad. No quiero desprestigiar a los demás, la Revolución Mexicana fue un semillero de talento político y cultural.

¿Hoy tenemos políticos más limitados?

Sí, pero sucede lo mismo en Rusia o Francia. Las revoluciones sacuden y hoy parece que predominan los advenedizos. Quizá con el proceso de institucionalización de la política y de la empresa privada, hay menos posibilidades de que el talento pueda surgir.

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