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Viernes , 25.05.2018 / 20:11 Hoy

Al fondo del pasillo común

Como ya es costumbre desde la fundación de Laberinto, en estos días convocamos a un grupo de autores para que escriban una historia decembrina, tan inspiradora como desconcertante. 


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Raúl Aníbal Sánchez

¿Quién dice que el amor es un hacha doblada,
un cansancio que parte por la cintura el cuerpo,
un arco doloroso por donde pasa la luz
ligeramente sin tocar nunca a nadie?

Vicente Aleixandre


Cuauhtémoc tiene 72 años y un tumor en los testículos. Grande y pesada como una porra, la bola cuelga de entre las piernas y encorva poco a poco su espalda. Debió operarse hace algunos años, pero el temor a un instrumento quirúrgico cercenando carne muerta de sus partes nobles lo disuadió. Don Témoc, como también le dicen, usa pantalones de gabardina muy amplios para que el tumor pueda colgar libremente y de esa forma cree ocultarlo a la vista. Sin embargo, los vecinos murmuran al verlo pasar.

Resulta cómico, con su sonrisa gacha y la mirada esquiva, el metro con cincuenta de estatura, la gorrita vieja que cubre una calvicie para él igual de vergonzosa. “¡Ese don Témoc! ¡El rey del barrio!”, gritan los adolescentes borrachos que diario están fuera de la vecindad, celebrando su aparición con los brazos abiertos. “Buenos días, joven”, responde al que tenga más cerca, con voz chillona y apocada, como el graznido de algún pájaro bobo; entonces abre el portón y huye hasta su vivienda, al fondo del pasillo común.

Cuauhtémoc vive en un habitáculo de cinco metros por cuatro, no hay ventanas y huele a humedad. Los demás vecinos han construido sobre ese pie de casa viviendas de dos o tres pisos, han abierto ventanas, instalado cisternas, y ahora mismo resplandecen de foquitos navideños y adornos con forma de Santa Claus. Témoc nunca previó nada y su casa se encuentra igual que hace 40 años: una mesa, una cama, un escritorio en donde se encuentra un teléfono y destripadas, algunas decenas de pastas de cartón, fundas de vinilo y anillas de metal.

Y es que hace 20 años que realiza el mismo oficio, armando carpetas de plástico (porque alguien tiene que armar las carpetas de plástico). Le pagan por unidad y es un trabajo apacible, piensa él.

Cuauhtémoc se dispone a sentarse pesadamente, acomoda el tumor frente a sus muslos para no lastimarse y se deja caer frente al escritorio con todo el esfuerzo de la edad. Últimamente la bola duele más y a veces es tan fuerte el tormento que lo despierta sudando por las noches, pero se ha hecho la firme convicción de ignorarlo por completo.

Una pasta, un forro, cuatro anillas se deslizan en los huecos prefabricados y una vez que todo está en su lugar prueba el broche un par de veces. Cuando ve que el mecanismo funciona como debe de ser, sopla sobre las pastas para retirar el polvo acumulado y acomoda el nuevo fólder sobre una pila. Afuera se escucha el zumbido desentonado de una serie de foquitos musical, que aguda e insistente reproduce “Noche de paz”; los adolescentes del barrio compiten, gritando y bailando al ritmo de algún reguetón de base igualmente repetitiva.

“Noche de paz”, piensa con un poquito de amargura y recelo. Siente en su pantorrilla derecha un poco de humedad y baja la vista para encontrar la nariz negra de Luna, una perra mestiza de siete meses de edad.

Témoc tuvo dos hijos con la misma mujer, hace ya tanto tiempo que ahora le cuesta recordar la edad de cada uno. Nunca vivieron juntos ni fueron muy apegados, pero de un tiempo a esta parte el hijo mayor, Carlos, tomó la costumbre de visitarlo. La última vez trajo a Luna, que había sido vendida como una cachorra de pastor alemán. Conforme fue creciendo se volvió notorio que el animal era todo menos de raza pura y, sin corazón para arrojarla al bosque o la carretera, Carlos pensó que podría ser buena compañía para su padre. Don Cuauhtémoc protestó, vociferó, hizo un puchero, se quitó la gorra y la arrojó a su hijo. El viejo se enfurruñó sobre la cama con los brazos cruzados, pero Carlos se fue y la perra se quedó, con su cara de absoluta ignorancia y la lengua colgando sin ton ni son. Carlos no volvió desde entonces y no ha vuelto a llamar. El teléfono sigue ahí, mudo desde hace muchos días.

El viejo arrojó la perra a la calle, pero en la noche ya estaba de vuelta dentro del cuarto. Procuraba no dirigirle la palabra al animal, para que no se encariñara. Comida y agua es lo único que obtendría de él, porque no era un bárbaro después de todo. Luego recordó que los perros necesitan salir cada tanto, hacer sus cosas y demás, así que comenzó a sacarla a pasear.

Y ahora Luna estaba aquí, un poco más grande, ciertamente no más inteligente, pero la mirada de estupidez de la perra hacía sentir bien al viejo: “Un animal es algo que no te juzga, no te empuja, solo pide y da, en cantidades justas e iguales”.

El viejo tose y escupe un poco de sangre, nada de cuidado. Mira el teléfono apenas un segundo, como para convencerse de que no va a sonar.

—¿Quieres salir, Luna? —dice sonriendo con voz de pájaro bobo.

Don Cuauhtémoc sale muy despacio de la vecindad, con el tumor bamboleando entre sus piernas y Luna, saltando como loca y amarrada a una correa, que nada entiende y nada le importa. “¡El rey del barrio! ¡El rey del barrio!”, gritan otra vez los adolescentes con los brazos abiertos y dando risotadas. Un par de vecinas lo miran y se cuchichean en el oído. Comienza a anochecer.

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