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Martes , 14.08.2018 / 13:24 Hoy

Al amanecer (Cuento)

Inédito en español y publicado dos días después de la muerte de Marilyn Monroe, este relato imagina algunas vidas que la diosa del cine habría tenido de no sucumbido al suicidio   

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Un genio, que poco antes del amanecer recorría el extremo páramo acogiendo a las almas recién llegadas y encaminándolas hacia la gran puerta, divisó a lo lejos un bulto claro a los pies de la muralla que rodea la ciudad de los muertos. Al acercarse, encontró a una joven y bellísima mujer desnuda aparentemente dormida.

Se arrodilló para tocarla. No era un espíritu, su carne era tierna y tibia. Entonces, tomándole el pulso, la movió para despertarla.

Con un gemido, ella se estiró con languidez y balbuceó como si estuviese borracha: “Oh, déjame dormir”.

El genio, con mucho respeto, apoyó la cabeza sobre el pecho de la creatura. Sí, el corazón todavía le latía, pero muy lentamente; y su ritmo se iba haciendo cada vez más tenue y espaciado.

“Vamos, despiértate”, le ordenó. “No estás enferma, no estás herida, eres joven, eres maravillosamente hermosa. Nunca he visto a nadie tan hermosa como tú. Vamos, muévete, corre, regrésate. El mundo es tuyo. Debe haber un error. No puedes quedarte aquí en lo absoluto”.

Con la voz todavía balbuceante por el sueño, ella dijo: “Basta, cuántas veces he escuchado repetir los mismos cuentos. Déjame dormir”.

Mientras tanto, ya había llegado, de todas direcciones, como una docena de almas. Curiosas, fueron formando un círculo alrededor de ellos y escuchaban. Hasta que una de ellas advirtió: “No quisiera equivocarme, pero esta es Marilyn Monroe”.

“¿Quién?”, dijo el genio.

“Marilyn Monroe. La debes conocer, supongo”.

“Yo, en realidad”, dijo el genio desconcertado, “yo no sabría… yo siempre trabajo por estas partes… Serán ya treinta años que no sé nada del mundo”.

Mientras tanto, las almas que ya formaban, junto con los recién llegados, una pequeña multitud, seguían intercambiando comentarios. Y lo extraño era esto: cada uno de esos muertos tenía, obviamente, sus pensamientos y sus añoranzas; sin embargo, el espectáculo de esa muchacha desnuda, tan rosa y pura, hacía que ellos se olvidaran de sus problemas. “Pero todavía está viva”, decían, “está sana, es hermosa, es rica, es famosa, ha tenido todo lo que ha querido en la vida, no puede estar aquí con nosotros, tenemos que hacer algo. Tú, genio, ¿por qué no te apresuras? ¿Por qué no la mandas de vuelta?”.

Y el genio, si bien un poco confuso porque nunca había tenido entre sus brazos a una joven mujer desnuda, sobre todo de tanta belleza, levantó del piso a Marilina y remontándose a ras de tierra la llevó en dirección del horizonte, donde el páramo de los muertos se pierde en la neblina y a partir de allí comienza el mundo de los vivos. El genio, en cuanto genio, era muy flacucho. ¿De dónde sacaría fuerzas para sostener semejante tronco? Sencillo: desde el primer instante se había enamorado perdidamente de ella.

Y ya que el amor lo que quiere es la alegría de los otros en lugar de la propia, el genio no se cuidaba de sí mismo, solo quería salvar ese cuerpo encantador: si Marilina hubiera continuado durmiendo hasta que su corazón se detuviera, de Marilina no hubiera quedado más que el alma, la cual tiene muy pocos atractivos sensuales, y lo demás, al cabo de unos días, acabaría transformado en cenizas.

Entre los brazos del genio, Marilina dormía, pero de tanto en tanto, como en trance, respondía a sus apremiantes cuestionamientos. De tal suerte que el genio pudo conocer su dirección, devolverla a casa y depositarla en su cama, en donde la beldad continuó impertérrita durmiendo.

En la recámara la luz estaba encendida. Observando a su alrededor, el genio, aunque poco práctico en el mundo, al ver todas esas ampolletas, frascos y tubitos de medicinas, adivinó lo que había sucedido y se estremeció. Marilina se había envenenado y, si no intervenía un médico, ya no había nada más qué hacer.

Pero, todavía más importante que un doctor, era persuadir a la muchacha de que en la Tierra todo estaba bien, y que suicidarse era una solemne bestialidad. ¡Sobre todo en su caso!

“¡Marilina!”, exclamó el genio engrosando la voz, “¿quieres despertarte o no? Comienzo a perder la paciencia”.

“¿Se podría saber quién eres?”, preguntó furiosa Marilina, levantando la cabeza de la almohada.

“No importa quién soy”, dijo el genio, “lo que importa es que llames de inmediato a un doctor porque si no te hacen un buen lavado de estómago, ya tienes el aspecto de irte derechita al otro mundo”.

“¿Y si realmente ésa fuera mi intención?”.

“¡Pero qué va! ¡Una creatura como tú! Hombres y mujeres hasta llegan a matarse por conseguir una décima, una centésima de lo que tienes. ¿Y tú te quieres ir abandonándolo todo?”.

“Exactamente. Ya estoy cansada”.

“Mientras tanto”, dijo el genio, viéndose quizá algo didáctico, “lo que has intentado hacer no es honesto. Al suicidarte, despojarás a los hombres de uno de sus más caros sueños, que además, ahora, está exageradamente de moda: el sueño de la gloria, del que se derivan todas las otras satisfacciones de la vida, la riqueza, el amor, el lujo, el poder, aun la salud. Los hombres te han colocado sobre este fabuloso pedestal para que permanezcas en él y te dejes adorar. Si te vas, comprometes los términos acordados. Y además, ¿se podría saber qué es lo te hace falta? Por lo que he escuchado decir, hasta eres inteligente”.

“Vamos, se bueno, señor genio”, gimió Marilina mientras la cabeza se le iba de lado a causa del sueño, “ya vete y déjame dormir. Si supieras lo cansada que estoy”.

“Bien”, insistió el otro, “te haré una propuesta que me parece razonable. Ahora te llevaré a realizar un pequeño viaje, aférrate a mi mano y sígueme. Haremos un pequeño viaje hacia el futuro para que veas lo que te espera. Ya verás que vale la pena vivir”.

“¿Y cuánto tiempo se necesita?”.

“Nada, una fracción de segundo. Es una de las pocas cosas que nosotros los genios sabemos hacer decentemente”.

“¿Y después?”.

“Después podrás hacer lo que quieras. Después, te juro que te dejaré en paz”.

Así, Marilina se puso una bata, se aferró de una mano del genio y partió, a través de la noche de California que ya estaba por llegar a su fin, se fue con la velocidad de un satélite, y abajo, a una distancia que poco a poco iba aumentando, desfilaban las luces de las ciudades, las masas negras de los bosques, las fosforescentes ensenadas de los ríos. Y luego el océano negro que se perdía en el ocaso.

Repentinamente, descendieron en picada. El genio la llevó hasta el borde de un ventanal y la invitó a mirar hacia adentro. Era una grande y suntuosa sala de espectáculos y estaban proyectando una película a colores. En la pantalla, Marilina pudo observar a Marilina que sollozaba de una manera maravillosa. Era la escena final de un drama o algo por el estilo. Se escuchó una hermosa frase musical, la imagen en la pantalla se disolvió y se encendieron las luces. Los espectadores tenían los ojos llorosos y con cómicas maniobras se apresuraban a esconder los pañuelos. Luego, estalló un aplauso que parecía una catarata.

“¿Has visto?”, dijo el genio. “Esto es lo que te espera dentro de cuatro años”.

“¿Y lo demás?”.

“¿Cómo que lo demás?”.

“Sí, lo demás. Quiero decir, mi vida. ¿Seguirá siendo como hasta ahora? ¿Siempre sola?”.

“No, no, te volverás a casar”.

“Pero seguiré estando sola”.

“Vamos, se buena chica, demos otros saltitos más adelante, ahora te llevaré a que veas el año de 1972”.

Realizaron otro vuelo y se apoyaron en el ventanal de otro edificio. Adentro, en un magnífico salón lleno de gente bien vestida se llevaba a cabo una recepción; de repente, se pusieron a aplaudir y hacia el palco iba avanzando ella, Marilina, un poco menos fresca pero igualmente bellísima. Y un señor importante le hacía entrega de una estatuilla de oro.

“Admitirás”, dijo el genio, “que éstas son satisfacciones muy hermosas”.

“¿Pero mi vida?”, preguntaba ella. “¿Seguirá siendo como antes? ¿Seguiré estando sola?”.

“No”, le explicó el genio. “¿Ves a ese magnífico jovencito que en este instante está abrazando a Marilina? ¿Te gusta? Apuesto a que sí. Es tu quinto esposo. Además, ¿cómo puedes decir que estás sola si todos los días miles de hombres se enamoran de ti? Yo mismo, te tengo que confesar…”.

“Oh, pobre de mí, genio”, dijo Marilina con una amarga sonrisa, “cómo se ve que tú entiendes poco de nuestra vida. Ser amados no sirve. Para no sentirse solos existe un secreto: es necesario ser capaces de amar”.

“¿Y tú?”.

“Yo… yo…”. Las palabras se le tornaron un nudo en la garganta. No dijo nada más pero movía melancólicamente la adorable cabecita y dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

“No, no, yo te debo salvar”, dijo rabiosamente el genio, y se la volvió a llevar, galopando por el futuro. Y por todos lados encontraban a la Marilina triunfante, aunque un poco marchita. Ahora ya habían dejado de elogiar su boca y sus senos, ahora la proclamaban la más grande actriz viva. Y por doquier había fiestas, recepciones, castillos, villas, yates. Pero cuando Marilina quería entrar en sus futuras casas, para ver qué era lo que había adentro, el genio se la llevaba lejos porque sabía muy bien que adentro había mayordomos, criados, criadas, flores, perros de raza y todo lo que se puede desear en el mundo, pero ni un solo niño, y en una hermosísima recámara azul en el primer piso, junto a la recámara de ella, también se encontraba preparada una cuna, pero la cuna siempre estaba vacía.

Y finalmente, en una villa que parecía un palacio, encontraron a la Marilina ya anciana, una graciosísima viejita que era un amor, pero en sus ojos era fácil leer una macilenta y árida soledad, no obstante las maravillas y los honores que la rodeaban.

“¿Ya viste?”, dijo a este punto Marilina, “¿ya viste, amigo mío, que no vale la pena?”.

Él no tuvo el valor de insistir. Sosteniéndola de la mano, volvieron a descender por las escaleras vertiginosas del futuro, en un abrir y cerrar de ojos la devolvió a su habitación, en donde Marilina se quitó la bata, se arrojó en el cama con la evidente intención de retomar el fatal sueño interrumpido.

Pero el genio, que la acompañaba, puso una cara tan adolorida que Marilina sintió piedad y sonrió. Sí, solo por él haría el sacrificio, renunciaría a la partida, recomenzaría la vida. Lentamente, porque ya el letargo la estaba invadiendo de nuevo, tendió una mano hacia la bocina del teléfono.

Sin embargo, también el genio se sintió avasallado por la piedad y le hizo una afectuosa seña de despedida con la derecha. “Que Dios te acompañe, pobre muchacha”. Y se desvaneció como un fantasma, mientras desde las ventanas entraban las primeras luces del amanecer.

Marilina lo vio desaparecer. Se quedó allí, inmóvil, con la mano sobre el teléfono. Se dejó llevar, deslizándose, hacia los remolinos oscuros del sueño.

Traducción de María Teresa Meneses

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