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Lunes , 24.09.2018 / 15:06 Hoy

Actualizar la fe

El catolicismo no solo es un punto relevante del poder geopolítico o un conjunto de dogmas, sino un acervo extraordinariamente fecundo y variado de textos literarios, formas pictóricas, géneros musicales, estilos arquitectónicos.

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Cualquiera con un poco de sentido común sabe que revelarse como católico en los círculos intelectuales o artísticos es anticlimático: constituye la peor manera de ser sometido al ostracismo u observado como un bicho rancio. No es extraño, especialmente en los países con más fuerte tradición católica, que el estamento intelectual tienda a ejercer cierto extremismo secular y a sospechar de aquel que confiesa una fe religiosa. En particular, desde el estallido de la Revolución francesa, el catolicismo ha sido esquematizado como un adversario tenaz del pensamiento y las costumbres modernas y ha mantenido una relación tirante con la clase artística e intelectual. Es natural que, en este entorno de mutua desconfianza, la cultura de inspiración católica contemporánea constituya un terreno poco conocido, que no haya una visión orgánica de su naturaleza y aportaciones y que persista una mezcla de ignorancia y animosidad al evaluarla. Esta noción tópica pierde de vista la pluralidad del horizonte católico (que va de lo más retrógrado a lo más radical) como una constelación de tradiciones y comunidades heterogéneas y confunde la cultura católica con las posturas (a menudo indefendibles) de la Iglesia o con los actos criminales de algunos de sus miembros. Por supuesto, modernidad y catolicismo son, más que visiones unívocas condenadas a enfrentarse, realidades híbridas y cambiantes con numerosos puntos de vinculación. El catolicismo no solo es un punto relevante del poder geopolítico o un conjunto de dogmas y prácticas devocionales, sino un acervo extraordinariamente fecundo y variado de textos literarios, formas pictóricas, géneros musicales, estilos arquitectónicos, modelos de urbanismo, esbozos de teoría política, modos de razonamiento jurídico o propuestas de organización y reforma social, que conforman el sello genético de Occidente.

Tras las primeras décadas de pasmo, después de 1789, la Iglesia dejó de concebir a la modernidad como un remolino sangriento y asumió que se trataba de una estructura permanente de instituciones y pensamiento dentro de la que debía luchar por su supervivencia. Diseminado en múltiples, y a veces encontradas propuestas, el pensamiento y la producción artística católicas siguieron operantes y dinámicos en los siglos XIX y XX y si bien esta religión llegó a asociarse con las peores causas, también constituyó focos progresistas y fuentes de ideas. Desde mediados del siglo XIX, hubo un intento de responder a la secularización y se establecieron medios de comunicación, instituciones filantrópicas, centros educativos, sindicatos o partidos con el fin de crear cuadros afines a la cosmovisión católica e influir en la vida pública. Sin embargo, más allá de esta ramificación institucional, más o menos ligada a la estructura de la Iglesia y muchas veces reactiva a la modernidad y opositora al cambio social, de forma individual muchos pensadores y artistas católicos impulsaron la indagación y actualización de su fe. De esta manera, la vitalidad intelectual de inspiración católica de finales del siglo XIX y principios del XX incluye ideas originales en materia de reforma social y organización económica, doctrinas filosóficas, renovaciones teológicas y un amplio catálogo de obras artísticas, particularmente valiosas en la música, la arquitectura, la poesía y la narrativa. Esta renovación fue encabezada por un nutrido y variopinto catálogo de personajes que incluye a G. K. Chesterton, C. S. Lewis, T. S. Eliot, Hilaire Belloc, J. R. Tolkien, Leon Bloy, Charles Péguy, Jacques Maritain, Ramón López Velarde, Ramiro de Maeztu, Georges Bernanos, Paul Claudel, Gabriel Marcel, Emmanuel Mounier, Romano Guardini, Giovanni Papini, Edith Stein, Antoni Gaudí o Francis Poulenc, por mencionar solo algunos nombres. Con el tiempo, la asimilación gradual de las novedades científicas y de las ciencias sociales en el medio religioso, la liberación general de las costumbres y la paulatina actualización de la Iglesia con el Concilio Vaticano II se orientan a modificar definitivamente la relación del católico con su entorno. Cualquier artista o intelectual que profese cualquier religión debe entender que la esfera de la fe pertenece estrictamente al ámbito privado y no brinda ninguna validez o autoridad intrínseca a su actividad profesional.

La mayoría del arte y el pensamiento contemporáneo con inspiración religiosa ya no constituye un brazo pedagógico de la Iglesia, ni cumple una función litúrgica, sino que representa un medio de expresión poderosamente individual, y en muchas ocasiones ambivalente y desconcertante para el buscador de certezas. De hecho, el frenesí, la excentricidad y la radicalidad de muchas búsquedas individuales choca con el dogma y vuelve a muchos creyentes, de Simone Weil a Lanza del Vasto, de Gerald Manley Hopkins a Graham Greene, de Jack Kerouac a Martin Scorsese, de Thomas Merton a Garry Wills, de Charles Péguy a Maurice Dantec, de Alfredo Placencia y Concha Urquiza a José Lezama Lima, una compañía incómoda para la institución eclesial. Los mejores intelectuales y artistas de espíritu religioso no se dirigen a un auditorio de correligionarios o feligreses, sino que emprenden un diálogo intercultural amplio, escudriñan y cuestionan dogmas y actitudes y bordean las fronteras entre lo sacro y lo profano, entre la indagación y la provocación. En efecto, la intuición espiritual del artista, del pensador original o del místico raras veces coincide con la ortodoxia, pero permite una exploración, tan cruda como reconfortante, por los misterios y paradojas de la condición humana y de las sociedades. Por eso, acaso frecuentar el complejo y plural campo del arte y el pensamiento de inspiración católica permite constatar que la fe no siempre se honra con la obediencia ciega a la jerarquía, sino, al contrario, con la duda, la crítica y la disidencia.

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