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Jueves , 18.10.2018 / 07:36 Hoy

Acto de fe

La exposición de Yves Klein, que se exhibe en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), es un recorrido por la expresión de un universo en azul

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Es observar las posibilidades de la monocromía y observar cómo su experimentación plantea distintas líneas de reflexión. No es solo “azul” en su pigmento, es el azul en el soporte, en los tamaños, en la profundidad, en el tiempo, en la reiteración, en la bidimensionalidad, tridimensionalidad, arriba, abajo… Es el azul en su conceptualización. Al asumir el azul como tema, Yves Klein se distancia de su tiempo y acelera su paso: asume que su pintura no solo se pinta, sino que se piensa. Invita al espectador a seguir las huellas de su pensamiento.

Hijo de padres artistas (padre figurativo, madre abstracta), le correspondía, casi como destino, ser uno de los precursores del arte conceptual. Porque en su planteamiento, en su reflexión pictórica, enfrenta a la mirada del siglo XX, la sacude y la desobedece. Plantea que hay muchas otras formas de pintar, como lo evidencian sus cuadros de fuego o su serie Antropometría en los que, además, saca al cuadro del cuadro y transforma a los cuerpos en pinceles. Quizá su conocimiento corporal (era yudoca) lo invitaba a explorar la pintura más allá de formatos tradicionales que vaticinaban el performance y el arte acción.

Sus cuadros como Monocromo azul (1957), Tapiz azul (1956) o sus esculturas de esponjas embriagan al espectador, quien experimenta esa embriaguez por la monocromía de la que el propio Klein habla en sus textos, videos y audios, porque su obra es la integración de muchos haceres sobre un mismo tema. Su acercamiento es ontológico: cómo es el azul en cuanto que es azul. Y ese cuestionamiento es lo que recorremos, cada pieza es un silogismo plástico que nos hace pensar el repensar el color, en lo que esconde, lo que proyecta, lo que transmite, lo que integra.

Originario del sur de Francia, pareciera que Yves Klein sintetizó ese punto en cielo y mar: se mezclan para dar vida a un azul casi místico que se desprende de la tierra. En ese paisaje está esa “nada” que atrae al artista y sobre la que profundiza; esa misma nada que, en naranja, fuera rechazada en 1955 de las galerías y que se convertiría en el eje de su búsqueda.

Esta exposición es un acercamiento a la obra de Yves Klein como uno de los pilares conceptuales de la producción artística de la segunda parte del siglo XX; en ella encontramos semillas de lo que hoy nos resulta familiar. Las piezas están conectadas para que el espectador comprenda el complejo modus operandi de Klein, quien se dedicó a investigar y probar cómo ocurre la creación artística casi como un acto de fe.

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