Se acabó la función

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Multimedía
Multimedía (Archivo )

Ciudad de México

Ir al cine en Cuba es una auténtica fiesta. Una verbena plena de chismes, cantos, jugueteos y cachondeos. Todo mientras se forma uno en una fila larga que se extiende de una calle a la otra y a la otra. Da tiempo para todo, incluso cuando los espectadores se instalan en su butaca. Chacotean, gritan, hacen comentarios en voz alta, echan desmadre todo el tiempo.

Siempre han estado convencidos allá de que en la isla se exhiben solo dos tipos de películas: las buenas y las rusas. Lo cierto es que Cuba cuenta con un público cinematográfico masivo, alegre, entusiasta y leal, que invariablemente atiborra las salas. Alguna vez he contado aquí cómo fui gaseado por la policía cubana a las puertas de un cine, mientras me encontraba atrapado en medio del tumulto en el estreno de un paquete de películas asociadas con la literatura de Gabriel García Márquez.

Las autoridades cubanas saben que el cine es una puerta de escape para las tensiones sociales, las tentaciones políticas y las crisis económicas eternas. Mientras han podido, han propiciado a su modo la producción y la exhibición de películas y han favorecido la formación de sus talentos en la creación fílmica. En el camino, comenzaron a surgir incluso exhibidores cinematográficos particulares y cines caseros.

Hasta ahí todo iba más o menos bien. Hasta que el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros difundió hace unos días, a comienzos del presente mes, un comunicado que daba por terminadas estas actividades independientes. Ahora están prohibidas.

Los cines domésticos no funcionaban de manera clandestina. De hecho, algunos hasta pagaban impuestos y se anunciaban por todos los medios posibles. Sentados en bancos, sillas de plástico y poltronas, los cubanos podían ver sobre todo cine en 3D de producción reciente en un ambiente climatizado mediante el pago de tres dólares cuando mucho, que incluía una bolsa de palomitas y un refresco, aunque también estaban a la venta helados y bebidas alcohólicas.

Favorecido por un público ansioso por ver películas más allá de las cubanas y las rusas, el fenómeno comenzó a crecer con películas introducidas a la isla al margen de la censura oficial, con venta adicional de productos obtenidos en el mercado negro, con aparatos sin documentación legal. El espectáculo fílmico hermanado con las prácticas desesperadas de los cubanos, que se extienden por los servicios médicos, educativos, gastronómicos, hoteleros. Al gobierno cubano se le pusieron los pelos de punta. Y cayó de golpe la prohibición. No más. Se acabó.

Ahora los cubanos tristean en las 300 salas de cine de la isla, donde pagan 10 centavos de dólar por ver las películas rusas, porque las cubanas escasean desde hace rato. Sufren sofocados por los calores, por las sillas incomodas, por los tumultos, por la sed, por las películas malas. El otro cine ya se fue. Solo les queda el desmadre, el chismorreo. Lo de antes. Más de lo mismo.