Mi abuelo, la mejor universidad que tuve: Alicia Reyes

En entrevista con MILENIO, la nieta habla sobre las aportaciones literarias del creador de "Ifigenia cruel" y su relación personal.
“Con él aprendí mucha mitología griega, autores franceses, ingleses, novelas policiacas...”
“Con él aprendí mucha mitología griega, autores franceses, ingleses, novelas policiacas...” (Jesús Quintanar)

México

Para demostrar su admiración por Alfonso Reyes, el escritor argentino Jorge Luis Borges compuso en 1960 el poema “In memoriam A. R.”: “Reyes, la indescifrable providencia/ Que administra lo pródigo y lo parco/ Nos dio a los unos el sector o el arco/ Pero a ti la total circunferencia/ Lo dichoso buscabas o lo triste/ Que ocultan frontispicios y renombres:/ Como el Dios de Erígena, quisiste/ Ser nadie para ser todos los hombres/”.

Este fragmento del verso se encuentra sobrepuesto en una de las paredes de la Capilla Alfonsina (Benjamín Hill 124, colonia Condesa), lugar que fuera casa de Reyes y hoy resguarda, tan solo en la Ciudad de México —pues hay otra capilla en Monterrey— 9 mil de sus libros, custodiados celosamente por su nieta Alicia Reyes.

A 125 años del natalicio del autor de obras como La cena, Ifigenia Cruel, Cuatro poemas en torno a Monterrey, Cuestiones estéticas y El paisaje en la poesía mexicana del siglo XVI, entre otros, su nieta, doctora en Letras Francesas por La  Sorbona de París, concede una entrevista a MILENIO para hablar de lo importante que ha sido en la literatura universal la obra de su abuelo, así como de la relación personal que tuvo con él.

¿Es complicado ser nieta de Alfonso Reyes?

Complicado no, porque, en mi caso, ha sido una cuestión de amor y admiración hacia él. Esta casa (se refiere a la Capilla Alfonsina) era de mis abuelos, y la de junto era la de mis padres. Las dos se comunicaban por el estacionamiento y la terraza. Y como a mí me molestan los gritos y la gente latosa, y mis hermanas eran traviesas, yo corría de allá para acá y me escondía en el hueco del escritorio de mi abuelo. Cuando iba a buscarme mi abuela Manuela, la esposa de Alfonso, y le preguntaba si me había visto, él le respondía que no. Es decir: me solapó, me consintió; fue mi tesoro, fue “el reyesito”.

¿Cómo era la convivencia con su abuelo?

Con él iba cada sábado al Sanborn’s, conocido como la Casa de los Azulejos, donde desayunaba con sus amigos. Entre ellos estaba Jaime Torres Bodet, quien solía decirme que él era mi otro abuelo. Aunque no entendía sus pláticas, me gustaba escuchar lo que charlaban. En realidad era un desfile de personalidades; por allí también pasó mi maestro de filosofía, José Gaos, el poeta León Felipe y el escritor Max Aub. Todas las travesuras de ellos las solía aprovechar.

¿Cuál fue la mayor enseñanza que le dejó su abuelo?

Una frase que comparto al mundo y a los mexicanos principalmente: “No se te olvide ser inteligente”. Eso no se me ha olvidado. Además, sus consejos sobre literatura. Con él aprendí mucha mitología griega, autores franceses, ingleses, novelas policiacas. Alfonso Reyes fue la mejor universidad que pude haber tenido. Fue básico en mi vida.

¿Qué relación tiene con la biblioteca de la Capilla Alfonsina?

Es mi tesoro. Me llamaba la atención cómo la tenía organizada mi abuelo. Antes estaba organizada por país, y dentro de cada país, por autor en orden alfabético. Era muy fácil encontrar un libro. Mi abuelo me decía: “Vete a España y buscas en la ‘v’ de Valle Inclán, y me traes el libro”. Además me encantaba encontrarme libros que no conocía, como Santa, de Federico Gamboa, el cual me robé y leí durante una noche debajo de las sábanas y con una linterna para que no me cacharan, porque no me lo hubieran dejado leer. Lo mismo me pasó con Juan Rulfo. Así leí El llano en llamas y Pedro Páramo. Luego tuve la dicha de conocerlo: era el hombre más encantador del mundo.

¿Se podría entender la literatura mexicana sin sus aportaciones?

No. Él tuvo un don especial para explicar las cosas. Lo vemos a lo largo de su obra. Su primer libro, Cuestiones estéticas, asombró al mundo en 1911. Reyes siempre estuvo atento a lo que valía la pena literariamente hablando.

¿Cuáles son los aspectos más destacados en su obra literaria?

Él escribió el ensayo Apolo o de la literatura, el cual es una lección maravillosa sobre qué lecturas son básicas. Oírlo hablar era increíble porque empezaba con Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana Inés de la Cruz y se seguía con todos los españoles y mexicanos. Sabía explicar la evolución de la literatura y el arte por medio de la historia. Si leemos atentamente la obra alfonsina ya no debemos preocuparnos porque tendremos un bagaje cultural enorme.

¿De dónde provenía el gusto de Alfonso Reyes por la mitología griega?

A él le gustaba todo, y más si estaba relacionado con el humanismo. Lo que pasa es que en la mitología griega encontró una grandeza sin par. Los que no nos metemos de lleno en esa mitología no podemos entender a Alfonso Reyes.

¿Es cierto que a su abuelo no le dieron el Premio Nobel de Literatura por la oposición que hubo en México, debido a que se decía que él escribía más sobre los griegos que sobre los aztecas?

Lo postularon cuatro veces. Si alguien tuvo presente a México y a la historia del país fue mi abuelo. El primer libro que hizo de historia fue Visión de Anáhuac, texto ciento por ciento mexicano. Hubo muchos celos. El propio Jorge Luis Borges me dijo que la Academia Argentina de la Lengua propuso a Reyes para el Premio Nobel, y que si no se le había dado se debió a que los mexicanos se opusieron. Hubo un momento en México en que se confundía mexicanismo con huarache y jícara. Ironizo, pero sí me da rabia porque los más críticos con mi abuelo no sabían de historia del país.

Jorge Luis Borges solía decir que Alfonso Reyes fue el mejor prosista de Hispanoamérica. Háblenos de la relación entre ambos.

Fueron muy amigos. Borges fue el primero en obtener el Premio Internacional Alfonso Reyes. La empatía intelectual entre ellos era ejemplar. Felipe Garrido editó un libro que se llama La máquina de pensar, donde se combinan un ensayo de Reyes y uno de Borges, y hay una similitud de conceptos e ideas que algún día habría que analizar a fondo. Borges tenía razón porque cuando era joven mi abuelo fue capaz de asombrar en sus primeros años en España a los integrantes del Centro de Estudios Históricos de Madrid.

Su abuelo fue un viajero. Como parte del cuerpo diplomático mexicano estuvo en España, Argentina y Brasil. ¿Qué país lo marcó más al punto de reflejarlo en su obra literaria?

Como él mismo lo decía, nunca se sintió extranjero en ningún país en el que estuvo. Eso es una gran virtud. Al principio, cuando estuvo en Francia, tuvo que huir de la Primera Guerra Mundial. En España vivió 10 años, cinco de ellos consagrados por completo a la pluma y cinco más con un cargo diplomático. Supo captar la grandeza de Francia y España; luego fue nombrado embajador en Argentina y Brasil, donde detectó los ambientes en los que debía desenvolverse. Él sabía detectar talentos.

***

 

Fragmento de “In memoriam A.R.”, de Jorge Luis Borges

El vago azar o las precisas leyes

Que rigen este sueño, el universo,

Me permitieron compartir un tesoro

Trecho del curso con Alfonso Reyes

Supo bien aquel arte que ninguno

Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países

Y estar íntegramente en cada uno.

Si la memoria le clavó su flecha

Alguna vez, labró con el violento

Metal del arma el numeroso y lento

Alejandrino o la afligida endecha.

En los trabajos lo asistió la humana

Esperanza y fue lumbre de su vida

Dar con el verso que ya no se olvida

Y renovar la prosa castellana.

Más allá del Myo Cid de paso tardo

Y de grey que aspira a ser oscura,

Rastreaba la fugaz literatura

Hasta los arrabales del lunfardo…