[Cuento] Abre grande

Úrsula Fuentesberain es autora del libro de cuentos Esa membrana finísima. Actualmente cursa la maestría en Escritura Creativa en el Sarah Lawrence College, en Nueva York.
Abre grande
Abre grande (Especial)

Ciudad de México

“Si tienes dientes perfectos”. Así cierra el perfil de dr_smiles en la página de citas por la que navegas. Es demasiado bueno para ser verdad. Después de seis meses de hacer online dating sabes que los doctores ricos, guapos y cosmopolitas que dicen amar el cine de Won Kar Wai y los libros de Ursula K. Le Guin no existen. En especial si lo único que buscan es “una mujer entre 20 y 29 años que no se sienta ofendida por un hombre que adora abrirle la puerta a sus parejas e invitar la cena”. Y mucho menos los que, en la sección La cosa más privada que estás dispuesto a confesar, contestan: “Me encanta complacer en la cama. Llámalo una ventaja profesional, pero soy de los pocos hombres que saben exactamente qué hacer con el Punto G femenino”.

Terminas de leer esto y sueltas una carcajada. En la sección que dice Mándame mensaje si: él escribió: “Si eres aventurera en la cama. Si tienes dientes perfectos”. Y aunque eso de los dientes te saca de onda y todo lo demás te suena a las cosas que los hombres dicen para bajarles los calzones a las mujeres, le das Me gusta a su perfil.

Cuando vuelves a entrar a tu cuenta tienes un mensaje de él: “Deseando amar es mi película favorita, la encuentro extremadamente hermosa, me encanta la yuxtaposición de belleza y ominosidad para capturar lo sublime. Y la música es genial. He escuchado ese disco de Nat King Cole hasta el cansancio. Déjame invitarte a cenar. ¿Has probado la carne kobe? Conozco el mejor lugar. P.D. Qué sexy sonrisa tienes”. Te carcajeas y borras su mensaje.

La siguiente vez que te conectas tienes tres mensajes nuevos de él. Leyó tu perfil con cuidado. Confiésalo, te encanta la atención. “¿Dónde está ese mítico restaurante donde sirven vacas sagradas?”, le escribes.

¿Cómo pasaste de femme fatale a corderito en tres copas? Llegaste con actitud indolente y ahora estás sonrojada y risueña. ¿Y por qué te está dando de comer en la boca? “Abre grande”, dice él y te acerca un pedazo de carne. La masticas, está casi cruda, sus jugos te escurren en la lengua. “Tienes unos dientes hermosísimos. Quiero que me muerdas con ellos”, te dice antes de besarte.

Su departamento te recuerda al capítulo blanco de Moby Dick: muebles blancos sobre piso de mármol, esculturas de marfil y lámparas de alabastro. En esta luz, todo tiene un aspecto níveo. Cuando te arroja sobre la cama, sonríe y sus dientes relucen.

Tienes su cabeza entre las piernas cuando te pide que te pongas la venda. Lo haces y escuchas un chasquido y luego algo metálico. Cuando sientes la esposa aprisionarte la muñeca le dices que no quieres, que te suelte, pero sus dedos dentro de ti convierten tus súplicas en otro tipo de súplicas. Todo en ti está palpitando cuando te das cuenta de que te tiene amarrada a la cama. “Muérdelo”, te ordena y lo sientes rozar tu mejilla. Niegas con la cabeza y aprietas los labios, pero algo que te mete y que comienza a vibrarte dentro te arranca un gemido que él aprovecha para entrar en tu boca. Él incrementa la vibración hasta que lo muerdes con furia. “Buena chica. Dientes perfectos”, dice y su voz suena rara, seseante. Se derrama en tu boca, sus jugos te corroen la garganta. “Ten, bebe esto”, dice y te acerca un vaso. El líquido está helado y te refresca, pero no es agua, tiene un sabor amargo. “Es un antiséptico. Y esto es anestesia”, lo escuchas decir, arrastra las eses como si tuviera una lengua bífida. Sientes un piquete en la encía y luego en la lengua. Todo empieza a correr en cámara rápida: la estructura metálica que te inmoviliza la cabeza, la mandíbula y la lengua; las pinzas; el taladro; los golpes del martillo; los crujidos; la sangre que te inunda la boca y se desliza por tu garganta; tus intentos por cerrar la boca; tus gemidos sordos; su voz serpenteante que dice: “Abre grande”, “Buena chica”, “Dientes hermosos”.

¿Cuánto tiempo ha pasado cuando te quita la venda y el aparato metálico con el que te inmovilizó la cara? No tienes ni idea de si son horas o días los que llevas aquí, flotando en esta pesadilla lechosa. Tanta luz te ciega y tienes que parpadear varias veces para reconocer ese hermosísimo rostro pálido que te mira dócilmente y se acerca a tu boca. Estás a punto de convencerte de que lo soñaste todo cuando sientes sus encías chocar contra las tuyas. Su lengua recorre el paisaje socavado que es tu boca, explora delicadamente las hendiduras aún sangrantes. Se aparta de ti y te lanza una sonrisa desdentada. Gritas y tu voz ya no es la tuya. “Hermosísimos. ¿Cuánto quieres por ellos?”, dice y te enseña tus dientes, los tiene en un frasco. Gritas más fuerte, lloras, pides ayuda. “No, no, no. Nada de eso. Sé una buena chica, vamos. Abre grande”, dice y te acerca una dentadura postiza blanquísima, reluciente.