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[A salto de línea] San Sebastián al desnudo

Un acontecimiento contra los peros en una muestra ecléctica que va de lo religioso al simple placer del cuerpo.

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Terminó la exposición del Museo Nacional de Arte El hombre al desnudo. Dimensiones de la masculinidad a partir de 1800, con gran éxito de público. Un acontecimiento contra los peros en una muestra ecléctica que va de lo religioso al simple placer del cuerpo. Se le reclama un rigor histórico del arte, antes que consentir a ciertos artistas, galerías y coleccionistas privados, amigos del Munal. La historia mexicana del desnudo es antigua, de los prostíbulos a los espacios cerrados y a nuestras calles. Y el hombre, un reto clave para un dibujante, pintor, escultor o fotógrafo.

Faltó coordinación en la curaduría. Se exhibió apretado el arte, sin aire, atmósfera para la contemplación. En el Munal, con tanta sala, fue inexplicable utilizar solo la planta baja. Proveniente del Museo de Orsay de París y sus colecciones —del deslumbrante óleo de Henri–Camille Danger a Cézanne—, él éxito era seguro. Pudieron sacrificar piezas nacionales que nada aportan. Por ejemplo: ¿desnudo la pieza de El Santo, de Lourdes Grobet, o los gimnastas de Armando Cristeto, o El Indio Fernández en Janitzio, todos con calzones? Ocupan lugar privilegiado contra los magistrales desnudos de Toledo, de Graciela Iturbide. Y un gran ausente: el autorretrato sin ropa de Guillermo Kahlo, padre de Frida, pieza del siglo XIX. De El Indio a Pedro Infante, en imagen de Guillermo Infante, o Tin Tan en versión de Héctor García, bañándose, ni hablar: ¡no estuvieron! Los desnudos de mineros —de Pedro Valtierra— tampoco están.

Un descubrimiento: la foto de Nacho López compite en calidad con las de Pierre et Gilles. O las de Iturbide de Toledo ante las de Mapplethorpe —aunque desgraciadamente escondidas, como avergonzadas, en un reservado—, cuando en la parte central se da primacía a la muerte, con la pintura de Martha Pacheco. Hay errores evidentes en la fotografía, no tantos en la pintura y escultura. No fueron los mismos curadores: se lamenta la descoordinación.

Y un hallazgo: México no está a la zaga cuando se pinta, dibuja y fotografía desnudo en Europa. Márquez Romay, Velasco, Orozco, Zárraga, Herrán, Rodríguez Lozano, impecables en la muestra. Pero sorprende, por ejemplo, la ausencia de un dibujante excepcional, Héctor Xavier, con sus espléndidos desnudos, objetos del deseo: encajaba perfecto en la sala de Warhol y Galán.

San Sebastián y un sinfín de imágenes religiosas expuestas resultan hoy iconos de la cultura gay, por encima de la religión. La foto de Yolanda Andrade de Juan Carlos Bautista es relevante en ese sentido. O la pintura de Javier de la Garza, o exponer a Oliverio Hinojosa, otro olvidado. Abrir el abanico del placer a todas las vertientes, lo mejor de la muestra. El desnudo bajo toda óptica es un reto inmenso porque nadie —crítico y conocedor— queda satisfecho. Hombres desnudos en la historia de la cultura son algo común, pero no en un museo consagrado al arte: eso debe aplaudirse. Así es como se rompe el tabú del cuerpo masculino.

Así: el catálogo es un regalo visual para nuestra biblioteca.

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