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A qué sabe estar vivo

Teatro 

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El tiempo de elaboración de cinco platillos distintos coincide con el de la representación. Aroma y recuerdos se cocinan al calor de cuatro hornillas eléctricas y un asador sobre una alargada mesa llena de especias y verduras, custodiadas por una breve imagen en pasta de la Virgen de Guadalupe, una calavera de dulce, retratos de seres queridos y vasijas de barro y peltre, incluidos un molcajete y una bacinica donde en algún momento se batirán huevos.

Cuatro actrices, dos actores y un guitarrista cantaor dan la bienvenida. La experiencia se anuncia festiva y abierta al iniciar el montaje con cante y baile. Cada uno habla de su pueblo, de la infancia, de las reuniones familiares en torno a un guiso cuyo sabor inunda el recuerdo.

Antes dejaron espacio en la mesa para acostarse unos encima de otros y dar rienda suelta a una nutrida serie de sonoras ventosidades y parlamentos relativos al excremento y sus variantes, incluidas distintas maneras de limpiarse que algunos espectadores celebran con risa explosiva. La escena remite a una parte de lo que significa estar vivo para después ubicarse ante la muerte desde distintos frentes.

María Carmen Ruiz, Rafael Flores, Luis Alberti, Maité Urrutia, Irene Caja y el músico Alejandro González rompen con la solemnidad común del público que de inmediato reacciona positivamente a la dosis de energía y jolgorio con que se encuentra cuando aún no ha llegado a su butaca.

El montaje se titula Cuando todos pensaban que habíamos desaparecido (gastronomía escénica). Se trata de una coproducción entre México y España, creación colectiva que dirige Damián Cervantes, quien pertenece al grupo Vaca 35 y ha dirigido antes Lo único que necesita una gran actriz es un gran texto y las ganas de triunfar.

Los personajes abren las capas de su historia, de su país, del recóndito pueblo del que proceden, ya sea en México o España, y enteran al espectador de que ese platillo que cocinan sobre el escenario en tiempo real es parte fundamental de su historia de vida, generalmente ligada a la reunión familiar, a las personas queridas que ya no están vivas. Gracias a esa textura y sabor, a la emoción que cada cucharada les regala cuando prueban ese manjar, existe una parte de sus seres amados ahí, presente.

El montaje aborda las dos formas distintas en que mexicanos y españoles conciben la muerte. Hace alusión a la Guerra civil a partir de algunos diálogos y de trabajo corporal y verbal que semeja una eclosión, un choque violento de cuerpos. Vuelan los jitomates y uno que otro proyectil, entre bravatas y enfrentamientos sobre el machismo, la identidad y el añejo reclamo entre conquistados y conquistadores.

Hombres y mujeres, siempre descalzos, entre las notas de flamenco y los lamentos o la algarabía, continúan con su propia memoria, a la que integran nombres, fechas de personas muertas en la Guerra civil y en la del narcotráfico. Ausentes que son mencionados junto a hechos de crueldad inmensa.

El olor a chorizo con alubias, a papas, a chile relleno, a huauzontle, a porrusalda —sopa del País Vasco— se incrementa mientras las mujeres han dejado de enfrentarse hasta apaciguar la lucha en unos pasos de baile flamenco que se cierran en un abrazo múltiple, en un núcleo de diez piernas que avanza sin separarse.

Las mesas que ocuparon el proscenio de extremo a extremo han dejado espacio a una gran ofrenda, entre platones de loza y de barro, flores de cempasúchil, retratos, utensilios y veladoras. Los personajes hablan de sí al tiempo en que remueven la historia de quien los mira.

La experiencia se asemeja a la de presenciar un ritual donde el espectador es un invitado nuevo a una reunión de viejos amigos que se abren generosamente a desconocidos, personas que se dejarán invadir por sus propios recuerdos unidos al sabor de un platillo fuertemente unido a su existencia.

Esta obra dirigida por Damián Cervantes se presenta viernes, sábados y domingos en el Teatro El Milagro, Milán 28

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