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Viernes , 20.07.2018 / 21:33 Hoy

"¡A la brava, ese!"

Deambular por el centro de la ciudad, vivir la vida nocturna es un placer que nadie imaginó que volvería a nuestra cotidianidad. 

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Eduardo "Guayo" Valenzuela

Las cabezas cercenadas, los cuerpos sangrados colgando y el constante sonido de las metralletas nos impidieron imaginar lo que seguiría pasado como espectáculo de la violencia.

Deambular por el centro de la ciudad, vivir la vida nocturna es un placer que nadie imaginó que volvería a nuestra cotidianidad. Ya sea por el llamado Distrito Colón, por partes de la Morelos o alguna que otra calle adherente, el sabor de pachanga permanente ha iluminado nuestro existir citadino.

Suelo imaginar la situación como una enorme olla exprés, donde el periodo de violencia cautivó y comprimió, para cuando la paz se hizo presente, el estallido desató un tumulto de posibilidades. Volvimos a la realidad, que como amante ausente, le celebramos con exceso de risas y otras pirotecnias.

Toparse con diferentes grupos de relajientos chavos, atractivas mujeres portando su caguama, los burritos esquineros, los foodtrucks, y hasta el cuidacoches, nos han hecho olvidar del sonido de los helicópteros volando sobre nuestras cabezas .

Un amigo chilango, ya con un tiempo aquí, me dijo que le parecía el mejor momento de la ciudad "La vida nocturna de Torreón no tiene desperdicio".

Sin embargo, existe la sensación de que la raza, afanada por olvidar aquel periodo oscuro, ha salido corriendo, olvidando la reflexión, el análisis, la autocritica.

De un momento reprimido pasamos, de volada, a un momento de hedonismo superficial. Recientemente en su feisbuck una ex-amiga escribió, reclamando para que los antros y bares tuvieran menos intereses comerciales y apostaran por una vida cultural más propositiva.

Creyendo ser contundente, le escribí, que yo prefería el ruido de música frívola, el reggeatón y demás, de la mayoría de los bares y antros, al tableteo constante de los cuerno de chivo. Pero, pasados algunos días, sus cuestionamientos me hicieron reflexionar alrededor de los ya mencionados procesos inconclusos.

Creo que la música que se toca en las diferentes regiones y ciudades del orbe, resulta el reflejo de los gustos educativos de sus habitantes.

Me parece que a La Laguna necesita arraigarse en otras propuestas, más allá de lo sabroso de la cumbia, la banalidad del reggeatón y sobre todo lo alterado de la banda (prima cercana del narcorrido) Es el rock uno de los géneros que suelen desarrollar seguidores que reflexionen, que gusten de cuestionar.

Me parece que los negocios que quieran permanecer, eludir lo "novedoso" que resultamos los laguneros, tendrán que hacer algo más allá del buen trato, de las instalaciones adecuadas y los precios accesibles; deberán volverse creativos y apostarle a generar ambientes mucho menos anodinos.

Me ha tocado estar en sitios donde se ha incorporado música en vivo, asistir alguna muestra de la gira de documentales, algo de teatro; supe de algún stand-up, y me enteré de varias presentaciones de alguien que toca una fusión de cumbia, pero, en esta ocasión giraré alrededor de dos atractivas propuestas relacionadas con foros donde el rock suele ser el macizo de la fiesta: El Armario y El Garage Ink.

En uno me ha tocado estar presente con un grupo llamado Ska Wars, además de un documental sobre "Rock Rupestre", y en el otro, el rock metálico de Vinilo y Sarcastic Record, nos han hecho la noche.

Foros que empiezan a caminar al margen de la norma, que se estan ganando el beneficio de ser acompañados en su caminar, y arropar cada una de sus actividades, que decidieron no invocar música de banda y corridos, que tampoco buscan, ni sus morras aprontonas, ni sus chavos bravucones que gustan de parecer el narco de moda.

Frecuentar estos espacios suele aportar lo suficiente, más allá del esparcimiento tradicional lagunero: futbol y carne asada.

Aparte de percibir la presenciar de hermosas mujeres, sobre todo si estan en tu mesa.

Convencido estoy en que si persisten en sus propuestas de manera ascendente, manteniéndose y tomando los riesgos de la música original, se podrían convertir en lo que fue Rocotitlán y El Alicia en la Ciudad de México en los años ochenta y parte de los noventa, es decir, convertirse en, para todos, un negocio redondo.

Así sea.

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