Zapateros zapatistas, el oficio que llegó de Tepito

Luis Arévalo, de 74 años, aprendió a hacer y reparar calzado a los siete y a los 13 se abrió camino, el cual se extendió a Chiapas, donde sus alumnos indígenas, como Martiniano, comparten sus ...

Ciudad de México

¡Y ándale que me voy!, cuenta emocionado Luis Arévalo, el maestro zapatero que enseñó a los indígenas chiapanecos el oficio de hacer y reparar calzado como una actividad alterna al trabajo en el campo.

Todo comenzó en 1995, con una llamada del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que lo invitó a ser parte de la mesa de diálogo que entabló con el gobierno federal. Al colgar el teléfono, Arévalo corrió a su casa y habló con su mujer. “Sí, vete. Solo ten mucho cuidado y te llevas a uno de tus hijos”.

“Entonces fuimos al diálogo que al final se convirtió en monólogo; aproveché para proponerles que me permitieran traerme a uno o dos chavos para mi barrio y que yo les enseñaba a trabajar. Su problema era ese, que en Chiapas la siembra es de temporal. Les conté que mi oficio era muy bonito y me dijeron que sí”, recuerda.

Inicialmente fueron dos, pero al final solo uno, llamado Félix Gómez, abordó con el maestro Arévalo el camión que los traería a la Ciudad de México. Aceptó viajar porque su profesor condicionó la enseñanza a que, a su regreso, debía continuar sembrando en el campo.

Detrás de la propuesta, el viejo zapatero de entonces 55 años quería cumplir un anhelo. “Una vez me encontré un libro de la historia de Villa, y él decía en una parte: ‘¡Quién fuera zapatero para hacerle los zapatos a los escuincles!’. Cuando lo leí, pensé: yo soy ese zapatero… a lo mejor algún día”.

Nacido en una vecindad de Tepito en 1940 y directo como es, Luis Arévalo afirma: “Soy el zapatero más chingón del barrio, porque nadie hace lo que yo hago”. La vivienda, dice, era similar a la de Emilio Tuero en la película Quinto patio.

Su padre le enseñó el oficio desde los siete años y a los 13 lo corrió del taller familiar para que se abriera camino. De ahí hasta los 36 trabajó en las mejores fábricas y cerca de los 40 creó el proyecto taller libre de Tepito “El arte del calzado”. Tomó esta decisión al percatarse de que el tradicional oficio de zapatero se perdía en el barrio frente al auge del comercio informal.

“Entonces me dediqué de lleno a transmitirlo, enseñarlo siempre de gratis. Cuando lo conoces desde la raíz te enamoras... me gustaba sentarme en la máquina y vi que los zapatos eran benditos, que de ellos se podía vivir. Yo solo terminé la primaria, pero mis seis hijos sí tuvieron carrera ¡y calzado!”.

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En los altos de Chiapas, dentro del municipio de San Andrés Larráinzar, existe un hombre imprescindible para la comunidad. Es Martiniano Hernández, ex alumno del maestro Arévalo y quien se desempeña como el único zapatero que hay en esta población de casi 2 mil 300 habitantes.

El pequeño taller donde fabrica y repara lleva el nombre del santo patrono de los zapatos: San Crispín. “Usted escoge la piel, trabajo garantizado en choclo, botas, botines y tenis”, indica el letrero de bienvenida.

Moreno y de manos pequeñas con callosidades en las palmas, cumplió recién 32 años. “Gracias a Dios y al maestro Arévalo tengo este trabajo. Siempre nos enseñó a hacerlo con mucha paciencia y quiero heredar esto a mis hijos”, comenta. El más grande apenas tiene cinco años.

Su memoria es precisa. En agosto de 1998 recibió la invitación para tomar una capacitación en calzado y aceptó. “Quiero saber, aprender más cosas que en el campo, porque no tenemos mucha tierra para trabajar, cada vez se reduce más la población, porque no hay trabajo y salen, como dicen, al sueño americano. Pero se mueren en el camino y eso es lo que yo no quiero”, explica en español básico, ya que su lengua origen es tzeltal.

Lo más difícil fue aprender a usar la máquina de coser, después “le agarró la movida” y ahora es lo que más le gusta. Cortar, calcar el molde, pegar, coser, montar sobre la suela. Todo eso pudo hacerlo tras endeudarse para comprar una máquina Singer 3117 y algunas hormas masculinas, porque solo tiene una de mujer. Un foco ilumina su máquina y una hoja de papel pegada en el socket suaviza la intensidad de la luz, aun así su mirada se lastima, se irrita.

“Estoy contento, este oficio también me gusta, no hay mucha ganancia porque es poca inversión, pero hay algo para sobrevivir. El sueño es hacer más grande el taller, aunque no como una fábrica”. Pero a todos les falta dinero para invertir “y no hay gente para apoyarnos en eso, pues”.

Por eso, fiel a su maestro, combina su día entre el campo y el calzado. Si pudiera fabricaría dos pares de botas al día, pero entonces no le quedaría tiempo para sembrar ni para reparar las botas de don Mateo, que necesitan cambio de suela, o las de don Pedro, que requieren tapas nuevas.

En la milpa, Martiniano se pone a prueba con sus clientes, quienes usan allí las botas que él fabricó y que en promedio duran hasta tres años. Cuestan entre 250 y 300 pesos, pero no puede venderlas más caro porque la gente no tiene para pagar más por ellas.

“Somos gente pobre, con mucho sufrimiento tengo este taller. La experiencia del maestro Arévalo aquí la tenemos, y aunque está lejos, es como si estuviera aquí”.

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En cinco años, de Chiapas a Tepito, viajó un promedio de siete grupos integrados de tres a ocho alumnos. Arévalo recuerda bien a Félix, Martiniano, Fernando, Alberto y Rafael. La primera vez los alojó en su casa, pero después obtuvieron ayuda de un convento en Coyoacán. Cada taller duró seis meses, hubo clases teóricas, prácticas y el lenguaje a señas superó al tzeltal, mientras todos aprendieron español.

En cada vuelta al estado, el maestro llevó consigo pedacería de piel y piezas de otras máquinas que había comprado en las chácharas del barrio. Las compuso y en Chiapas armó la primera máquina de pedal para la comunidad. “De qué hubiera servido llevar zapateros si no tenían con qué”. Quince días después quedó listo el primer taller de zapatería.

A partir de 2000, el tiempo los separó. Arévalo se enfermó de cáncer, algunos alumnos hicieron su vida, otros cambiaron de comunidad y no tenían dinero para trasladarse a la pequeña fábrica. Preocupado, su maestro fue perdiendo contacto con ellos hasta que años después pudo volver.

“Y cuál va siendo mi sorpresa que entro al taller y veo a un desconocido haciendo unas botas... y más allá estaba otra gente. Le dije a Rafael: ‘¿Y esto quién lo hizo? ¿Alguien vino de León o qué chingados?’ Y me dice: ‘No, maestro, aquí los enseñamos. ¿Se acuerda que un día nos llevó a una fábrica a ver cómo trabajaban en serie? Pues así le hicimos’. Entonces vi que la semillita que fui a sembrar ya había germinado. Yo iba con la idea de hacer zapatos a los niños… y mira”, recuerda.

Hoy, en las comunidades zapatistas hay 18 talleres de zapatería, uno en cada Caracol; más otros que los alumnos instalaron de manera independiente en otros sitios. Ninguno se hizo rico, pero su trabajo se vende en una tienda artesanal de San Cristóbal de las Casas y otros puntos.

Satisfecho, Arévalo tiene 74 años y habla de la gran enseñanza que obtuvo de sus alumnos. “Con ellos sí se puede trabajar en colectivo, tienen la necesidad, el compromiso con su gente y con ellos mismos, algo que no pasa en la ciudad. Yo traté de inculcarles a cambio que los zapatos son el pedestal de tu cerebro”.