ENTREVISTA | POR SILVIA CHEREM

A.B. Yehoshúa Escritor

Fue maestro durante 32 años. Hasta 2004, año en que se retiró. Los cursos eran a su medida, él los inventó. Análisis de las tramas o del fluir de la conciencia. Aspectos psicológicos de un autor. Sentido moral de la literatura.

Las huellas de Faulkner

El escritor A.B. Yehoshúa
El escritor A.B. Yehoshúa (Cortesía)

Ciudad de México

A partir de 1972, Bulli (A.B. Yehoshúa) comenzó a ser profesor titular de Literatura Hebrea y Literatura Universal en la Universidad de Haifa. "No soy un profesor de a de veras, de aquellos que saben teorías y alcanzan su cátedra profesionalizándose con una carrera académica. Carezco de estudios de posgrado. Al terminar mi licenciatura preferí dedicarme a leer y a escribir, tuve cargos administrativos en la universidad y la plaza me la gané simplemente por ser escritor". Durante décadas, cuando tenía que llenar algún formulario de migración y le pedían su profesión, se sentía más cómodo nombrándose profesor. "Escribía, pero mis ingresos mayoritariamente venían de la universidad. Después de la publicación de mi tercer libro, en la década de 1980, lo tuve claro: soy escritor".

Fue maestro durante 32 años. Hasta 2004, año en que se retiró. Los cursos eran a su medida, él los inventó. Análisis de las tramas o del fluir de la conciencia. Aspectos psicológicos de un autor. Sentido moral de la literatura. Leían a fondo a sus escritores favoritos: Tolstoi, Kafka, Chéjov, Semprún, Camus, Dostoievski, Carver, Agnón, Virginia Woolf y, por encima de todos, William Faulkner. "A mis ojos Faulkner es el maestro de maestros, quien más influencia ha tenido en mí".

Cuando descubrió a Faulkner en la década de 1970 no volvió a ser el mismo. "Me deslumbró, me permitió liberarme del estilo de Kafka y de Agnón. Reconocí, además, que sin Faulkner no habría García Márquez, ni Vargas Llosa, ni un sinfín de escritores más. Todos estamos tocados por él".

A Yehoshúa, El ruido y la furia lo expuso al monólogo interior, mismo que ocupó desde sus primeras novelas. En El amante (1977), su primera novela, seis personajes, incluido un árabe, intercambian puntos de vista con respecto a la Guerra de Yom Kipur —cuando Egipto y Siria atacaron sorpresivamente a Israel el 6 de octubre de 1973, en el día más sagrado para el judaísmo—, entonces un trauma nacional. "Fue mi primer intento serio para trabajar monólogos interiores y el fluir de la conciencia. Si bien la novela funciona, desde mi perspectiva el lenguaje de los distintos personajes resultó aún uniforme. Lo que más me gustó, sin embargo, fue que muchos lectores me dijeron que gracias a mis descripciones del niño del garaje, pudieron ver a los árabes con otros ojos. Esa es la virtud de la ficción".

En esa novela, y en las que siguieron, Bulli comenzó a mezclar pasado y presente ahondando, como siempre, en el obsesivo tema de la identidad. "Me enorgullezco de no haberme apresurado a escribir novelas. Me animé a hacerlo hasta que cumplí cuarenta años, siempre supe que había que esperar. A mis alumnos les aconsejaba que fueran pacientes porque, para escribir una novela, es preciso madurar para ser más comprensivo y generoso. Para usar el lenguaje con mayor libertad y ser capaz de recrear un mundo dentro de la obra".

Siguiendo a Faulkner comenzó a juntar diferentes monólogos para conformar un crisol de voces, para sumar visiones variadas, memoria y presente. "Aprendí a enfocarme en un presente muy corto. Faulkner solo describe tres o cuatro días y, en ese lapso, usando el recurso de los recuerdos, aborda una historia y un drama".

Un divorcio tardío (1982) es la historia del exilio de Yehuda Kaminka, un intelectual y maestro marginado que a los sesenta años emigra de Israel a Minnesota para buscar una nueva vida. Regresa a Israel a pedirle el divorcio a su mujer, para poder casarse con su amante norteamericana con quien tendrá un hijo. La historia —que puntualiza de manera simbólica la alienación entre Israel y la diáspora— está contada en secuencias por el nieto de diez años de Kaminka, por su yerno, por su nuera, por su hijo historiador con complejos de inferioridad, por su otro hijo que es homosexual, por el amante de ese hijo, por la hija, por la esposa sicótica y por Kaminka mismo.

"En esta novela logré adentrarme en el mundo psicológico de cada uno de los personajes y quedé muy contento con el resultado". Yehoshúa amarró esta tragicomedia hacia el final cuando el hijo norteamericano, un pequeñito tartamudo de tres años llamado Moisés, llega a Israel. Un guiño que enfatiza los valores de su ideología: un nuevo Moisés, un profeta norteamericano, es capaz de conducir a Israel a aquella diáspora que "equivocadamente eligió América".

La inspiración, dice, es inesperada. "No sé cómo se inicia el proceso, pero, sobre todo al inicio, trabajo intensamente porque en las primeras veinte o treinta páginas de una novela lo determino todo: qué tan larga será, quiénes serán los personajes principales, cuál será el tono, prácticamente toda la estructura y el contenido. Siempre parto de un conflicto inicial, a partir de ese nudo decido el resto. Cuando escribo sé a dónde voy, nunca escribo en el vacío".

Considera que cada obra es una batalla en sí misma. Tarda de tres a cinco meses de trabajo intensivo para tener la estructura de la novela: "lo más difícil es ese comienzo". Piensa que es obligación de la ficción integrar elementos que en la vida aparecen de forma aislada o caótica. "Yo mismo me sorprendo de cómo voy engarzando situaciones, personajes e ideas aparentemente inconexos; pareciera que su inclusión es forzada, pero, luego, la historia siempre fluye". Desde el inicio, dice, conoce el final de cada novela, pero, como regla de oro, va escribiendo capítulo por capítulo, sin saltos. "Puedo pasar tres años volcado en una novela, conociendo el final, y sólo hasta que llega el momento, con todo lo que acumulé en el camino, cierro el libro".