Pura retórica

Semáforo.
Winston Churchill
Winston Churchill (Especial)

Ciudad de México

Tácito dice que la oratoria es la marca de un pueblo libre. Dice bien, pero se entiende mal: no comprendía la oratoria como el hecho de hablar bien o mal ante el público sino como la capacidad de convencer por medio de razonamientos claros.

Entre griegos, el gran político tenía que ser también alguien que dice cosas convincentes. Los atenienses consideraban vergonzoso presentarse a juicio con un discurso comprado. Tenían grandes oradores forenses (Lisias), pero se consideraba indecente simplemente pronunciar palabras memorizadas y no propias. El orador no es, entonces, un fonador de discursos: es alguien que piensa, dice, convence no a ignorantes sino a ciudadanos de semejante monta, que también tienen una idea y opiniones acerca de la cosa pública.

La historia está llena de ejemplos de grandes discursos. Todos se dan en momentos cruciales, cuando un pueblo se juega su destino, y se vuelve urgente volver a colocar los valores fundamentales, como pilares de la sociedad que se ha de construir. Quizá el más famoso de todos siga siendo el discurso fúnebre de Pericles, tal como lo relata Tucídides: Pericles convence a sus compatriotas de mantener la defensa de su democracia, pese a que pronuncia su discurso justo junto a los cadáveres de los atenienses muertos. Nada fácil: arengar para la batalla es mucho más fácil cuando no se han visto todavía el dolor y los destrozos. Y eso son los famosos discursos de la historia de la lengua inglesa, desde el discurso —“band of brothers”— de Enrique V, en la víspera de la batalla de San Quintín, hasta el sobrecogedor anuncio de Winston Churchill ante la inminente invasión nazi: “lucharemos hasta el fin...” (está en YouTube: “We shall fight on the beaches Winston Churchill 4th June 1940”).

Podemos marcar la historia griega, o la de la lengua inglesa (tanto británica como estadunidense) con sus discursos históricos. Resulta muy sintomático, sin embargo, que no podemos hacer lo mismo, ni con el Imperio Romano, ni con nuestra lengua española. Son civilizaciones de distinta estructura jurídica. Tanto la democracia ateniense como las sociedades de lengua inglesa consideran al Estado como un acuerdo, un contrato o un pacto entre los ciudadanos; en cambio, Roma, su derecho y su heredad española suponen que el Estado otorga los derechos a las personas. El modo en que se habla a un ciudadano no es igual que el que se usa para hablar a un súbdito.

Pese a todas las diferencias, algo se ha avanzado en el terreno de la ciudadanía para los (aún) súbditos de los viejos imperialismos latinos. Pero no es suficiente. Y se nota, entre muchos otros síntomas, en la perenne deficiencia oratoria (repito: como capacidad de razonar, no de repetir discursos) ante el apremio de las circunstancias. Y me refiero especialmente a México y la actual situación. Es lacerante el modo en que los personajes del Estado pueden hablar bombásticamente de sí mismos, a la vez que bajan la voz y se esconden tras frases vacías, acartonadas, insultantemente tontas, cuando tienen que hablar sobre las cosas de la justicia. Tácito cuenta cómo los viejos se burlaban de la elocuencia prestada de Nerón: pronunciaba discursos escritos por otros, muy por encima de su inteligencia. Nuestra clase política, ya ni eso.