Último momento de Benjamin y Foucault

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Archivo hache (Especial)

Ciudad de México

Hemos vivido una época teórica que se define por su fascinación por Walter Benjamin y Michel Foucault, los dos pensadores más influyentes (y citados) de este periodo. ¿Qué significa su prestigio?

Su semejanza no es obvia. Benjamin murió sin mucho reconocimiento público (murió arrastrando sus escritos en una frontera de la Segunda Guerra Mundial) mientras que Foucault gozó de un estrellato solo superado por Derrida (y hoy Žiẑek).

Benjamin escribió una disertación más bien fallida (que hoy es un clásico); Foucault, en cambio, fue una estrella académica.

Benjamin escribió ensayos sueltos, esotéricos, caóticos, fulminantes, personales o periodísticos; Foucault más bien preparó volúmenes densos, “impersonales”, arqueológicos, historiográficos.

Las semejanzas, empero, son finalmente evidentes: ambos buscaron explicar la particularidad de nuestra época. Fueron filósofos que no quieren ya serlo. Son “teoría”.

En Benjamin, Dios está a la sombra, flotando a modo de espectral Mesías golpeado por la Historia; en Foucault, Dios está ausente, aunque la figura del loco lo clama muy disimuladamente.

Su popularidad se debe a que buscan explicar una época que posee ciencias duras pero no suficientes saberes acerca del hombre, ese naufragio.

Ambos pensadores, por otra parte, alimentan muy bien las necesidades del nuevo experto post-filosófico dominante: el académico, que puede usarlos debido a su amplitud de temáticas y la ausencia de soluciones fijas.

Son pensadores sin certezas pétreas. Son hombres de las tentativas. Son palabras que pueden dialogar con Estados Unidos.

Y los dos (secretamente) satisfacen la nostalgia del arte prosístico.

No hay mayor artista del ensayo que Benjamin. Solo Borges lo supera. Pero Borges buscó el estilo, mientras que Benjamin aún buscó la verdad.

Y Foucault deseó establecer el orden de lo sucedido, la explicación macrotemporal, el largo proceso de cada evento, mediante una serie de figuras que destilan gusto estético sin tener que declararlo.

La popularidad de ambos tiene mucho qué ver con su carácter de artistas.

Su contemporaneidad es indiscutible —dedicaron su obra a lo actual— y, a la vez, ambos son figuras retro, que recuerdan la elegancia del varón dedicado a la reflexión suficientemente distante de lo efímero del siglo XX.

Son una crisis convencida de resolverse en un archivo.

Son personajes que atraviesan la cuerda floja meditando.

La popularidad de Benjamin y Foucault no solo se debe a su apabullante inteligencia sino a que son seres del umbral: ultramodernos y, a la vez, protagonistas de una próxima despedida, aquella del hombre buscando bellamente la verdad.

Cuando Benjamin y Foucault sean sustituidos sabremos que un ideal se ha ido.

Sabremos (quizá) que se ha ido el escultórico anhelo de la belleza abrazada a la verdad.

La prosa (aún) desea permanecer. Los medios le otorgarán desaparecer.