Votar o no votar

Si un amplio porcentaje de la población decidiera no votar, ello constituiría una manera más categórica de repudiar un sistema ridículo en el que las campañas políticas parecen cada vez más ...
Simple ritual periódico.
Simple ritual periódico. (Claudia Guadarrama)

México

Uno de los principales lugares comunes en tiempos electorales consiste en la afirmación, repetida hasta la náusea, de que abstenerse de votar implica apatía, falta de interés en los asuntos públicos y que, por ende, el no votante no tiene derecho de opinar, ni mucho menos de quejarse, pues no contribuye con su voto a construir lo que es de todos. Como única alternativa para mostrar el repudio ante los partidos políticos se ofrece anular el voto, pues de esa manera se participa formalmente en el proceso electoral, aunque de todas maneras el voto no le sume a ninguna opción en concreto.

Me parece que este argumento omnipresente pasa por alto que el no votar es una alternativa tan válida como sí hacerlo, y además es un acto político distinto que anular el voto. Si un amplio porcentaje de la población decidiera no votar, ello constituiría una manera más categórica de repudiar un sistema ridículo en el que las campañas políticas parecen cada vez más montajes teatrales sin ninguna sustancia ni contenido, y donde queda la impresión de que, gane quien gane, las cosas seguirán esencialmente igual para los millones de marginados que no cuentan siquiera con cuestiones tan esenciales como vivienda, educación, una alimentación suficiente o acceso a la salud. Aunque formalmente son libres, e incluso pueden ejercer su derecho al voto, su realidad cotidiana es tan aplastante que es bastante plausible afirmar que sus vidas están condenadas y determinadas prácticamente desde su nacimiento. En ese sentido, el voto puede también ser considerado una especie de legitimación de un sistema político en el que los partidos son, abiertamente, negocios de camarillas políticas, o incluso negocios familiares, y la casta política representa una visión y un estado de cosas como el actual, en el que la desigualdad y la violencia son elementos esenciales de nuestra vida.

Y si bien es cierto que votar no está peleado con otras vías de actividad política, a menudo ocurre que ese simple acto de tachar una papeleta termina por convertirse en la única manifestación política de la mayoría de las personas, de modo que las elecciones adquieren un carácter de ritual periódico en el que acudimos presurosos a las urnas, como engranes minúsculos de un sistema que produce la realidad en la que es evidente que no todos tienen cabida. Quizá valdría la pena pensar en otras formas de organización que verdaderamente sacudieran algunos cimientos del sistema, como por ejemplo organizar un impago masivo de créditos a los bancos, pues para estas alturas es bastante manifiesto que las urnas son tan solo un agente de cambio al estilo de Lampedusa: que cambie la insignia de los gobernantes en turno para que todo siga exactamente igual.