Votar por el enemigo

¿Qué candidato querría decir a sus votantes que los consideraba demasiado estúpidos e ignorantes como para identificar la mejor decisión política?
Eric Hobsbawm.
Eric Hobsbawm. (Especial)

México

En su libro La era del imperio. 1875-1914, Eric Hobsbawm advierte con agudeza un fenómeno político surgido en esa época, que hoy, a más de un siglo de distancia, probablemente vivimos de una manera más aguda, a causa de las enormes desigualdades que definen nuestro tiempo: “La democracia, como observó el sagaz Aristóteles, es el gobierno de la masa que es, en su mayoría, pobre. Los intereses de los pobres y los ricos, los privilegiados y los no privilegiados, evidentemente no son los mismos”. De ahí que desde el siglo XIX en Francia se estableciera la crucial diferencia entre “el país legal” y “el país real”, cuestión que es sumamente evidente hoy en día, pues si bien los derechos humanos, políticos, sociales, educativos, sanitarios, etcétera, son por ley universales, un vistazo rápido a la realidad nos muestra que en la práctica de ninguna manera es así, y que buena parte de la población se encuentra excluida de su eficaz materialización.

Lo interesante del análisis de Hobsbawm es mostrarnos que desde los comienzos de la democracia masiva surgió el conflicto que en la actualidad es muy visible: que si bien es la mayoría quien necesariamente elige a los líderes, los intereses de estos, de la clase social a la que finalmente pertenecen, tienden a ser divergentes, incluso a contraponerse, a los de la mayoría de sus representados. Y de ahí que la hipocresía política fuera —según Hobsbawm— un componente esencial desde el principio, pues: “¿Qué candidato querría decir a sus votantes que los consideraba demasiado estúpidos e ignorantes como para identificar la mejor decisión política, y que sus demandas eran tan absurdas como eran peligrosas para el futuro del país?”.

Entonces, en un sentido estrictamente lógico, el problema es siquiera pensar que una élite jerárquica, como son los partidos políticos, va realmente a representar el bienestar de la mayoría una vez que accedan al poder. Basta mirar los círculos en los que se mueven, los colegios a los que acuden sus hijos, los sitios en los que vacacionan, la ropa que usan en las portadas de revistas de sociales, para comprender que la clase política se encuentra a kilómetros de distancia del ciudadano promedio, sin importar que en el discurso se desgarren las vestiduras por procurar su bienestar. Y la cuestión no se resuelve con el viejo argumento de que la democracia es el sistema menos malo y todos sus corolarios, sino que hay que comprender que mientras una élite minúscula concentre el poder político, económico, mediático, institucional, necesariamente continuará trabajando para perpetuar el estado de cosas que en primer lugar la encumbró como élite. Por eso no es lo mismo el voto nulo que la abstención (masiva): con la segunda al menos se transmite el rechazo a participar en un sistema cerrado y amañado que, gane quien gane, continuará beneficiando básicamente a los miembros del mismo círculo.