Lo estético y lo político, inseparables: Volker Schlöndorff

El cineasta alemán habla para MILENIO de la literatura y su relación con sus películas.

México

Reconocido sobre todo por su deslumbrante adaptación al cine de El tambor de hojalata, novela de Gunther Grass, el director Volker Schlöndorff ha tenido una relación intensa con la literatura. En su primera cinta, El joven Törles, recurrió a una obra de Robert Musil, pero también ha trabajado con la literatura de Marguerite Yourcenar, Marcel Proust, Heinrich Böll y otros autores, si bien en años recientes se ha alejado de este tipo de proyectos.

En una charla con MILENIO caracterizada por su claridad de ideas y aceitada con carcajadas frecuentes, Schlöndorff empieza por hablar de su relación con la literatura: "No estoy en terapia o algo así —estoy demasiado viejo para eso—, pero cuando terminé de escribir mis memorias y salí al mundo real para presentarlas, me quedó claro que la pérdida de mi madre en mi niñez fue más importante de lo que yo había querido admitir. Probablemente por eso me volqué en la literatura".

Invitado a México por la Cátedra Bergman de la UNAM para presentar su libro Luz, sombra y movimiento. Mi vida y mis películas, el cineasta considera que su acercamiento a las letras "fue como si pensara: la vida es demasiado peligrosa. Si te apegas demasiado a la gente real, ésta muere y entonces sufres terriblemente. Es mejor estar apegado a Anna Karenina o a Julien Sorel, héroes literarios, porque con ellos puedes compartir sentimientos, pero nunca morirán".

Algo similar discutió con Max Frisch, de quien adaptó su novela Homo Faber en la cinta Voyager. Le preguntó: "¿Por qué la chica tenía que morir al final? ¡Es tan triste! Tal vez podrían haberla curado y se habría escapado". El escritor le respondió: "¡No! El propósito es que muera para que podamos extrañarla, pero como personaje de ficción. Entrenarnos con un personaje ficticio nos ayuda a extrañar a alguien real. Ese es el significado de la elegía: te ayuda a enfrentar las cosas en la vida real".

El director sostiene que la mayoría de las veces tuvo razones personales para adaptar cada novela: "La primera fue El joven Törles, pues yo provengo de un internado y la novela sucede en uno; pero es una historia que yo nunca podría haber escrito. Por lo tanto, tengo la sensación de que hay algo muy especial en esta cinta, que tiene lo que con frecuencia tienen las primeras películas: una urgencia propia".

Sobre El tambor de hojalata asegura que, a pesar del empeño que le puso, también tuvo buena suerte: "Un cineasta debe ser afortunado (Napoleón, antes de nombrar general a alguien, siempre le preguntaba si tenía buena suerte). En mi caso, la buena suerte fue encontrar a este niño para El tambor de hojalata. Si no hubiéramos encontrado a David Bennent, creo que hoy la cinta estaría en el olvido. Él es el alma de la cinta y eso es algo que no puedes planear. Puedes buscar buenos actores, pero no buscar un niño tan especial y encontrarlo".

En el cine de Schlöndorff el arte convive con la crítica social, algo que para el cineasta es inevitable: "Lo peor es la pureza. Ser impuro significa que una cinta política también es una historia de amor y una historia de amor debiera ser una película política. Tienes que buscar nuevas formas de contar una historia para que la gente ponga atención, pero lo estético y lo político son inseparables".

El director asegura, en tono autocrítico, que "hubo tiempos en que estábamos tan involucrados políticamente, lo mismo que el público, que veíamos el mundo sólo a través de ciertos prismas ideológicos. Había un verdadero intercambio con el público, que estaba esperando la siguiente película para verla. Hoy ya no es así, tienes que tratar las convicciones políticas como si fueras contrabandista —ríe— , porque si la gente advierte que se trata de política no ve la película. Yo no me arrepiento del involucramiento político extremo que adoptamos, pero diría que hoy es anacrónico: el mundo ya no es tan simple".