Voladores de Papantla, del aula al aire

En el marco de la Cumbre Tajín, Xanat, uno de los más jóvenes exponentes del ritual totonaca, comparte sus experiencias con MILENIO.

Veracruz

A cada peldaño que sube le da las gracias por dejarlo continuar. En ningún momento siente miedo; al contrario, afirma que se siente consagrado al poder ofrendar al sol a través de la Danza de los Voladores de Papantla.

Su nombre es Xanat y desde los ocho años fue elegido por el maestro de su comunidad para ser el sacerdote de esta ceremonia ritual, ofrenda que la cultura totonaca le hace al sol para la buena cosecha.

"Es algo que se debe aprender e ir reforzando; el vestirse de volador no significa que ya lo seas. Un verdadero volador debe comprometerse, tener disciplina, adquirir mucha experiencia y mostrar ese don, sin olvidar que este es un acto religioso que requiere de fe y respeto", menciona el joven volador originario de Papantla.

Su trabajo, uno de los más importantes para su comunidad, consiste en evocar a los dioses de los cuatro elementos y hacer un enlace con el sol, el único vínculo entre dios y hombre. Dentro de la ceremonia se le llama "sacerdote" o "caporal", y es el primero en subir los cerca de 30 metros de altura que tiene el tronco del árbol volador.

Al estar en la cima del tronco, Xanat debe inclinarse a los cuatro puntos cardinales, mismos que representan al viento, el agua, la tierra y la Luna. Una vez que toca la flauta y el tambor reverenciando a los cuatro puntos, se levanta, danza y evoca al sol.

"No es un trabajo fácil: yo debo recibir la semilla que germinará a través de ese enlace, y mis hermanos, los cuatro voladores que emprenderán el vuelo, esparcirla a través de danza alrededor del palo volador. Mientras ellos no toquen el suelo yo no puedo dejar de armonizar con mi música; yo no debo dejar de bailar y tampoco de agradecer a la Tierra y al Sol", declara Xanat.

Él aprendió este ritual en la escuela de niños voladores, donde toman clases cerca de 250 alumnos, quienes reciben lecciones de 60 maestros. Es una de las cinco escuelas ubicadas en diversos puntos de la región totonaca; a ellas se acercan los pequeños que quieran aprender o hayan sido elegidos; el único requisito es que ellos tengan el don y querer servirle a su pueblo.

En la escuela le enseñan a respetar la tierra, a servirle a su pueblo, a venerar a la vegetación plantando árboles, pues sin ellos no podrían reverenciar a su dios, y lo más importante: les inculcan que esto no es un juego sino parte de su vida.

"El vestuario es diseñado y fabricado, al igual que los instrumentos, por los mismo voladores. Es parte del ritual: las prendas en color rojo reflejan al sol, y tienen flores de colores en representación del arcoíris, por ejemplo. Todo es parte de la enseñanza; que los niños hagan sus propias vestimentas es importante", afirma el volador de 19 años.

Esta es una ceremonia que se hace una vez al año, a las 12 del día, momento en que el Sol se encuentra en el centro. Justo en ese momento comienza la ceremonia, que se divide en siete sones: del perdón, de la calle, de la reverencia, de los cuatro puntos cardinales, de la evocación del sol, del vuelo y del agradecimiento. El último se hace ya en tierra, mientras los otros son en la punta del palo volador.

"Estar ahí arriba, danzando o volando, es importante para mí, para mi pueblo y para los niños. Esto es parte de mi vida, y algo para lo que me educaron desde pequeño, y que siempre supe que tenía que hacer. Aquí, al Tajín, uno viene para que la gente conozca nuestra cultura; hacemos muchos vuelos al día, pero no por ello deja de ser importante. Es lo que queremos que ustedes entiendan: que esto es un regalo de nosotros para ustedes los visitantes", concluye Xanat.