Hacer un mundo mejor

Vladímir Áshkenazy inyecta la fuerza necesaria para dirigir, pues lució como un niño que derrocha energía para gozar de ese juego inagotable que es la música.
Vladímir Áshkenazy con Esther Yoo.
Vladímir Áshkenazy con Esther Yoo. (Xavier Quirarte )

México

En la mente resuenan las palabras que hace unos días nos expresó en entrevista el pianista y director de orquesta Vladímir Áshkenazy, cuando afirmó que la música "es un proceso sin fin en el que uno está descubriendo ángulos nuevos y formas de comunicar el mensaje espiritual de los grandes compositores en el nivel más alto posible".

Al concluir la primera presentación de la Philharmonia Orchestra de Londres en el auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes el lunes pasado, una cita enriquecedora con un músico de esa cepa que pareciera estar extinguiéndose, el público que abandonaba la sala lucía arrobado por la maestría explayada en el escenario. Áshkenazy y sus cómplices, la orquesta y los solistas (Esther Yoo en el violín y Nelson Freire en el piano), revivieron La ascensión de la alondra, de Ralph Vaughan Williams; el Concierto para piano no. 5 en Mi bemol Mayor opus 73, conocido como El emperador, de Ludwig van Beethoven, y la Sinfonía No. 1 en do menor, opus 68, de Johannes Brahms.

Y es que en la conferencia de prensa previa al concierto, realizada el mismo día, el maestro expresó una idea que mueve a la reflexión, pues no es el primero que afirma algo semejante respecto a otras artes: "Es posible que hayamos llegado a la última frontera de lo que esta música pueda producir; tal vez podamos ir más lejos (si es así estaré muy feliz, pero no estoy seguro). No soy filósofo y no estoy en el negocio de las predicciones, pero me temo que estamos llegando al final".

Tal vez esa idea es la que le inyecta a Vladímir Áshkenazy la fuerza necesaria para dirigir, pues lució como un niño que derrocha energía para gozar de ese juego inagotable que es la música —o que debiera ser, pues en ocasiones se vuelve acartonada y, como dice él, afectada—. Probablemente hemos llegado al final de una época y la música ha adquirido otras perspectivas (la discusión está abierta), pero al dirigir estas obras clásicas Áshkenazy les da vitalidad, se las apropia. De ahí el compromiso que ha suscrito: "No debemos dejar de apoyar la gran música que se ha compuesto, porque eso nos lleva a un nivel de existencia más alto y hace el mundo mejor".

Al final de su concierto, en un gesto de concesión, decidió regalar una versión de "Cielito lindo" que regocijó al público al punto de que, a la salida, no faltaron quienes a silbidos hacían eco del tema popular. Pero fueron los platos fuertes los que contribuyeron a hacernos sentir que el mundo puede ser mejor.