Vivo mis sueños: Marcela Rodríguez

Con una sensibilidad musical cultivada desde niña, ha alcanzado un sitio de privilegio en la cultura mexicana por sus composiciones orquestales; viajera constante, hoy se dice feliz aunque le ...
Marcela Rodríguez
Marcela Rodríguez

Ciudad de México

"Todo fue permeado por mi madre, para nosotros fue la alegría de la vida. Mi padre era reservado, serio, médico cirujano, se la pasaba trabajando en el hospital, porque éramos ocho hermanos a los que tenía que mantener. Su consultorio en casa estaba muy apartado. Una cosa linda de él es que todas esas consultas eran gratis. Operaba tuberculosis. Generalmente atendía a gente pobre. Tenía una mentalidad bastante socialista aunque no era consciente de eso. A mi madre nunca la vimos enojada. Vivía sentada en el piano y nosotros cantando a su alrededor. Era comadre de Agustín Lara, tocaban a cuatro manos. A mis padres les encantaba la música popular y la farándula. En los cumpleaños de mi padre cantaban Las Hermanas Águila, José Alfredo Jiménez, Tata Nacho".

¿Desde ahí empezó tu relación con la música, pero imaginaste que ibas a ser compositora?

Tocaba la guitarra desde chica, pero no me lo imaginé. Primero toqué bossa nova, de los 13 a los 15 años. Después dije: "No, ya no quiero que el profesor me enseñe las piezas, quiero aprender a leer por mí misma". Entré a la Academia de Guitarra Clásica de Manuel López Ramos. Cuando me di cuenta ya llevaba seis años estudiando. Mis primeras composiciones fueron para guitarra, hice una suite. A los 24 años me entró la crisis, la guitarra me tenía hasta el copete, el repertorio ya no me gustaba, me fui a París, conocí allá a León Bravo y me di cuenta que existía la música contemporánea. Me regresé a México a estudiar composición. En 1975 entré con María Antonieta Lozano; después León llegó a México, se instaló en casa de mis padres, se hizo hijo de mi madre, fue mi gran maestro de composición.

¿Cuál ha sido la relación con el teatro y tu música?

El Centro Universitario de Teatro, CUT, estaba a la vuelta de casa. Jesusa, mi hermana, trabajaba con Julio Castillo. Fue él quien empezó a pedirme música. Mi primera obra, con la Compañía Nacional de Teatro, fue un cuarteto de cuerdas, en mi ingenuidad, porque es lo más difícil, fue una obra de Ionesco.

¿Qué te significa componer música clásica?

Es apasionante. No siento que la composición sea un trabajo, es un placer absoluto, estoy bordando notas. Me gusta cocer, hago toda mi ropa. Siento que es otro tipo de bordado en el que dices cosas, no concretas, proyectas estados de ánimo, es lo que más me emociona. También he pasado al texto, por eso tengo cuatro óperas. Debido a que trabajé 20 años en teatro, con directores como Margules, Julio Castillo, Susana Alexander, muchos más. El paso a la ópera era natural.

Tu música, a través de los años, ha aumentando en elaboración y dramatismo. ¿Cómo logras que esta complejidad llegue al público?

Es un problema que tenemos los compositores de música contemporánea, hay música realmente muy difícil, inaccesible hasta para los que nos dedicamos a eso. Escuchamos a Bryan Ferry, la nueva "complejidad". A veces es impenetrable. Trato de tener un discurso, cuando no hay letra es el papel en blanco, entonces el discurso lo tienes que inventar, es de sonidos. Divertido, un reto precioso, transmitir un sentimiento a partir del puro sonido. La ventaja que tiene la música en comparación con las otras artes es que no tiene que pasar por la cabeza. Tú ves un cuadro de Picasso o uno contemporáneo y empiezas a pensar, a razonar, la música te va directo al alma. Por eso cuando oyes una pieza musical de la infancia te remueve todo, la melodía es como los olores, es algo primario. Disfruto plasmar emociones en la partitura, a veces funciona, a veces no.

¿Compones pensando en un solista, instrumento o grupo?

Lo hacemos mucho los compositores para poder estrenar nuestras obras. Porque si uno hace un ensamble en el que hay cosas extrañas que no existen es una complicación tremenda. México ha cambiado en ese aspecto, tenemos los ensambles tipo Pierrot, internacionales, con piano, flauta, clarinete, violín, chelo y piano; cuartetos de cuerdas, e interpretes maravillosos como el caso de Horacio Franco, a quien le he escrito varias obras; a la violonchelista Bozena Slawinska; a Carlos Prieto, quien me ha encargado conciertos para chelo y orquesta.

¿Qué pasaba en tu vida cuando compusiste La Sunamita en 1991?

Es mi ópera más moderna. Interpreté a los cantantes como si fuera director de teatro. Cuando le escribía a María, la sirvienta que trabajaba en la hacienda, lo hacía con el ritmo de la escoba. Había canciones que eran: barre y barre y barre, todos protestan, opinan, vienen, van, entonces, ella ya está harta de la pinche gente que la contrata. Me meto en la psicología de los personajes.

¿Pasó lo mismo con tus óperas Séneca, 2004 y Las cartas de Frida, 2010?

Sí, me clavo en los personajes, utilicé escalas árabes porque quería darle un toque antiguo a Séneca, él nació en Córdoba (que ahora pertenece España). Las cartas de Frida es mi última ópera. Esa se estrenó en Alemania, en la Ópera de Heidelberg. Tuve la suerte de que estuvo un año en cartelera. Las óperas aquí en México se representan dos veces, cuando mucho tres.

¿Te gusta recurrir a la literatura para componer tu música?

Sí, tengo un oratorio, un réquiem mexicano basado en La visión de los vencidos. Moctezuma y la Malinche surgen de un texto de Carlos Fuentes. Eso me lo descubrió Elenita Poniatowska, me dijo: "Toma la Malinche (de la su obra teatral) de Fuentes Todos los gatos son pardos". El coro son los indígenas. Por otro lado hice seis canciones sobre el texto de Sor Juana Inés de la Cruz. A Juan Ruiz de Alarcón lo tomé como una suite irónica porque era misógino. Y cuando no hay palabras, como en Vértigos, obra para tambuco y orquesta, me baso en los instrumentos. Es el "drama", lo que me lleva a escribir, ver qué sentimiento le voy a implicar a cada movimiento.

Acabas de estar como Master Class en la Universidad de Columbia en Nueva York.

Tiene que ver con mi Concierto No.1 para piano y orquesta de cuerdas y percusión. Se acaba de interpretar en el Festival del Centro Histórico de una manera diferente. Lo tocó la extraordinaria pianista japonesa Tomoko Mukaiyama, que vive en Ámsterdam, famosa internacionalmente.

¡Estás escribiendo un mambo!

Antes de irme a Nueva York tuve el privilegio de que la orquesta de Minería me encargara una obra. La escribí durante mi estancia junto con otras obras, como la de Tania León, y otro encargo de la Universidad de Columbia para chelo y voz, además de las conferencias. Cuando llegué a México estrené el Nocturno violento. Estrené todo lo que tenía que estrenar, me quedé en la nada. Siempre había tenido ganas de escribir un mambo y empecé. Sentía que faltaba algo y me puse a hacer dos movimientos más. Acababa de oír a los huapangueros de la Huasteca, me invitó como jurado mi amiga divina, Alejandra Frausto. Llegué fascinada, añadí un son huasteco, acabó todo siendo una suite de tres movimientos: un vals, huasteco y mambo con orquesta sinfónica. Espero estrenarla este año.

Recién escribes una ópera para niños.

Estoy empezando justo ahora. Hace muchos años hice la música de Rabindranath Tagore, El cartero del rey. Esta es una obra de Javier Peñaloza, joven escritor que relata un cuento precioso: María, la niña que perdió la voz. Es una niña que no para de hablar, no escucha, a la mitad de la ópera pierde la voz. En ese proceso descubre que la demás gente también tiene cosas que decir. Me gustó el reto.

¿Cuáles son tus sueños y tus miedos?

Mis miedos tienen que ver con mis hijos, son mi angustia principal. Uno quisiera evitarles el sufrimiento. Tengo mucha suerte, ellos están muy bien. Nicolás es director de cine y Catalina es filósofa y cantante de ópera. A ella le escribí Las cartas de Frida. Mis sueños, es difícil decirlo, creo que vivo en mis sueños. He sido una mujer con suerte, hago lo que quiero. Lo que más me gusta en la vida es escribir música. Tengo un esposo que nos queremos mucho, nos divertimos, hablamos, realmente no me merezco todo lo que tengo. Mi madre, Doña Jesu, nos enseñó a mirar el lado positivo del mundo, no lo feo, pero a veces es imposible. Ahora, a los mexicanos, nos afecta el horror que estamos viviendo, un país tan maravilloso con unos gobernantes tan horrendos, estamos muy decepcionados y tristes. Cuando te digo que soy una mujer feliz es porque en lo personal no tengo problemas, soy privilegiada.