ENTREVISTA | POR SERGI SIENDONES

Rafael Chirbes Escritor

El escritor valenciano, máximo exponente del realismo español, afirma: “No creo que tenga mucho sentido eso de que la novela tenga que decirte qué pensar”.

“Vivimos inmersos en una lucha de imaginarios”: Chirbes

“Yo escribo lo que veo.”
“Yo escribo lo que veo.” (Especial)

México

El escritor español Rafael Chirbes (Valencia, 1949) ganó en 2008 el Premio Nacional de la Crítica gracias a Crematorio, magnífico relato sobre la corrupción urbanística en la costa valenciana considerado por algunos “una de las mejores novelas de la literatura española en lo que va del siglo” (Ángel Basant, El Mundo). Ahora, gracias a En la orilla (Anagrama, 2013), su última novela, no solo ha reconfirmado su condición de máximo exponente del realismo español contemporáneo, sino que además se ha erigido como el autor del libro definitivo sobre los efectos de la crisis económica y anímica que ha sacudido a la península ibérica. Es una obra aclamada por la crítica que habita la gran mayoría de listas de los mejores libros de 2013. Sobre ella MILENIO conversó con el autor.

“Casi siempre lo mejor de la vida consistía en no hacer nada en absoluto, en pasar el rato reflexionando, rumiando sobre ello. Quiero decir que pongamos que uno comprende que todo es absurdo, entonces no puede ser tan absurdo porque uno es consciente de que es absurdo y la conciencia de ello es lo que le otorga sentido. ¿Me entienden? Es un pesimismo optimista”. Eso escribió Charles Bukowski en Pulp (1994).

Estoy de acuerdo. Dicen que la literatura no cambia nada, pero, para empezar, cambia al autor. El arte, la literatura, la música, el cine, la pintura... son la religión
de los laicos, luchan por dar sentido a lo que no lo tiene. Pero hay distintas concepciones y por eso es tan importante el defender una forma de arte u otra, porque
en realidad vivimos inmersos en una lucha de imaginarios que buscan imponerse. Debemos ser conscientes de ello, porque no es lo mismo imponer imaginarios a partir de Mein Kampf y tebeos de hazañas bélicas, que imponer imaginarios a partir de Proust o de Max Aub. Por ello creo que es tan importante la función del arte. En las sociedades laicas no tenemos otra forma de dar sentido a la vida.

El fragmento era para preguntarle si es pesimista, y de qué tipo.

Muy optimista no soy. De todas formas, he estudiado Historia, y los años de historia que llevamos documentados no parece que inviten al optimismo en gran medida. Yo lo que digo siempre es: “Mire, yo escribo lo que veo, escribo cómo funcionan los mecanismos de esta máquina grande que es la sociedad intentando reproducirlos en una máquina pequeña que es la novela; a mí no me interesa, ni es mi voluntad y, es más, odio ese tipo de literatura que lo que hace es retocar el mecanismo y ponerlo a su favor. No, mire usted, yo le enseño a usted lo que hay. Si quiere usted que lo consuelen en esta vida, pues se busca un político; si quiere usted que le prometan otra, pues se busca un cura. Y si quiere usted que lo quieran, pues se busca un psiquiatra, y si no pues que lo consuele su novia. Yo, desde luego, no lo voy a hacer”.

Pese a los movimientos sociales aparecidos tras la crisis en España, como el 15M, En la orilla parece reflejar otra realidad, la de “sálvese quien pueda”.

Creo que mi generación cometió muchas estupideces porque teníamos una cosa llamada clase obrera, un sujeto histórico. Entonces pensábamos que cualquier cosa que se hiciera en beneficio de la llegada de dicha clase, que iba a transformar el mundo y las relaciones sociales, estaba justificada. Más tarde no fue así: se descubrieron muchas otras cosas, cayó el muro de Berlín, etcétera. Ahora mismo, ¿quién puede encauzar esta situación? Pues yo creo que vivimos un momento en el que no hay sujeto social que valga y no parece
que haya ningún movimiento que pueda transformar esto.

¿Por esa razón la gente mira únicamente por sí misma?

Creo que por principio la gente busca salvarse a sí misma, y solamente cuando se establece un imaginario aparecen valores que están por encima de uno mismo.

Hay cierta belleza en esos valores.

Tienen belleza porque son el sentido de la humanidad, y la humanidad sin sentido se convierte en esta locura, que si puedo te secuestro, que si puedo te mato, te cocino y te como.

¿España es un país viejo?

Sí. De todas formas esta novela trata sobre la vejez, y sobre el amor en la vejez, que nace de mi propia experiencia vital. Pero sí, no parece que sea una novela sobre este México emergente en el que puede haber una miseria mucho más terrible que allí, pero donde, sin embargo, existe una sociedad activa, joven, un país que tendrá que librarse de muchas cosas pero que parece que tiene futuro, mientras que nosotros parece que todo lo que tenemos es un triste pasado.

En la orilla está plagada de digresiones, más que de trama. ¿Es un rasgo buscado desde el principio?

A mí las tramas me interesan poco; yo no creo que la vida sea desenvolver un nudo que, si se desata, todo tiene sentido. Creo que la vida es avanzar entre distintas ofertas. La literatura ha tenido mucho tiempo esa función de cuento moral en el que tú te ponías de parte de uno o de otro, pero no creo que tenga mucho sentido eso de que la novela tenga que decirte qué pensar. Lo que tiene que hacer es darte datos para que te muevas por ti mismo. Yo intento someter al lector a lo mismo a lo que me someto yo, a una pluralidad de opiniones, ninguna de ellas clara ni definitiva. Se produce una especie de lucha escocesa: cuando parece que te estás identificando con uno, llega otro y le quita la razón y te obliga a ponerte en su lugar. Creo que eso es el aprendizaje, ¿no?