"Vivía con el corazón (y con la inteligencia)": Andrea Huerta

Tres voces comparten los recuerdos más íntimos del poeta, el periodista, el amigo y el camarada: la imagen de su padre.
Huerta
(Cortesía)

Ciudad de México

Andrea Huerta

Cuando nací escribió “El primer poema”, dedicado a mí. Naturalmente ese es uno de mis favoritos. Eso lo muestra como un padre amorosísimo. Fui su primera hija y cuando nace una niña en un matrimonio cualquiera, el padre tiene debilidad por ella. Por tanto reconozco su debilidad hacía mí. Claro que fue correspondido, yo lo quise muchísimo y fuimos muy cercanos.

La imagen de mi niñez se relaciona con la de un padre amoroso. No nos leyó cuentos y a cambio nos enseñó muchas cosas de la vida cotidiana. A nosotros, como niños, nos desconcertaban sus horarios. Salía noche del periódico y se levantaba tarde. Al regresar de la escuela nos llevaba a pasear por los alrededores de la colonia Tabacalera o al Monumento a la Revolución.

Fue un padre consentidor. La educación formal se la dejaba a mi madre, que era más estricta. Él nos enseñaba cosas cuando nos llevaba a ver algún mural o a un museo. Contrario a lo que se pudiera pensar, no era un padre que nos diera libros, estaban en casa de manera natural, solo nos prohibía los relacionados a los campos de concentración nazi; por supuesto aquellos fueron los primeros que íbamos a buscar. Nuestra relación con los libros fue muy natural. Eran años en los que no había televisión, escuchábamos mucha radio, en especial algunas series o los toros.

Nos llevaba también al futbol. Una de sus herencias fue nuestra afición por el Atlante, todavía la mantengo, esté en primera o segunda división. Siempre fue dado a compartir todo, nos hizo futboleros y taurófilos. Al beisbol ya no fuimos tanto, aunque en los últimos años comentábamos los juegos de Fernando Valenzuela por teléfono.

Nos abrió los ojos al cine; como le regalaban pases, éramos la envidia de nuestros compañeros. Además llevaba muchas fotos de artistas mexicanos, yo todavía soy la reina de la trivia de los años dorados del cine nacional. Fue buen amigo de Gabriel Figueroa, de Alberto Isaac, tuvo amigos actores y actrices. Era un mundo muy distinto al futbol y los toros, pero a la vez popular. Gracias a estos homenajes hemos constatado que justo esta cercanía con la cultura popular lo aproximó al público.

En casa no se oía mucha música culta, aunque cuando eran jóvenes mis padres iban a ver a la sinfónica; crecimos entre música popular. Le gustaba cantar y cada que podía tomaba una guitarra y hacía como que la tocaba. Hay una foto hermosa en este sentido con Pepe Revueltas. Le gustaban el Trío Calavera y Agustín Lara, con quien tuvo cierta cercanía. Era un bohemio, siempre una copita en su mesa, la plática, pasarla bien, siempre rodeado de amigos.

Eugenia Huerta

Me cuesta trabajo hablar de un libro de mi padre, confieso que no soy buena lectora de poesía. Por ese lado debo decir que lo reconozco e identifico con la poesía política. Buena parte de esa poesía que algunos definen despectivamente como circunstancial, se alimentaba del presente y de la vida del país. Creo que esa obra cumplió un papel muy importante en tiempos de fuerte represión, cuando en México no se decían las cosas por su nombre.

Nosotros vivimos la vida política de mi padre de manera muy natural. Crecimos en un ambiente en el que este tipo de conversaciones era normal. La nuestra era una familia preocupada por los destinos del mundo. Debido a los viajes de mis padres, en casa estábamos enterados de lo que pasaba en el mundo. A diferencia de mis compañeros de la primaria de los años cincuenta, nosotros sabíamos que había habido una guerra con millones de muertos en campos de concentración. Sin caer en lo doctrinario, conocíamos de la convulsión que había sufrido el mundo. En casa recibíamos a amigos que venían exiliados de muchos países de América Latina.

A Efraín Huerta lo recuerdo como un hombre alegre, divertido, dado a encontrar un lado gracioso y amable de la vida. Creo que eso nos lo heredó porque disfrutamos mucho del juego de palabras, lo practicamos sin darnos cuenta. De pequeñas, a mi hermana y a mí nos decía: “Pónganse muy bonitas que las voy a llevar a ver comer helados”.

En casa nunca hubo muchos recursos. Más bien vivíamos apretados y por tanto aprendimos a gozar las pequeñas cosas.

Aprecio mucho su sencillez, no tenía preocupaciones por la fama. No era pose, sino una persona auténtica; alguien que aprendió a vivir de su trabajo. Sabíamos que íbamos a ir de día de campo cuando en casa preparaban huevos cocidos y compraban Sidral Mundet.

En realidad, nuestra vida era bastante sencilla. Paseábamos por el camellón de la Ribera de San Cosme. Salíamos mucho por los alrededores de donde vivíamos porque no había para más. Aquella era una zona muy agradable, habitada por exiliados españoles. Nos llevaba al restaurante Boca del Río, a tomar churros y chocolate a El Moro, a un lugar llamado Superleche que se cayó con el temblor. Nuestra zona era el centro de la ciudad.

Sus últimos años en el hospital fueron una lección imborrable. Efraín tenía miedo de operarse y nosotros dudamos porque se trataba de una operación fuerte y dura. Cuando salió y supimos que todo había salido bien, escribía recados en papel. Uno decía: “No sé de dónde saqué tanto valor”. En otro, él mismo se respondió: “Ya sé de dónde saqué valor: lo saqué de ustedes, por todos ustedes y por todos nosotros”. Aún conservo esos papelitos, nadie los ha visto. Lo recuerdo y todavía me impresiona porque enfrentó el reto de la vida y de la muerte, que no es poca cosa.

David Huerta

Lo traté asiduamente durante 32 años. En el ámbito familiar mi memoria lo registra como un hombre que conversaba asiduamente con sus amigos, conocidos, camaradas de militancia y colegas del medio periodístico. Era una persona muy cordial, que vivía mucho con el corazón y, sobre todo, con la inteligencia. Fue uno de los hombres más inteligentes que he conocido.

Escribió poemas de protesta civil y sobre la historia del país pero también sobre los conflictos internacionales. Su “Canto a la liberación de Europa” es un poema urgente escrito en la madrugada en que se supo que las tropas aliadas desembarcaron en Normandía; llegaron sus amigos de la redacción para pedirle que escribiera un poema que acompañara a la nota. Así lo hizo, de modo que era un hombre pendiente de lo que ocurría en la historia inmediata y a gran escala.

Pero ante todo era poeta lírico, más preocupado por la gente que por la sociedad, que no deja de ser una abstracción. Se preocupaba por los individuos en concreto, no por las abstracciones. Era un amante de la ciudad, de la mujer en todas sus manifestaciones míticas y carnales. Un padre amoroso con sus hijos de los dos matrimonios.

Agradeceré toda la vida que pusiera en mis manos los libros de Jorge Guillén, de Cortázar; me enseñó a Borges, me trajo libros autografiados de Lezama Lima, de quien era amigo. No solamente era amigo de los izquierdistas, sino también de los poetas católicos. Eliseo Diego le escribió una evocación cuando murió, en 1982. Pero platicábamos más de futbol, ambos le íbamos al Atlante.

En una ocasión, siendo jurado del Premio Aguascalientes de Poesía, me quiso dar el reconocimiento. Fue una calamidad porque nos hubiéramos hecho de 200 enemigos. Era imposible y tuve que renunciar al premio en privado para no tener que renunciar en público. Él insistía en que mi libro era el mejor. La única manera de convencerlo fue acusándolo con mi hermana Eugenia, quien tiene una autoridad muy fuerte e incluso mi papá se le cuadraba.