El vitral: vidrio y plomo unidos por el sacramento de la luz

Se ven desde grandes bancos y negocios, hoteles, museos y palacios, hasta el mercado doméstico residencial, con un aprecio que deja testimonio de que la luz toca más que la piel.

Torreón, Coahuila

El vidrio, en forma de obsidiana, fue uno de los primeros utensilios en manos de los hombres, el regalo de las entrañas de la tierra a una especie emergente, que reclamaba con su inteligencia y habilidades un sitio predominante en el orden natural y que pronto le encontró uso como cuchillo, como una punta de lanza.

La historia de la humanidad ubica alrededor de 3,000 A.C. la capacidad de crear vidrio a partir de la arena, de los silicatos, dando paso así a una evolución constante de mejoras, de modo que en los tiempos del Imperio Romano se comenzó a emplear el vidrio en las casas para aislar el interior de los elementos climáticos, permitiendo el ingreso de luz.

Vitrales Montaña, casa de tres generaciones de vitralistas compañías con la capacidad de realizar vitrales de gran lujo, en la mejor de las tradiciones y con destinos diversos.

Las técnicas de fabricación fueron avanzando con la experiencia acumulada y el desarrollo de hornos más potentes para alcanzar temperaturas más altas, que inciden directamente en la posibilidad de hacer un vidrio de mayor transparencia y calidad.

Así, en los albores de la Edad Media, se conjuntan conocimientos y circunstancias: por un lado, la capacidad técnica para hacer vidrio, con el conocimiento de elementos químicos para matizar el vidrio con diversos colores y por el otro, la construcción de iglesias con amplios ventanales y espacios que requerían de ser iluminados, además de atender la necesidad de enseñar y convertir a una feligresía carente de la capacidad de leer.

De este modo, el vitral en sus inicios se convirtió casi exclusivamente en un arte de carácter religioso, con el que cubrían más, mucho más que cuestiones meramente utilitarias o de ornato, al representar de una forma casi mística la comunión de los hombres con esos seres de luz, protagonistas divinos del Antiguo Testamento, del Evangelio.

Con esa carga espiritual que representa la luz, proyectada hacia los fieles en el interior de templos e iglesias, una carga emotiva que aún se puede percibir en cualquier iglesia que cuente con vitrales, visión que con frecuencia suele marcar la memoria de manera indeleble.

Sin embargo, el vitral, esa complicidad entre las cañas de plomo y el vidrio, un arte milenario que ha trascendido el tiempo a pesar de la fragilidad del noble material que le compone, marcó una tendencia innegable en las artes pictóricas y al paso de los siglos evolucionó en complejidad y riqueza artística, yendo más allá del arte sacro.

Las técnicas de fabricación fueron avanzando con la experiencia acumulada y el desarrollo de hornos más potentes para alcanzar temperaturas más altas.

Si bien en los siglos XVII y XVIII la arquitectura y la Revolución Industrial le impusieron una pausa, el siglo XIX le brindó ocasión a los maestros vitralistas de un entorno romántico que les permitió un despegue de gran significación, la oportunidad de aprovechar los modernos procesos industriales de fabricación y comercialización.

Lo que da pie a la creación de empresas, que subsisten hasta nuestros días, una de ellas, centenaria y orgullosamente de Torreón: Vitrales Montaña, casa de tres generaciones de vitralistas, compañías con la capacidad de realizar vitrales de gran lujo, en la mejor de las tradiciones y con destinos diversos.

Desde los grandes bancos y negocios, hoteles, museos y palacios, hasta el mercado doméstico residencial, con un aprecio que deja testimonio de que la luz a través de un vitral toca más que la piel, sublime, ilumina el alma.