Grandulón y doméstico

A finales de enero, Alfaguara publicó un libro que, a decir del editor Carles Álvarez Garriga, “la Internacional Cronopia reclamaba ya con demasiada insistencia”.
Cortazar
(Cortesía)

Ciudad de México

Una tarde del otoño de 1956, Gabriel García Márquez entró al café Old Navy del boulevard Saint-Germain de París. Le habían dicho que en una de las mesas del rincón solía sentarse a escribir el autor de Bestiario, un libro de cuentos que a él lo había deslumbrado cuando lo leyó en las noches tropicales de Barranquilla. No era la primera vez que el colombiano iba a esa cafetería a esperar al escritor “que hubiera querido ser cuando fuera grande”. Fue todos los días, durante tres semanas, hasta que esa tarde, por fin, vio entrar al maestro del relato corto “como una aparición”. Ahí estaba. “Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón”, recordaría Gabo en “El argentino que se hizo querer de todos”, un artículo que escribió poco después de la muerte de Julio Cortázar, en 1984.

Aquella vez, en París, no se atrevió a decirle ni una sola palabra al cuentista grandulón. Por timidez. Lo admiraba demasiado y, sobre todo, dice que sentía una infinita devoción por su literatura (“un sentimiento que inspiraba como muy pocos escritores”). Pasó el tiempo, se hicieron grandes amigos, compartieron el éxito del Boom y García Márquez, como otros, trataba de no incomodarlo con elogios públicos esparcidos en publicaciones periódicas o libros (“nadie como él le temía a los honores”). Trató, pero no pudo. García Márquez, como otros, escribió aquí y allá sobre la personalidad y los atributos de la obra literaria del pibe que arrastraba las erres al hablar.

Este 2014, cuando se han cumplido 30 años de su muerte (12 de febrero) y se cumplirán 100 años de su nacimiento (26 de agosto), las librerías se encuentran repletas de ejemplares sobre su vida y obra y de reediciones de sus cartas, cuentos y novelas. A finales del pasado mes de enero, Alfaguara publicó un libro que, a decir del editor Carles Álvarez Garriga, “la Internacional Cronopia reclamaba ya con demasiada insistencia”. Es un emotivo volumen que recorre con fotos, postales, objetos personales, fragmentos de cartas, libros y entrevistas, las casi siete décadas de vida de quien fuera un adicto a la lectura desde la infancia. Se llama Cortázar de la A a la Z. Un álbum biográfico y tiene más de 300 páginas, cuidadosamente editadas por el propio Álvarez Garriga y por Aurora Bernárdez, viuda del escritor, con un diseño de Sergio Kern. Va de la A de abuela a la Z de zurda y zzz…

“Lo previsible era otra biografía, pero cómo olvidar lo que dijo en una entrevista en 1981: ‘no soy muy amigo de la biografía en detalle’. […] Frente a tanta tristeza pensamos en la enorme diversión de sus libros almanaque y decidimos intentar un volumen afín a su espíritu anticonvencional, antisolemne. […] El alfabeto, ese invento griego que apenas ha cambiado en 3 mil años y que los niños aprenden con facilidad pasmosa, nos pareció el mejor modo de ordenar–desordenar los materiales. Nada de pautas cronológicas o temáticas; que las palabras marquen su propio ritmo, que el libro sea a su manera muchos libros pero que pueda leerse sobre todo en dos modos: en la forma corriente (de la A a la Z) o de manera salteada, siguiendo la espiral de la curiosidad y del azar. Que quien mire las imágenes y lea las palabras que siguen, sepa —como la invitación que es su obra, como fue su vida— abrir las puertas para salir a jugar”, explica Carles Álvarez, en la primera página del libro.

Esta especie de Julio. Modelo para armar es un festín iconográfico para auténticos seguidores lleno de curiosidades e intimidades que si Cortázar viviera tal vez lo haría sonrojarse. En 1985, el mexicano Fondo de Cultura Económica había publicado un compendio similar (Cortázar. Iconografía) pero tenía cierta solemnidad. En este, en cambio, sin ser invasivo o excesivamente chismoso, se nos muestran las particulares burbujas en las que vivía en uno u otro momento el hombre que utilizaba gafas de sol tipo ojos de mosca. Vemos un Cortázar doméstico: con su abuela, su madre, sus dos esposas, sus amigos y en algunos lugares a los que viajó.

En la Z, por ejemplo, hay espacio para recordar los días del verano de 1980 en Zihuatanejo. “Lo estamos pasando muy bien en esta playa del Pacífico, en una zona muy bella de México, y rodeados de una gran tranquilidad. Disponemos de todo el espacio necesario ya que los únicos que van a ella son los habitantes de los otros siete bungalows del grupo, en general gente muy tranquila con la que nos entendemos muy bien. Cada cuatro o cinco días pedimos un taxi y vamos al pueblo para comprar provisiones y bebidas; hay una excelente heladera, aire acondicionado y cocina a gas, de modo que casi siempre cocinamos algo para nosotros; si preferimos ir a comer fuera, sobre la misma playa hay cuatro o cinco restaurantes donde se pueden comer almejas y ostras muy ricas, aparte de los tacos, tortillas y otras bellezas de la cocina mexicana. Hay una cantidad enorme de cocos por el suelo, pues estamos rodeados de palmeras; yo los pongo a enfriar en la heladera, les echo ginebra o ron para mezclar con el agua del coco, y eso da una bebida deliciosa”, cuenta Cortázar en chanclas y sin camiseta, desde el portal de una rústica casa de Zihuatanejo.

Pero también se nos comparte algo de su labor creativa, algo de lo mucho que enseñó en distintas clases de literatura que impartió cuando era profesor invitado en universidades y centros culturales y que ahora, en su centenario, no deja de ser una lección contundente. Dice: “en cuanto a la revisión y la corrección de lo escrito, creo que con los años la cosa va cambiando; de joven escribía de un tirón y después trabajaba el texto ya enfriado, pero ahora tardo más en escribir, dejo que las cosas se preparen y organicen en esa región entre sueño y vigilia donde laten los pulsos más hondos, y por eso corrijo menos en la relectura. Algún crítico me reprocha una sequedad que antes no tenía; puede ser que los lectores sigan prefiriendo algo más jugoso, pero al final de mi camino me gusta más un haikú que un soneto, y un soneto más que una oda; tal vez porque tanta rutina y entusiasmo sobre el barroco latinoamericano ha terminado por afirmarme en ese horror de las volutas que ya denunciaba en Rayuela (donde las volutas no faltan, digámoslo antes de que usted lo piense)”.